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CAPÍTULO CUATRO

last update Petsa ng paglalathala: 2025-12-02 13:50:44

LEVI

Era hermosa. Todo en ella era simplemente impresionante. Desde la impactante rebeldía que ardía en sus ojos esmeralda hasta la ferocidad natural con la que se movía.

Era audaz. Brillante. Ingenua. Bajo toda esa valentía se escondía una seductora inocencia que me atraía como el canto de una sirena.

A pesar de la enorme cicatriz en su frente, seguía siendo, sin duda, la mujer más atractiva que jamás había conocido.

Fue una estupidez. Fui estúpido al pensar en esto. Debería matarla. Intentó matarme a mí, el Alfa. Fue una traición imperdonable. Nadie se inmutaría ante su muerte. A nadie le importaría, ni siquiera a Stefan.

Sería tan fácil romperle el cuello, pero…

Sus ojos estaban fijos en mí, como si desconfiara de mí, y yo la miré con una sonrisa burlona, como un maestro orgulloso, solo para desatar mi furia en esos hermosos ojos.

—¿De qué estás hablando, hermano? Stefan soltó una risita nerviosa. —No es más que una inútil…

—Alfa —lo corregí, mirándolo de reojo. Su cuerpo se tensó al instante—. Si quieres hablar conmigo, dirígete a mí como es debido.

Dudó unos segundos, mirando a los guardias, que apartaron la vista.

—Lo siento, Alfa —dijo entrecortadamente—. Estaba preocupado porque intentó matarte y, según la ley…

—Yo soy la ley —lo interrumpí con firmeza—. Está indultada.

Mi pequeña y vivaz cachorrita me miró con los ojos muy abiertos, sorprendida por mis palabras. Stefan, en cambio, palideció.

—Pero Alfa, ¡cometió un crimen atroz e incluso me atacó! No puedes simplemente ignorarlo todo…

—¿No deberías estar feliz? Al fin y al cabo, es tu prometida —lo miré con los ojos entrecerrados.

—Ex prometida —murmuró ella.

—¡Pero es una criminal y merece ser castigada por lo que ha hecho! —insistió Stefan—. Tienes que entenderme, Alfa. Solo intento hacer lo mejor para el Reino. ¡Una escoria no puede cambiar eso!

—¿Escoria? —Por alguna razón, sentí un tic en la mandíbula—. ¿Llamas escoria a una mujer que tiene el valor de ir tras lo que quiere y no se esconde tras nadie? Cometió un delito, sí, pero si no puedes apoyar a tu mujer en el momento más crítico de su vida, ni siquiera eres escoria, mucho menos un hombre.

Se puso rígida en mis brazos y alcancé a ver el dolor y la tristeza en su rostro antes de que desaparecieran por completo, reemplazados por la sorpresa de haberla defendido.

Stefan apretó los puños con tanta fuerza que se le marcaron las venas, pero como el cobarde que era, no pudo replicarme.

—Lo siento, Alpha, pero ella…

—Si es así, discúlpate —lo interrumpí, y se quedó helado. Se quedó boquiabierta mientras parpadeaba rápidamente, atónita y confundida. Sus ojos buscaron los míos, intentando descifrar a qué jugaba.

Stefan abrió la boca para replicar, pero se la tragó, incapaz de hablar. Simplemente la miró con desdén y desvió la vista.

—Muy bien, entonces vendrá conmigo —dije, y él parpadeó.

—Pero Alpha… —intentó protestar, pero le lancé una mirada fulminante que lo calló al instante—. ¿Puedo ir contigo entonces? ¿Para asegurarme de que no haga ninguna tontería?

Sonaba realmente ansioso. Como un hombre desesperado por ocultar algo.

—No te molestes —le dije con desdén.

—Pero tu condición no… —Le lancé otra mirada fulminante que lo hizo callar. Me di la vuelta, con los brazos aún rodeándola, y me la llevé.

—Nunca te pedí ayuda —murmuró mientras nos acercábamos al edificio principal—. Podría haberlo hecho sola.

—De nada —resoplé, y ella puso los ojos en blanco—. Cara de cicatriz. —Y me lanzó una mirada asesina.

¡Dios mío, qué mujer tan atractiva!

—¿Adónde me llevas? ¿Acaso no se te ha acabado ya tu numerito de bravuconería? —siseó. Solté una risita.

Probablemente estaba loca, pero me encantaba verla asumir lo peor de mí, siempre.

—Vamos a ver a la Luna, Feisty —le dije—. Tengo una propuesta para ti.

—¿Una propuesta? —repitió—. ¿Qué propuesta?

Doblé por el pasillo y me detuve frente a la habitación de mi madre. Llamé a la puerta y sus doncellas me abrieron de inmediato.

—Saludos, Alfa —se inclinaron al instante y entré con ella. Sus pasos se ralentizaron mientras mi madre se acercaba con sus vestiduras reales. Intentó crear distancia entre nosotros, pero no se lo permití.

—Levi —dijo mi madre con una sonrisa en cuanto me vio—. Ya has vuelto. Pensé que tardarías otros cinco años en volver a verte.

Tenía los brazos abiertos, lista para abrazarme. Un dolor punzante y familiar me atravesó al sentir su cuerpo contra el mío. Un calor abrasador me inundó el pecho, como si estuviera lleno de carbón ardiente, y mis pulmones se contrajeron dolorosamente.

¡Maldita sea! Los pocos minutos que pasé con Monique se me habían subido a la cabeza, haciéndome olvidar el hilo del que pendía mi existencia. La única regla que me habían inculcado durante años.

¡ALÉJATE DE LAS LOBAS!

—Sí, lo olvidé —dijo con la voz quebrada mientras bajaba las manos y se alejaba de mí de inmediato. El dolor cedió al instante, pero aún sentía el calor abrasador en mi interior—. No puedo acercarme.

Fue entonces cuando mi madre miró a la mujer a mi lado y abrió los ojos con sorpresa y confusión. Le temblaban los dedos al señalar a Monique.

—¿Ella… ella no activa la maldición?

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