Me sorprende lo viva que sigue la huella de Empédocles en la costa sur de Sicilia y me gusta contarlo así: él enseñó desde Acragas, una ciudad griega de Sicilia, no desde una academia ateniense clásica.
Pensándolo con cariño, su “escuela” era más bien comunitaria: recitaba poemas, participaba en la vida política y convenía reuniones donde su mezcla de cosmología (los cuatro ‘‘elementos’’) y fuerzas cósmicas calaba hondo. Muchos pensadores posteriores lo conocieron por esos versos y por discípulos que llevaron sus ideas a otras polis de Magna Grecia. No hubo, al menos según las fuentes, un edificio con columnas con su nombre, sino un modo de enseñar muy performativo y público.
Ese estilo me resulta fascinante: la filosofía como espectáculo y también como práctica social. Por eso prefiero imaginar a Empédocles hablando en plazas, en baños, en casas de notables de Acragas, compartiendo teorías que después viajaron fuera de la isla. Es un retrato de filósofo cercano, arraigado a su ciudad, y eso lo hace mucho más humano para mí.
2026-02-16 22:21:24
14
Isla
Ojo lector
Periodista
No dejo de imaginarlo recitando versos en la plaza de Acragante mientras la gente se arremolina: Empédocles enseñó en Acragas, la colonia griega de Sicilia, y no en una universidad formal de la Grecia continental. Su manera de difundir ideas era oral y poética; sus fragmentos muestran que prefería la estrofa a la lección magistral, y así conectaba con la comunidad local.
Además, su papel público —mezclando política, medicina y religión— le permitió usar espacios sociales para enseñar, desde reuniones en casas hasta asambleas. Sus conceptos sobre los cuatro elementos y las fuerzas que los mezclan viajaron por Magna Grecia gracias a discípulos y al intercambio entre ciudades. Me gusta pensar que esa enseñanza itinerante y versátil explica por qué sus teorías llegaron tan lejos: no estaban encerradas en un aula, sino vivas en la conversación cotidiana de Sicilia.
2026-02-19 14:19:31
6
Mason
Comentarista
Chef
Siempre me ha fascinado descubrir que Empédocles enseñó desde el mismo corazón de la Sicilia griega, en Acragas (la actual Agrigento).
Me imagino a sus oyentes en plazas y en la corte de la polis, porque Empédocles no fue un profesor de aula como los imaginamos hoy; era un poeta y líder local que mezclaba filosofía, medicina y política. Sus ideas circularon principalmente en Magna Grecia: Sicilia y las colonias del sur de Italia. Gran parte de lo que sabemos llega por fragmentos de sus poemas —los traductores suelen llamar a sus obras «Sobre la naturaleza» y «Purificaciones»— así que más que en una escuela formal, enseñó a través de la palabra recitada y el intercambio público.
También conviene pensar que su influencia no se quedó solo en Acragas: viajeros, discípulos y comerciantes llevaron sus teorías sobre los cuatro elementos y las fuerzas de Amor y Discordia hacia otras ciudades griegas. Me encanta imaginar esa red de intercambio intelectual, con fragmentos que luego citarían pensadores como Aristóteles. En definitiva, Empédocles enseñó desde su polis siciliana, usando la poesía, la vida pública y los encuentros informales para difundir su visión del mundo; esa mezcla de mito, ciencia y verso me sigue pareciendo tremendamente viva y atractiva.
2026-02-21 00:24:59
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Traición el día del examen: él acarreaba su futuro
Ivana
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—Fue tu culpa que muriera —dijo—. Si yo hubiera vuelto a buscar el pase de admisión de Ginger, ella no habría perdido la esperanza ni se habría quitado la vida.
Cuando volví a abrir los ojos, me di cuenta de que estaba de vuelta en el mismo día del examen.
La voz ansiosa de mi novio resonó en mi oído: —Amelia, tengo que regresar a buscar el pase de admisión de Ginger.
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Poco a poco, mi cuerpo comenzó a ponerse rígido.
Me llama la atención la manera en que Empédocles mezcla la voz poética y la filosófica en sus fragmentos; cuando los leo, noto nombres y ecos de tradiciones anteriores que él cita o referencia explícitamente. En primer lugar, aparece la invocación de los grandes poetas: Homero y Hesíodo son mencionados o aludidos como autoridades culturales y literarias, y Empédocles no duda en usar su prestigio para enmarcar ideas cosmológicas en los versos de «Sobre la naturaleza» y en los fragmentos de «Purificaciones».
También hay una relación evidente con la tradición pitagórica: en varios fragmentos se reconoce la influencia de los pitagóricos y de Pitágoras, con referencias a creencias numéricas y a modos de vida que comparten cierto lenguaje místico y ético. Más allá de nombres claros, sus poemas dialogan con la escuela jónica y con posiciones críticas de Parménides y Xenófanes, aunque en esos casos muchas veces la mención es más bien una alusión o un contraste doctrinal que una cita literal.
En resumen, Empédocles cita y evoca tanto a poetas como a pensadores: Homero, Hesíodo y la tradición pitagórica son los que aparecen con más nitidez en los fragmentos conservados, mientras que otros presocráticos aparecen en el fondo del debate filosófico que él desarrolla, a veces sin nombrarlos de forma directa. Me interesa cómo esa mezcla poético-filosófica hace que sus referencias sean a la vez eruditas y vivas.
Siempre me ha fascinado cómo los primeros pensadores griegos intentaron ordenar el mundo con ideas que hoy siguen sonando vivas. En mi lectura de esos fragmentos me salto entre nombres y conceptos: Thales apuntó al agua como principio vital; Anaximandro inventó el «ápeiron», lo indefinido, como origen; Anaxímenes bajó al aire y la rarefacción/condensación. Estas propuestas me parecen casi poéticas, cada una tratando de atrapar la trama del cosmos con una sola clave.
Luego vienen los que cambiaron el tono: Pitágoras puso a los números en el centro, casi como si la música del universo fuera matemática; Heráclito proclamó el flujo constante —todo fluye— y me hace pensar en ríos y cambios; Parménides, por contraste, defendió la inmovilidad del ser, la unidad eterna. Esa tensión entre cambio y permanencia aún me atrae cuando medito sobre cualquier historia o juego que revise el paso del tiempo.
No puedo dejar afuera a Empédocles y Anaxágoras: el primero con sus cuatro raíces (tierra, agua, aire, fuego) y fuerzas del amor y la discordia; el segundo con el «nous», la mente ordenadora. Y claro, los atomistas —Leucipo y Demócrito— que imaginaron el vacío y los átomos, una intuición que parece prefigurar la ciencia moderna. Me encanta cómo cada uno propone una metáfora distinta para lo mismo: el mundo. Al final, lo que más valoro es esa mezcla de imaginación y rigor, caminos que todavía inspiran mi curiosidad.
Me encanta profundizar en filosofía griega, y en España hay lugares increíbles para hacerlo. La Universidad Complutense de Madrid tiene un departamento de Filosofía con especialización en clásicos, donde puedes encontrar cursos dedicados a Platón, Aristóteles y otros. También organizan seminarios con expertos internacionales.
Otra opción es la Universidad de Barcelona, que ofrece talleres prácticos sobre textos originales. Sus bibliotecas están bien surtidas con ediciones críticas y comentarios. Si prefieres algo más informal, grupos de lectura en ciudades como Valencia o Sevilla reúnen a entusiastas para discutir obras como «La República» o «Ética a Nicómaco».