Me atrapó el tono confesional y a la vez festivo de «Las malas», porque la novela no se limita a contar hechos: te mete en
cuerpos, en olores, en risas y en silencios que pesan. Yo encuentro que uno de los ejes más trabajados es la identidad de género y la construcción de comunidad; la voz narra la experiencia travesti desde la cotidianidad, mostrando cómo se teje una familia elegida entre amistades, amantes y compañeras de trabajo. La historia explora también el trabajo sexual con una honestidad cruda, sin exoticismos, situándolo como supervivencia, dignidad y, a veces, dominio de la propia narrativa corporal.
Además, «Las malas» aborda la violencia institucional y
machista: detalla abusos, discriminación y la ausencia de protección, mientras alterna con momentos de ternura y resistencia. La memoria personal se mezcla con la colectiva, y el lenguaje—a veces poético, a veces directo—funciona como reparación. Yo terminé la lectura pensando en cómo
el libro convierte el sufrimiento en cuidado mutuo y en festejo de la identidad, una mezcla que me conmovió profundamente.