Mis noches con «
rayuela» quedaron marcadas por una sensación de búsqueda inacabada que, sin embargo, se siente profundamente honesta y humana.
Al leer esa novela sentí que Horacio Oliveira no sólo caminaba por París o por Buenos Aires: caminaba dentro de sí mismo. Los saltos narrativos, los capítulos que se pueden leer en distinto orden según la 'tabla de direcciones' y la mezcla de prosa y anotaciones, todo eso crea la sensación de una identidad que no es fija sino fragmentaria. Oliveira se define y se deshace a través de encuentros, conversaciones, ausencias y recuerdos. La relación con la Maga funciona como espejo y como agujero: la búsqueda de un sentido se vuelve también búsqueda del otro que confirme una identidad. Pero no creo que Cortázar proponga una identidad final; más bien exhibe el proceso, con sus contradicciones y contradicciones bonitas.
La forma de la novela colabora directamente con ese tema. Leer «Rayuela» es una experiencia de construcción: puedes armar al protagonista de muchas maneras, y esa posibilidad de montaje es una metáfora perfecta del yo moderno. Además, el lenguaje cambia de registro, se vuelve juguetón, lírico o seco según la escena, como si la voz misma fuera un personaje múltiple. Los saltos temporales y la presencia de capítulos que funcionan casi como cuadernos, listas o reflexiones sueltas refuerzan la idea de identidad como algo que se prueba, se escribe y se reescribe. También está el factor urbano: las ciudades, los cafés y la música (esa influencia del jazz que parece improvisar al lado de la prosa) son espacios donde se ensaya el yo.
Al cierre de mis lecturas permaneció la sensación de que «Rayuela» representa la búsqueda de identidad, pero no como pregunta retórica cerrada: es una invitación a quedarse en la duda y a jugar con las piezas del propio ser. Personalmente, me dejó con ganas de releer capítulos en otro orden, como si cada repetición me diera otra versión de mí mismo que antes no había visto.