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Capítulo 5 — La noche en que todo cambió

Author: angelis
last update publish date: 2026-10-24 00:29:48

La primera cita con Adrián Montenegro estaba programada para las ocho de la noche. A las cuatro de la tarde, Clara me estaba explicando por qué quizá nunca debería haber aceptado aquella invitación.

—Ricardo lleva semanas comunicándose con Augusto Montenegro —dijo, extendiendo unos documentos sobre su escritorio—. Y hay algo más.

Me mostró una copia de una propuesta comercial.

—Una empresa vinculada a Ricardo está interesada en participar en la compra de la mansión.

Leí el documento dos veces.

—¿Eso significa que quiere impedir la restauración?

—No necesariamente. Pero tiene un interés económico que no te mencionó cuando empezó a enviarte advertencias.

Me recliné en la silla.

—¿Y Gabriel lo sabe?

—No tenemos pruebas de eso. Lo que sí sabemos es que Ricardo conoce a Augusto y que alguien está intentando convencer a los hermanos de vender.

Miré mi teléfono. Adrián me había escrito hacía veinte minutos.

¿Sigue en pie nuestra cena?

Sonreí involuntariamente.

Clara lo notó.

—Te estás enamorando.

—No exageres. Apenas lo conozco.

—Precisamente por eso deberías tener cuidado.

Guardé los documentos.

—Voy a contarle lo que encontramos.

—Bien. Pero no conviertas una cita en otra reunión sobre la casa.

Aquello parecía sencillo.

Hasta que recordé que Adrián y yo apenas sabíamos estar juntos sin discutir.

A las ocho en punto, Adrián abrió personalmente la puerta de la mansión.

No llevaba traje. Vestía una camisa negra, con las mangas dobladas, y tenía el cabello ligeramente despeinado.

Su mirada recorrió mi vestido azul oscuro.

—Estás preciosa.

Sentí que las mejillas me ardían.

—Tú tampoco estás mal.

Sonrió.

—Es el cumplido más generoso que me has hecho.

—No quiero que te acostumbres.

Adrián me ofreció la mano.

—Ven. Quiero enseñarte algo.

Me condujo hasta una terraza cubierta donde había preparado una mesa para dos. Pequeñas luces iluminaban las plantas y, más allá de la barandilla, el mar se extendía bajo un cielo despejado.

—¿Organizaste todo esto?

—Ernesto ayudó. Yo elegí el vino.

—Una contribución fundamental.

Adrián se rio y apartó una silla para mí.

Durante la cena hablamos de cosas que nada tenían que ver con la restauración. Descubrí que odiaba los aviones pequeños, que cocinaba pésimamente y que había aprendido a tocar el piano porque su madre insistía en que necesitaba una afición que no pudiera convertirse en negocio.

—¿Todavía tocas? —pregunté.

—Solo cuando nadie escucha.

—Qué conveniente. Así nadie puede comprobar si eres bueno.

—Podría hacer una excepción contigo.

La naturalidad con que lo dijo me hizo sonreír.

Después me preguntó por mi padre.

Le conté que me llevaba a observar edificios antiguos cuando era niña y que había sido la primera persona en decirme que podía diseñar cualquier cosa que imaginara.

—Debe de haber estado orgulloso de ti —dijo Adrián.

Bajé la mirada hacia mi copa.

—Espero que sí.

Su mano encontró la mía sobre la mesa.

—Yo creo que lo estaría.

No intenté esconder lo mucho que aquellas palabras significaban.

Después de cenar caminamos por el jardín.

El viento movía suavemente mi cabello cuando Adrián se detuvo frente a un pequeño mirador.

—Hay algo que quiero preguntarte —dijo.

—Eso suena peligroso.

—¿Te arrepientes de haberme besado?

Lo miré sorprendida.

—No.

Su expresión se suavizó.

—Bien. Porque yo tampoco.

Se acercó lentamente y me rodeó la cintura. Esta vez no hubo dudas. Lo besé con una confianza que no había sentido en nuestros encuentros anteriores.

Adrián respondió atrayéndome hacia él. Su mano recorrió mi espalda y el beso se volvió más profundo, más cálido, hasta que terminé aferrándome a sus hombros.

Cuando nos separamos, ambos sonreíamos.

—Me estás complicando mucho la vida —murmuré.

—Podría decir lo mismo.

Apoyé la frente contra su pecho.

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en facturas, clientes ni en todo lo que podía salir mal.

Solo quería quedarme allí.

—Valentina —dijo Adrián, acariciándome el cabello—. No quiero que esto sea algo que tengamos que esconder.

Levanté la cabeza.

—Tampoco yo. Pero debemos ser cuidadosos.

—Podemos serlo.

Lo observé unos segundos.

—Hay algo que necesito contarte.

Su expresión cambió cuando mencioné los documentos que Clara había encontrado.

Le expliqué la posible vinculación entre Ricardo y una empresa interesada en comprar la propiedad. Adrián escuchó sin interrumpirme.

—No sabemos si tu padre está participando directamente —aclaré—. Pero creo que deberías conocerlo.

Adrián miró hacia el mar.

—Gracias por decírmelo.

—Pensé que te enfadarías.

—Estoy enfadado. Pero no contigo.

Solté el aire que llevaba conteniendo.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Era Gabriel.

Adrián respondió y escuchó durante varios segundos.

—¿Cuándo ocurrió?

Su rostro perdió el color.

—Voy para allá.

Colgó.

—Mi padre está en el hospital.

Insistí en acompañarlo.

Durante el trayecto, Adrián apenas habló. Conducía con ambas manos sobre el volante, la mirada fija en la carretera.

—No tienes que quedarte conmigo —dijo cuando llegamos.

—Lo sé.

—Podría ser una noche larga.

—También lo sé.

Me miró brevemente.

—¿Entonces por qué sigues aquí?

Tomé su mano.

—Porque quiero estar contigo.

Adrián entrelazó sus dedos con los míos.

En la sala de espera encontramos a Gabriel, que se levantó al vernos.

—Está estable —informó—. Los médicos creen que sufrió una descompensación, pero necesitan hacerle más pruebas.

Adrián cerró los ojos, aliviado.

Gabriel me miró con sorpresa.

—No sabía que vendrías.

Antes de que pudiera responder, Adrián apretó suavemente mi mano.

—Está conmigo.

Dos palabras.

Sencillas, pero suficientes para que comprendiera que nuestra relación acababa de cambiar.

Gabriel observó nuestras manos unidas. Después se volvió hacia su hermano.

—Hay algo que debes saber antes de entrar a verlo.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

—Papá preguntó por Valentina cuando recuperó el conocimiento.

Sentí un escalofrío.

—¿Por mí?

Gabriel asintió.

—Dijo que necesitaba hablar contigo antes de que fuera demasiado tarde.

Adrián me miró.

Y comprendí que aquella noche, que había comenzado como nuestra primera cita, estaba a punto de convertirse en algo que ninguno de los dos había previsto.

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