Me encanta cuando el cine recupera mitos que huelen a bosque y a pueblo antiguo: por eso siempre recomiendo empezar por «Nosferatu» (1922). Yo lo veo como la raíz moderna del cine de vampiros ambientado en la
europa central/mitad-oriental: niebla, pueblos rurales, superstición y una criatura que llega de un paisaje que no existe en las ciudades. La versión de Herzog, «Nosferatu el vampiro» (1979), añade ese tono contemplativo y paisajista que convierte al vampiro en algo más cercano a una fuerza de la naturaleza que a un monstruo moderno.
Si quiero algo más arcaico y ligado a leyendas judías de Europa central, recurro a «Der Golem, wie er in die Welt kam» (1920). Esa película muda recoge la leyenda del Gólem de Praga y transmite la sensación de que la magia popular y el miedo colectivo pueden cobrar forma física. Por otro lado, «Vampyr» (1932) toma los cuentos de vampiros y los vuelve oníricos, con
aldeas encerradas y rituales implícitos que parecen sacados de un folclore centroeuropeo ambiguo.
Para algo más reciente y festivo pero igual de auténtico, no puedo dejar fuera «Krampus» (2015): el monstruo navideño de los Alpes, castigo y tradición en una mezcla perfecta de
humor negro y leyenda. Todas estas películas funcionan porque no sólo usan criaturas: utilizan el entorno cultural —iglesias, aldeas,
inviernos— y hacen que lo sobrenatural parezca parte del día a día. En mi caso, verlas me deja ese cosquilleo de haber paseado por una Europa donde los relatos aún mandan.