Recuerdo el instante exacto en que una idea empezó a pedirme salir. Yo venía de escribir pequeñas historias en un blog y de rodar vídeos con amigos, y había acumulado un montón de voces y escenas que no encajaban en nada largo: pedazos de conversación, silencios en cafeterías, melodías que se quedaban pegadas. La «serie web de
jhulia» nació de ese montón de migas; fue una necesidad de transformar retazos reales en algo narrativo y accesible.
Empecé probando el formato corto porque mi tiempo y presupuesto eran limitados, y eso hizo que las historias fueran más crudas y honestas: cada minuto debía compensar con emoción o sorpresa. Me inspiraron las charlas con gente cercana, algunos poemas que guardaba en el móvil y la energía del internet joven, donde todo circula rápido y la autenticidad brilla. Además, el tono visual lo clavé gracias a
ver películas independientes y ciertos animes que no temen a los silencios: mezclé eso con música lo-fi y quedó una atmósfera propia.
Al final, la serie se alimentó de pequeños actos cotidianos: una
disculpa mal dada, una fiesta a medio terminar, un viaje en bus. Todo eso me empujó a contar historias donde lo ordinario se siente grande. Me gusta cómo conectó la gente: muchas veces me escribieron diciendo que veían a su propio barrio en mis escenas, y eso fue la confirmación de que la inspiración no estaba en un gran gesto, sino en mirar con atención.