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Siempre me ha fascinado cómo las islas inspiran voces muy distintas; por eso me encanta recomendar lecturas que van desde la Edad Media hasta el siglo XX. Si quieres rastrear autores que han escrito sobre los archipiélagos españoles, no puedo dejar de mencionar a Ramon Llull, nacido en Mallorca y autor de obras en las que la isla aparece como telón de fondo filosófico y místico, como «Llibre d'Amic e Amat». Su mirada medieval condicionó buena parte de la tradición mallorquina.
Más cerca en el tiempo están poetas y novelistas que vivieron y trabajaron en las islas: Miquel Costa i Llobera, cuya poesía celebró el paisaje mallorquín; Robert Graves, que hizo de Mallorca su refugio creativo y dejó memorias y poemas marcados por la luz de la isla; y escritores vinculados a las Canarias, como Benito Pérez Galdós o Alberto Vázquez-Figueroa, cuya biografía y a veces la ambientación muestran la huella isleña. Estas lecturas combinan crónica, lirismo y paisaje, y siempre terminan cambiando la forma en que miro el horizonte.
Mis lecturas de historia medieval me han llevado a documentos que muestran que las islas no solo fueron objeto de paisajismo literario, sino también escenarios políticos y militares. En la crónica catalana medieval está muy presente la «Crònica de Jaume I», que narra la conquista de Mallorca y ofrece una visión directa de cómo se incorporaron las Baleares a la Corona de Aragón; esa fuente es esencial si te interesa la presencia histórica de las islas en las fuentes antiguas.
Junto a esa crónica, las «Cròniques» de autores como Ramon Muntaner o las diversas compilaciones de hechos reales y cartas de la época mencionan desplazamientos por el Mediterráneo y las islas como puntos estratégicos. Leer esas obras medievales da una perspectiva diferente: ya no es solo paisaje romántico, sino objeto de conquista, colonización y diálogo cultural entre el mundo islámico y cristiano. Para quien disfruta de la historia, esas páginas son puro material vivo.
Desde mi rincón más juvenil y pragmático disfruto descubriendo autores que usan las islas como escenario y como personaje. Además de los clásicos literarios y científicos, hay narradores nacidos en las islas o profundamente ligados a ellas cuyas obras recogen lo cotidiano: la emigración, el rumor del puerto o la economía de la pesca. Benito Pérez Galdós, nacido en Gran Canaria, es un ejemplo de cómo la procedencia puede filtrarse en la obra; Alberto Vázquez-Figueroa, nacido en Tenerife, aporta a veces tramas aventureras con ecos isleños.
También me gusta buscar autores contemporáneos que escriben sobre identidad insular en formato de novela breve, ensayo o crónica: son voces que actualizan la tradición y la ponen en diálogo con la globalización y el turismo. Leer esa mezcla —poesía local, crónica histórica y novela actual— te da una idea completa de lo que significan los archipiélagos para la literatura española, y para mí siempre es estimulante ver cómo esos paisajes siguen inspirando.
Hace años que me pierdo en libros de historia natural y los archipiélagos españoles tienen una bibliografía rica y bien documentada. Entre los clásicos imprescindibles está la monumental obra de Sabin Berthelot y Philip Barker-Webb, «Histoire naturelle des îles Canaries», un compendio botánico y etnográfico del siglo XIX que sigue siendo referencia para cualquiera interesado en la naturaleza de las islas Canarias. La mezcla de ciencia, viaje y observación de campo en ese trabajo es simplemente magnífica.
A esa tradición de naturalistas europeos se suma la mirada de viajeros-científicos como Alexander von Humboldt, que dejó descripciones muy valiosas sobre el Teide y la geografía tinerfeña en sus diarios y ensayos. En tiempos más recientes, equipos de biólogos españoles y canarios han publicado estudios y guías sobre flora, fauna y conservación que actualizan aquel material clásico; leer ambos tipos de fuente te da una perspectiva completa: la historia natural de las islas contada desde el asombro y desde la rigurosidad científica.
No puedo evitar acordarme de las bitácoras de viaje cuando pienso en archipiélagos; los escritores viajeros suelen mezclar crónica, novela y observación inmediata. Un ejemplo literario famoso es George Sand y su «Un hiver à Majorque», en el que la autora francesa narra su experiencia en Mallorca con detalle humano y descripciones sensoriales que dejan claro cómo el paisaje condiciona el ánimo. Desde esa óptica europea, otras voces —poetas, novelistas y cronistas isleños— cuentan la vida cotidiana, las supersticiones y la política local.
En las Canarias, además de estudios naturalistas, hay novelistas y narradores nacidos o muy vinculados a las islas que usan ese entorno como escenario o molde de carácter: autores cuya obra refleja la identidad insular y las tensiones entre interior y periferia. Leer crónicas de viajeros, relatos de residentes y novelas locales permite entender no solo la geografía física, sino también la humana: puertos, emigración, festividades y la relación con el mar. Para mí, esa mezcla de paisaje y testimonio es lo que hace tan ricos los textos sobre los archipiélagos españoles.
Me mola cómo la poesía isleña captura atmósferas que no aparecen en la península; por eso siempre vuelvo a poetas canarios y mallorquines cuando quiero sentir el carácter de cada archipiélago. En las Canarias, por ejemplo, Tomás Morales (poeta modernista de Gran Canaria) plasmó el paisaje y la nostalgia isleña en versos que aún emocionan; su tono es solemne y lleno de referencias marinas.
En Mallorca, poetas como Blai Bonet trajeron la isla a la literatura con una voz más moderna y existencial, y Miquel Costa i Llobera trabajó el clasicismo y la naturaleza en catalán. Esa tradición poética insular convive con novelistas y ensayistas contemporáneos que siguen encontrando en las islas materia prima: desde la memoria local hasta la descripción del turismo y la transformación social. A mí me encanta alternar poemarios isleños con crónicas modernas para captar la pluralidad de miradas.