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Ya eres Pasado, Alfa Traidor

Ya eres Pasado, Alfa Traidor

By:  DingCompleted
Language: Spanish
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Al tercer día de nuestra hostilidad silenciosa, mi pareja destinada, el alfa Cain Beckett, se llevó a Vera Anderson, su secretaria, de viaje a Roseville, con la firme intención de herirme. Creía que yo iba a armar el mismo escándalo histérico de antes. Pero, cuando volvió un mes después, se dio cuenta de que había cambiado. Cuando Cain me arrebata la negociación territorial que estaba a mi cargo y se la entrega a Vera, ya no me pongo a discutir con él, furiosa. Al contrario, me adelanto a ordenar los documentos y dejarle el papeleo listo. Para que Vera se luzca en la noche de luna llena, Cain echa abajo frente a todos el proyecto al que le dediqué tres meses. Ya no peleo con él por eso. Al contrario, asumo todo el castigo en silencio. Incluso cuando Cain decide saltarse las reglas y nombrar a Vera como Beta de la manada, me mantengo tranquila. Hasta sonrío y le doy la razón. Ella le toma la mano y dice, coqueta: —¿Ves? Te lo dije: con alguien como Leah no sirve pagarle con la misma moneda. Tienes que ignorarla por completo para que entienda. Seguro se muere de miedo de perderte al ver que ahora me haces caso a mí y ya no la consientes; por eso está tan mansita. Como era de esperarse, Cain confía plenamente en ella y la felicita por lo lista que es. Incluso, para calmarme, promete que me marcará de forma oficial durante la próxima luna llena; yo solo niego. No, ya no lo necesito; no me hace falta su marca porque pronto me iré de la manada. A partir de este momento, rompo todos mis lazos con Cain Beckett; no volveremos a tener nada que ver.

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Chapter 1

Capítulo 1

Vera Anderson, la secretaria recién promovida de Cain Beckett, tiró un grueso fajo de documentos sobre mi escritorio. Sonrió y dijo:

—El Alfa Cain necesita este informe lo antes posible, Leah. Gracias por hacerlo con tan poco tiempo de aviso.

—Está bien —dije con calma, asentí y recibí los documentos como de costumbre.

Pero Vera todavía no había terminado de regodearse.

—El Alfa Cain y yo tenemos entrenamiento de caza más tarde, así que puedes dejar el informe en su escritorio cuando termines. Ah, y no olvides limpiar su habitación antes de irte. Al fin y al cabo, eso se te da mejor que a las sirvientas.

Cuando terminó de hablar, se dio media vuelta y se fue, de lo más satisfecha consigo misma. Los demás lobos de la manada me miraron con lástima. Por desgracia, ninguno sabía qué decir para consolarme.

Todos sabían que, aunque Cain era mi pareja destinada, favorecía a Vera. Fue él quien la trajo de vuelta a la manada y rompió la tradición para permitirle trabajar allí.

Incluso dejó que ella se atribuyera el mérito de la propuesta que yo había preparado tras un mes entero de desvelos; el mismo proyecto que me tomó tres meses negociar desde cero con la otra parte para sacarlo adelante.

Cuando manifesté mi inconformidad, Cain les pidió a todos que votaran para decidir quién debía quedar a cargo del proyecto. Él creyó firmemente que elegirían a Vera, pero, para su sorpresa, todos votaron por mí; Cain fue el único que levantó la mano por ella.

Él montó en cólera al instante y me acusó de intimidar a Vera. Al final, no solo se negó a devolverme el proyecto, sino que además me quitó el puesto y castigó a todos los lobos que me habían apoyado. Ellos se llenaron de indignación por semejante injusticia, pero no se atrevieron a decir nada.

Después del incidente, me pidió disculpas y explicó que temía que el resto de la manada marginara a Vera. Decía que tampoco podía ponerse de mi lado porque yo era su pareja y no quería que lo acusaran de favoritismo.

No entendía su lógica; en el pasado le había creído esa burda excusa solo porque lo amaba. Ahora, sin embargo, la situación me parecía tan absurda que solo me daban ganas de reírme. Vera era mucho menos competente que los Omegas de la manada.

Todos los lobos sabían distinguir si Cain actuaba por justicia o por favoritismo. Él era el único que seguía negando sus verdaderas intenciones.

En ese momento, el sonido de la puerta interrumpió mis pensamientos. Levanté la mirada y me topé con la imponente figura de Cain, alto y musculoso.

Me dedicó apenas una mirada de reojo antes de seguir de largo, sin siquiera detenerse. Ya se había cambiado y llevaba puesto un traje elegante; el aroma a pino de su colonia era tan intenso que podía percibirlo con total claridad, incluso a esa distancia.

A él nunca le había gustado usar perfume, pero Vera le había regalado esa fragancia de pino; yo sabía perfectamente que ella lo hacía a propósito y, en los últimos años, complacerla se le había vuelto una costumbre.

Todo empezó cuando descubrí que ellos seguían comunicándose por enlace mental a altas horas de la noche. No pude contenerme y se lo reclamé.

Cain me acusó de hacer un drama. Furioso, dijo:

—Ya que sospechas de mí, ¿por qué no te doy pruebas para que tengas con qué acusarme?

Con esa excusa, hizo que trasladaran a Vera junto a él. Mientras más me enojaba, más se empeñaba en exhibir su favoritismo por ella. La llevaba a muchos eventos importantes y hasta le servía comida y bebida durante las fiestas. Si discutía con él, me ignoraba por completo. Si me disculpaba, aprovechaba para regañarme delante del resto de la manada.

A menudo me preguntaba si nuestra relación había terminado así por culpa de mis propios caprichos; sin embargo, todo cambió al tercer día de nuestra hostilidad silenciosa, cuando Cain me ignoró por completo al enterarse de que el dolor me tenía postrada en cama.

Mi decepción fue absoluta al enterarme de que él había hecho las maletas para irse de vacaciones con Vera. Fue en ese momento cuando abrí los ojos; me di cuenta de que, cada vez que yo cedía a sus exigencias, Cain solo estaba tanteando el terreno para ver hasta dónde era capaz de presionarme.

Por fin comprendí que él habría inventado cualquier excusa para marcharse con ella, aunque no estuviéramos peleados.

Cuando volvieron de la cacería de la última luna llena, algo cambió entre ellos. Aunque seguían cazando y bebiendo juntos como siempre, notaba un cambio sutil en su relación.

Por suerte, lo que pasara entre ellos ya no me importaba. Estaba cansada y había llegado la hora de ponerle fin a esta farsa.

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