La Sombra Del Pastel
Me sentía como si estuviera parada al borde de un acantilado, tambaleándome, en peligro y emocionada a la vez.
Me acerqué al oído de mi padrastro y jadeé:
—Padrastro… ¿esto es… ser adulta?
Mi padrastro se rio.
—Sí, Lunita aprende rápido, seguro vas a ser una mujer adorable... pero todavía no es suficiente.
Su mano apretó ese botoncito mío que nadie más había tocado, lo que me arrancó un jadeo.
El cuerpo se me sacudió con cada movimiento suyo y, al final, me quedé sin fuerzas, con la entrepierna empapada, que le mojaba la mano.
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