Dolores Lozano
Tres días antes de que comenzaran las clases, Óscar Bernal, mi novio por internet, me dijo que me había usado como apuesta mientras jugaba a los dados con sus amigos y que había perdido contra uno de ellos.
Antes de que pudiera reaccionar, me agregó al chat de estudiantes de primer año, donde había más de cien personas. Alguien envió un mensaje:
"¡Felicidades, Antonio! ¡Acabas de ganarte una Gordiflaca!"
Enseguida publicaron una foto mía de la secundaria. La ropa me quedaba demasiado ajustada y apenas se me veía el cuello.
El chat estalló.
"¿Qué demonios? Eso no es una novia, es una cerda."
"Una apuesta es una apuesta. Mañana Antonio tendrá que hacer con ella los retos de pareja."
Al poco tiempo, alguien abrió otra apuesta: querían saber si me atrevería a presentarme la noche siguiente.
Mi novio virtual apostó cuatro mil dólares a que no iría.
"No me culpes. Tú sacaste el seis y tú te la ganaste."
Antonio no dijo una sola palabra. En cambio, Lorena Marín, a quien todos consideraban la chica más bonita del grupo de estudiantes de primer año, me etiquetó:
"Vas a venir mañana, ¿verdad?"
Miré los mensajes que no dejaban de acumularse y sonreí.
Nadie sabía que, para nuestro primer encuentro en persona, había bajado de cien a cincuenta kilos.
Tampoco sabían que, en los últimos meses, más personas me habían pedido mi número o mis redes sociales que en los dieciocho años anteriores de mi vida.
Sin decir nada, aposté seiscientos dólares a que llegaría puntual. Luego, en medio de las burlas de todos, envié un mensaje:
"Una apuesta es una apuesta."