No puedo dejar de pensar en lo calculado que fue el asunto: para mí, Jeff Gillooly no actuó por impulso, sino que orquestó una cadena de pasos pensando en
ventajas deportivas y en proteger una imagen pública.
Yo he seguido la historia durante años y la versión más consistente dice que Gillooly, movido por la rivalidad entre Tonya Harding y Nancy Kerrigan, se alió con Shawn Eckardt para convertir un ataque en una forma de alterar la competencia. En mi lectura, Gillooly contactó a personas fuera del círculo directo del patinaje —Shane Stant y Derrick Smith— para que llevaran a cabo la agresión. A través de intermediarios y promesas de dinero, se coordinó quién iría, cuándo y con qué objetivo: golpear la rodilla de Kerrigan después de una sesión de práctica para incapacitarla temporalmente.
Al revisar los movimientos, noto que la logística fue planificada con cierto detalle: escogieron un lugar donde Kerrigan sería accesible tras entrenar, calcularon el momento en que habría menos supervisión y llevaron un objeto contundente para causar una lesión focalizada, no un asesinato.
la huida rápida y la poca preparación para cubrir huellas muestran tanto cierta frialdad como amateurismo. Me quedo con la imagen de que fue un plan motivado por miedo y ambición, más que por profesionalismo criminal; eso no lo excusa, pero explica por qué falló y terminó desmoronando la vida de varios involucrados.