Recuerdo perfectamente
la primera vez que conecté la voz y la cara de Owen Wilson con un tipo de
comedia que se
volvió omnipresente en los
2000: esa mezcla de despreocupación, melancolía y una improvisación que suena natural, nunca forzada.
Verle en «Bottle Rocket» y luego en «Zoolander» me hizo entender que no era solo el chiste: era el personaje. Su manera de tropezar con las
palabras, de dejar silencios que valen más que el remate, inauguró un humor donde el gag físico ya no era lo único; la vulnerabilidad del personaje importaba tanto como la carcajada. Además, su colaboración creativa con cierto director impulsó ese estilo indie-quirky que invadió comedias comerciales y festivales.
Al final, lo que más influyó fue su permiso tácito para que la comedia fuera menos perfecta y más humana. Muchos guiones empezaron a aceptar
espacios para la improvisación, para el protagonismo de personajes imperfectos que nos caen bien. Me gusta pensar que,
gracias a eso, reímos más con el personaje que con el chiste, y eso cambió cómo se
hicieron las comedias en esa década.