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Capítulo 6 — No quiero perderte

Author: angelis
last update publish date: 2026-10-29 00:14:31

Augusto Montenegro había preguntado por mí desde una cama de hospital.

No por sus hijos. No por la casa que llevaba años dividiendo a su familia. Por mí, una arquitecta a la que apenas conocía.

—¿Qué quiere de Valentina? —preguntó Adrián.

Gabriel se frotó el rostro, agotado.

—No lo sé. Cuando intenté preguntarle, volvió a quedarse dormido.

Adrián miró hacia el pasillo de las habitaciones.

—Voy a hablar con el médico.

Lo vi alejarse con los hombros tensos. Hacía menos de una hora me había besado bajo las estrellas. Ahora parecía cargar con todos los años que había pasado intentando no necesitar a su padre.

Gabriel se sentó a mi lado.

—Mi hermano no suele traer a nadie cuando las cosas se complican.

—No sabía que esto iba a ocurrir.

—Precisamente.

Lo miré, confundida.

—Adrián siempre intenta resolverlo todo solo —explicó—. Si te pidió que te quedaras, significa algo.

—No me lo pidió. Yo decidí acompañarlo.

Gabriel sonrió apenas.

—Entonces quizá seas exactamente lo que necesita.

El médico confirmó que Augusto estaba estable y permanecería en observación. Adrián escuchó las explicaciones sin interrumpir, pero noté que apretaba las manos cada vez que alguien mencionaba posibles complicaciones.

Cuando nos quedamos solos, se apoyó contra una pared.

—Odio esto —confesó.

—¿El hospital?

—Sentir que puedo perderlo y no saber si quiero perdonarlo antes.

Me acerqué.

—No tienes que decidirlo esta noche.

Adrián soltó una risa amarga.

—Siempre sabes qué decir.

—No. Simplemente sé lo que se siente cuando ya no queda tiempo para decir nada.

Me miró. Después me rodeó con los brazos y apoyó el rostro contra mi cabello.

Lo abracé sin hablar.

Por primera vez, Adrián Montenegro no parecía preocupado por mostrarse vulnerable.

—Quédate un poco más —murmuró.

—Estoy aquí.

Su abrazo se estrechó.

Cerca de la medianoche, una enfermera nos informó que Augusto estaba despierto y podía recibir una visita breve.

Adrián entró primero. Yo permanecí con Gabriel hasta que, varios minutos después, su hermano regresó.

—Quiere verte —me dijo.

—¿Te explicó por qué?

—No. Solo insistió.

Lo observé con cautela.

—¿Estás cómodo con que entre?

Adrián sostuvo mi mirada.

—No especialmente. Pero confío en ti.

Aquellas palabras significaban más de lo que él imaginaba.

Augusto estaba recostado, pálido y conectado a varios monitores. Su expresión cambió al verme.

—Señorita Ríos.

—Señor Montenegro.

Señaló la silla junto a la cama.

—Necesito pedirle algo.

No me senté.

—Lo escucho.

—Deje de investigar la reforma antigua.

Sentí que se me tensaba el estómago.

—No puedo aceptar esa petición.

Augusto cerró los ojos.

—No entiende lo que está removiendo.

—Entonces explíquemelo.

Me observó durante varios segundos.

—Mi esposa y yo discutimos por aquellos trabajos. Ella quería detenerlos. Yo creía que estaba exagerando.

—¿Se completaron las verificaciones pendientes?

—No lo recuerdo con precisión.

Su respuesta fue demasiado rápida.

—Los documentos podrán aclararlo —dije.

Augusto intentó incorporarse.

—No quiero que Adrián siga buscando culpables en una historia que ya terminó.

—Con respeto, señor Montenegro, esa decisión le corresponde a su hijo. Mi responsabilidad es evaluar la propiedad.

Su mirada se endureció.

—Ricardo me advirtió que usted sería un problema.

Comprendí entonces que no me había llamado para darme información.

Quería intimidarme.

—Si Ricardo tiene documentos relevantes, puede entregarlos —respondí—. Pero ninguno de ustedes decidirá mis conclusiones.

Me dirigí hacia la puerta.

—Valentina.

Me detuve.

—Adrián se parece demasiado a su madre. Cuando cree que alguien lo ha traicionado, no sabe perdonar.

Lo miré por última vez.

—Entonces espero que nunca tenga motivos para pensar eso de mí.

Encontré a Adrián junto a una máquina de café.

—¿Qué te dijo? —preguntó inmediatamente.

Le conté todo, sin omitir la petición de abandonar la investigación.

Adrián escuchó en silencio. Después dejó el vaso sobre una mesa.

—Siento haberte puesto en esa situación.

—No fuiste tú quien me llamó.

—Pero mi familia está convirtiendo tu trabajo en una pesadilla.

Me acerqué.

—Adrián, mírame.

Lo hizo.

—No estoy aquí porque tu familia sea sencilla. Estoy aquí porque quiero estar contigo.

Su expresión cambió.

—¿Aunque todavía no sepas exactamente qué significa eso?

—Aunque me dé miedo averiguarlo.

Adrián me tomó el rostro entre las manos.

—A mí también me da miedo, Valentina.

—No lo parece.

—Porque llevo años fingiendo que nada puede afectarme.

Me besó suavemente. No hubo urgencia, solo una ternura que me hizo cerrar los ojos y olvidar por un instante dónde estábamos.

Cuando se apartó, rozó mi frente con la suya.

—Quiero seguir viéndote —dijo—. No solo cuando discutimos por la casa o cuando ocurre una emergencia.

Sonreí.

—Me parece una propuesta razonable.

—Podríamos intentar una segunda cita sin terminar en un hospital.

—Sería un excelente comienzo.

Adrián rio y volvió a besarme.

Al amanecer, Gabriel insistió en que nos fuéramos a descansar. Augusto permanecería bajo supervisión médica y ya no necesitaban nuestra presencia.

Adrián me acompañó hasta mi coche.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó.

—Tengo una inspección a las diez.

—Entonces después.

Asentí.

Me besó una última vez antes de despedirse.

Cuando llegué a casa, encontré un correo de Clara.

Conseguí confirmar algo sobre la empresa interesada en comprar la mansión. Necesitamos hablar antes de que vuelvas a ver a Adrián.

Debajo había un segundo mensaje.

Valentina, tu nombre aparece en un documento presentado por Ricardo.

Abrí el archivo adjunto.

Era una propuesta preliminar de evaluación de la mansión Montenegro, fechada tres semanas antes de que yo conociera a Adrián.

En la última página figuraba mi nombre como profesional responsable.

Y debajo, una firma que imitaba la mía.

Me quedé inmóvil.

Ricardo no solo quería quitarme el proyecto. Ya había intentado utilizar mi nombre para conseguirlo.

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