Confesiones a la Luna
Yo soy tu compañero, —le respondí, buscando desesperadamente su mirada, esperando encontrar allí alguna señal de la Grace que conocía, alguna prueba de que lo que decía no era cierto.
—No creo que la Diosa Luna sea tan... masoquista para emparejarme con el enemigo, —dijo entre dientes, sus palabras cargadas de desdén y convicción.
La desesperación que sentí fue abrumadora, viendo cómo uno de sus amigos se acercaba para desarmarme, aprovechando la debilidad que el rechazo de Grace había despertado en mí.
—Peque... —empecé, intentando alcanzarla con mis palabras, con la esperanza de romper la barrera que se había erigido entre nosotros.