Recuerdo haber quedado atónito la primera vez que comparé la versión larga de «It» con lo que vi en pantalla en 2019: el choque es evidente y, en mi opinión, bastante consciente. En la novela de Stephen King hay una inmersión monumental en la historia de Derry, en sus personajes y en sus
demonios internos; la estructura es laberíntica, con saltos temporales, digresiones sobre la ciudad y una mezcla de horror cósmico y realismo social que ocupa cientos de páginas. La película de 2019 simplifica todo eso por necesidad: cambia las fechas (el libro sitúa la infancia en los
años 50 y el regreso en los 80, mientras que las películas modernizan esos momentos), recorta subtramas enteras y deja fuera elementos metafísicos bastante extraños, como
el ritual of Chüd en su forma extendida y buena parte del trasfondo cósmico que King despliega.
También noto que el tratamiento de ciertos temas cambia radicalmente. La novela aborda cuestiones adultas, de abuso y sexualidad de manera cruda y a veces polémica; la película evita lo más sensible de esas escenas y prefiere concentrarse en el horror visual y en dar espacio a los actores adultos para confrontar a Pennywise con escenas más directas y cinematográficas. La esencia emocional —la amistad, la culpa, los recuerdos que se rompen— sigue ahí, pero empaquetada de forma más lineal y efectiva para cine.
Al final me quedo con la idea de que la peli es una adaptación exitosa desde el punto de vista del entretenimiento: te da escalofríos y un cierre visual potente, pero pierde la riqueza expansiva y la extraña mitología íntima que hace a la novela algo casi obsesivo. Me encanta que existan ambas versiones porque cada una remata la historia desde ángulos distintos.