Recuerdo haberme reído hasta que me dolió el abdomen con sus primeros specials, y esa mezcla de control absoluto y aparente fragilidad me atrapó desde el principio. En los inicios, John Mulaney construía chistes como pequeñas piezas de relojería: frases precisas, cadencias casi
musicales y remates que caían como un golpe seco. Su humor era pulcro, lleno de observaciones cotidianas llevadas al extremo y personajes recurrentes que funcionaban como
ganchos —esa voz aguda que dramatiza anécdotas, ese modo de convertir lo mundano en teatro—. «New in Town» y «The Comeback Kid» muestran esa artesanía: textos bien armados, un dominio absoluto del ritmo y la sensación de ver a alguien que practica cada sílaba hasta que suena perfecta.
Con el tiempo noté cómo su comedia fue abriéndose a la vida real: la estructura seguía siendo impecable, pero los temas se hicieron más personales y, en ocasiones, más oscuros. Tras su éxito en programas y su fama viral, vinieron
experimentos como «John Mulaney & The Sack Lunch Bunch», que mostraron su amor por lo absurdo
infantil y por cierto
teatro musical, y luego specials donde la vulnerabilidad y la confesión toman más espacio. «Kid Gorgeous» mantiene la técnica, pero ya hay destellos de autoexamen; en «Baby J» la franqueza sobre adicciones, el paso por la terapia y el desgaste personal colorean cada chiste con
matices agridulces.
Hoy creo que su evolución no es tanto una ruptura como una expansión: conservó su precisión verbal y su timing, pero dejó entrar la imperfección humana. Eso lo hace más complejo y, a veces, más doloroso; reír con él ahora es también asomarse a sus
cicatrices. Me conmueve ver cómo alguien tan pulido decide mostrar las grietas, porque mejora la comedia y la vuelve, curiosamente, más verdadera.