Recuerdo que
la primera vez que escuché hablar de «Billy Jack» fue en una conversación sobre películas que molestan al statu quo, y desde entonces no he dejado de pensar en su mezcla rara de cruzada social y cine de acción.
La película, protagonizada por un veterano nativo que defiende una escuela progresista y a marginados contra la violencia conservadora, encarna la rabia y la esperanza de finales de los 60 y principios de los 70. Para mí, lo más potente es cómo condensa temas de la contracultura:
rechazo a la autoridad, crítica a la
guerra de vietnam, defensa de los derechos civiles y una estética de comunidad alternativa. Eso se siente en las escenas del campamento, en el diálogo sobre libertad y en la conducta directa del protagonista.
También me gusta recordar la forma en que Tom Laughlin evitó las vías habituales de Hollywood: la película tuvo un camino de distribución casi guerrillero y se convirtió en un fenómeno de público, algo muy en línea con el espíritu independiente de la época. Al final, «Billy Jack» es tanto un producto de su tiempo como un espejo conflictivo de la contracultura, con
luces y sombras que todavía me hacen pensar.