Me encanta hacer listas que mezclan nombres y fechas porque ayudan a situar la historia: los visigodos no fueron un linaje corto ni simple, sino una sucesión larga que pasó de gobernar desde Toulouse a establecer su capital en Toledo y completar buena parte de la Península Ibérica hasta el 711.
Si tengo que señalar los reyes más relevantes y los que dominaron en lo que hoy llamamos España, empiezo por los primeros que intervinieron en Hispania tras la caída del Imperio romano de Occidente: Ataúlfo (410–415), Sigerico (415, breve) y Wallia (415–419). Más adelante, tras varias etapas en la Galia, aparecen figuras determinantes como Teodorico I y Teodorico II, Eurico (466–484), y Alarico II (484–507). La derrota frente a los francos en Vouillé en 507 desplaza el centro hacia Hispania y emergen reyes como Gesaleico (507–511) y Amalarico (511–531).
Desde mediados del siglo VI la lista en Toledo se vuelve más continua: Teudis (531–548), Teudiselo (548–549), Agila I (549–554), Atanagildo (554–567), Leovigildo (568–586) —uno de los grandes unificadores—, Recaredo (586–601) que abraza el catolicismo; y luego una cadena de soberanos que incluyen a Liuva II, Witterico, Gundemar, Sisebuto, Suíntila, Sisenando, Chintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Egica, Witiza y, finalmente, Rodrigo (710–711), cuya derrota marca el fin del reino visigodo en la Península.
Me quedo siempre con la sensación de que cada nombre es una puerta a conflictos, conversiones religiosas y negociaciones con romanos, bizantinos, francos y posteriores
invasores; por eso cada rey merece su propia lectura y, al menos para mí, una novela histórica.