LOGINClaire Whitmore creía tener la vida que siempre había deseado: un matrimonio estable, una exitosa carrera como escritora y un futuro cuidadosamente planeado. Estaba a punto de bajar el ritmo, para comenzar a formar una familia con su esposo cuando él destruyó todos sus planes de una sola vez. No solo le pidió el divorcio después de confesarle que le fue infiel, sino que además le anunció que la otra mujer esperaba un hijo suyo. Como si la traición no fuera suficiente, la culpó por el fracaso del matrimonio, la acusó de amar más su trabajo que a él y, tras una amarga batalla legal, consiguió quedarse con la mitad de los bienes que Claire había construido durante años de arduo trabajo. Meses después, Claire ya no reconoce a la mujer que solía ser. Está decepcionada, deprimida y atrapada en un bloqueo creativo que amenaza con destruir también su carrera. Desesperada por recuperar la inspiración, decide alquilar una villa privada frente al mar en la isla griega de Paros. Su plan parece perfecto: silencio, tranquilidad, paisajes paradisíacos y ninguna distracción. Hasta que conoce a su vecino. Nikos Vardakis es arrogante, provocador y tan absurdamente atractivo como consciente de ello. Con sus ojos azules como el mar y su sonrisa insolente convierte la soñada tranquilidad de Claire en una guerra entre vecinos. Pero Nikos termina convirtiéndose en la fuente de inspiración que Claire llevaba meses buscando. Cuando hacen un acuerdo para encontrar una inspiración mucho más íntima, Claire acepta convencida de que puede mantener el control. Después de todo, solo se trata de terminar su novela. No habrá sentimientos, promesas ni finales felices. Pero Claire descubrirá que escribir sobre el amor es mucho más sencillo que evitar enamorarse del arrogante griego que amenaza con convertirse en su historia más apasionada.
View MoreLa copa de champaña se le escapó de los dedos a Claire y cayó sobre el mantel sin romperse, aunque el líquido dorado se extendió entre los platos con la misma eficiencia con la que Ryan acababa de destruir su matrimonio.
—¿Qué dijiste? Ryan Mercer miró primero la copa volcada y después alrededor del restaurante. No parecía preocupado por la expresión de su esposa ni por el hecho de que acabara de pedirle el divorcio, sino por la posibilidad de que alguna de las personas sentadas en las mesas cercanas hubiese escuchado. La discreción era una virtud muy conveniente cuando uno tenía algo vergonzoso que ocultar, y Ryan llevaba suficiente tiempo ocultándolo como para haberse vuelto especialmente cuidadoso. —Claire, baja la voz. —No he levantado la voz. Todavía no. Pero la noche era joven y Ryan, aunque ella aún no lo sabía, había llevado suficientes revelaciones para asegurarse de que aquello cambiara. Claire lo observó desde el otro lado de la mesa, esperando que sonriera, que negara lo dicho o que explicara que estaba bromeando, maldita sea. Ryan no hizo ninguna de esas cosas. Permaneció sentado con la espalda recta, las manos entrelazadas frente al plato y una expresión solemne que debía de haber practicado con esmero. Parecía un hombre obligado a comunicar una tragedia ajena y no el responsable directo de provocarla. —Dije que quiero el divorcio —repitió—. Creo que es lo mejor para los dos. Claire soltó una risa breve y carente de humor. Había invitado a su esposo a cenar en aquel restaurante para celebrar. Había reservado la mejor mesa, elegido el vestido azul que Ryan decía que resaltaba las curvas de su cuerpo y pedido la champaña más cara antes de que él llegara. Incluso había mantenido el teléfono guardado dentro del bolso durante toda la cena, un detalle que habría merecido una medalla si se consideraba la cantidad de veces que Ryan le había reprochado mirar una pantalla mientras estaban juntos. La velada debía marcar el inicio de una etapa diferente. Aquella misma tarde, después de meses de negociaciones, Claire había llegado a un acuerdo con su editorial. Escribiría una última novela y, cuando la entregara, se tomaría un descanso prolongado. No habría otro contrato esperándola, ni giras promocionales, ni reuniones semanales con el equipo de marketing. Por primera vez desde que publicó su primer libro, tendría tiempo. Tiempo para su esposo. Tiempo para su matrimonio. Tiempo para la familia que llevaba meses imaginando en secreto. Había pasado buena parte de la cena tratando de encontrar el momento perfecto para contárselo. Pero Ryan destruyó todos sus maravillosos planes. —No entiendo —dijo Claire, y la humilló que su voz temblara cuando apenas habían transcurrido unos segundos desde la primera estocada—. ¿De dónde salió esto? —No salió de ninguna parte. Llevamos mucho tiempo mal. —¿Mucho tiempo? —Sabes que sí. Claire no sabía semejante cosa. Sabía que trabajaba demasiado, que habían pospuesto vacaciones y que algunas noches ella se quedaba escribiendo hasta después de que Ryan se acostaba. Sabía que habían discutido porque canceló cenas, olvidó compromisos y permitió que personajes inexistentes ocuparan un espacio que debía pertenecerle a su esposo. Pero también sabía que él había disfrutado de la mansión que sus novelas pagaron, de los costosos viajes costeados con sus regalías y de la seguridad que su trabajo les proporcionaba. Ryan jamás había mostrado demasiado desprecio por su profesión cuando llegaban los estados de cuenta y era ella quien se hacía cargo. —Hemos tenido problemas —admitió—, pero eso no significa que tengamos que divorciarnos. —No son solo problemas, Claire. Es nuestra vida. Todo gira alrededor de tu trabajo. —Eso no es cierto. —¿No? —Ryan soltó las manos y se reclinó contra la silla—. ¿Cuántas veces me dijiste que las cosas cambiarían después de terminar un libro? Siempre era el siguiente plazo, la siguiente promoción, la siguiente historia. Nunca había espacio para nosotros. Claire sintió que algo frío le recorría la espalda. Aquellas palabras le dolían porque contenían una verdad, y las verdades parciales eran las armas favoritas de quienes necesitaban justificar una mentira completa. —Precisamente por eso te invité esta noche —dijo, intentando hacerlo cambiar de parecer y salvar su matrimonio. Ryan frunció el ceño. —¿Qué quieres decir? Claire miró la champaña derramada. El camarero se acercó con una servilleta, pero ella le indicó que no era necesario. No tenía importancia. Nada de lo que había sobre aquella mesa conservaba ya la importancia que tenía diez minutos antes. —Hoy llegué a un acuerdo con la editorial. Voy a escribir el libro que tengo pendiente y después me tomaré un descanso. Ryan permaneció en silencio. —¿Un descanso de cuánto tiempo? —El que necesitemos. —Claire… —No. Escúchame. —Esta vez sí elevó un poco la voz, aunque no lo suficiente para satisfacer la curiosidad de las personas cercanas—. Iba a decírtelo después de brindar. Quería que celebráramos porque por fin lo había conseguido. No aceptaré otro contrato cuando termine este libro. Quiero estar contigo. Quiero que viajemos, que recuperemos el tiempo que perdimos y… Las palabras se atoraron en su garganta. Había imaginado aquel momento de una forma completamente distinta. En su versión, Ryan sonreía. En su versión, tomaba su mano. En su versión, quizá se reía cuando ella le confesaba que llevaba semanas mirando fotografías de habitaciones infantiles y leyendo artículos sobre cómo equilibrar la maternidad con una carrera exigente. La ficción siempre había sido mucho más considerada con Claire que la realidad. —Quería que empezáramos a hablar de tener hijos —terminó. Ryan apartó la mirada. El gesto fue pequeño, pero Claire lo conocía demasiado bien. Sin embargo, aquella noche había algo más detrás de la forma en que tensó la mandíbula. —Dime algo —exigió ella. —No sabía que estabas pensando en eso. —Porque quería sorprenderte. —Ese es el problema, Claire. Siempre decides cuándo va a empezar nuestra vida. Cuándo tienes tiempo para mí. Cuándo estás preparada para dar el siguiente paso. Yo llevo años esperando. —¿Y por eso quieres divorciarte justo cuando te estoy diciendo que quiero intentarlo? Ryan respiró hondo. —Ya es demasiado tarde. Claire sintió que el restaurante se alejaba. Las conversaciones, el choque de los cubiertos y la música tenue se confundieron en un rumor distante. —¿Demasiado tarde para qué? Él volvió a mirar alrededor. Después bajó la voz. —Hay alguien más. Esta vez Claire no dejó caer nada. Se quedó completamente inmóvil, como si su cuerpo hubiese comprendido que cualquier movimiento podía terminar de quebrarla. —¿Desde cuándo? —Claire… —¿Desde cuándo, Ryan? —Casi un año. La cifra la golpeó con más fuerza que la confesión. Un año contenía cumpleaños, cenas, viajes, noches compartidas y cientos de mentiras pronunciadas con naturalidad. Claire buscó en su memoria alguna señal evidente, algo que demostrara que no había sido tan ingenua como empezaba a sentirse, pero solo encontró escenas ordinarias que de pronto habían adquirido un significado distinto. —¿Quién es? —No creo que eso ayude. —No te pregunté si ayudaría. Ryan se pasó una mano por el rostro. Estaba incómodo, y parte de él incluso se sentía culpable. No lo suficiente para haber terminado la aventura antes de sentarse frente a su esposa, pero sí en la medida precisa para considerar desagradable la conversación. —Se llama Vanessa. Claire repitió el nombre en silencio. «Vanessa.» La mujer que había recibido el tiempo que Ryan aseguraba que ella nunca le dio. La mujer con quien había hablado mientras Claire trabajaba para terminar libros que pagaban la vida de ambos. La mujer que probablemente conocía detalles de su matrimonio que Claire habría considerado privados. —¿Estás enamorado de ella? Ryan tardó demasiado en responder. —Sí. Claire asintió lentamente, aunque no había nada que aceptar. Las lágrimas le ardieron detrás de los ojos y tuvo que apretar los dedos contra el mantel para impedir que le temblaran las manos. —Entonces todo esto sobre mi trabajo, sobre que no te di suficiente tiempo y que no quise avanzar en el matrimonio… ¿es la forma en que piensas justificarlo? —No estoy intentando justificar nada. —Llevas diez minutos haciéndolo. —Yo también cometí errores —dijo, con la generosidad de un hombre dispuesto a admitir lo evidente—, pero estaba solo, Claire. Incluso cuando estabas conmigo, tu cabeza siempre estaba en otra parte. Vanessa me escuchó. Me hizo sentir que alguien quería construir una vida conmigo. —Estabas casado conmigo mientras la construías con ella. Dios... —Se llevó las manos al rostro y negó. Luego volvió a mirar a Ryan, esperanzada, dando manotadas de ahogado—. No importa, Ryan. Podemos superar esto. Puedo enamorarte otra vez y... Ryan bajó la mirada y negó. —No, Claire. No podemos. Hay algo más que me lo impide. Claire parpadeó desconcertada. —¿Qué más? Ryan guardó silencio antes de lanzar la última estocada que destruiría el grandioso futuro que Claire había imaginado junto a él. —Vanessa está embarazada.Claire contempló las páginas durante varios segundos y después dirigió una mirada asesina hacia la pared que separaba su villa de la propiedad vecina. Cinco meses sin conseguir escribir una sola página y habían bastado unos minutos con Nikos Vardakis para hacerla trabajar durante horas. Aquello no podía significar nada bueno. Había empezado con una escena. Después surgió un diálogo, luego otro, y cuando quiso darse cuenta llevaba varias páginas escritas y el sol ya comenzaba a desaparecer sobre el mar. Claire apenas se había movido del escritorio durante toda la tarde. Ni siquiera había deshecho la maleta. Se había limitado a escribir con esa concentración feroz que Adam conocía demasiado bien y Ryan había aprendido a detestar, olvidándose del tiempo, del hambre y prácticamente de su propia existencia mientras las palabras aparecían con una facilidad que creía perdida. No quería pensar demasiado en el hecho de que todo hubiera comenzado después de conocer a Nikos. Podía ser Pa
Claire miró la casa que Nikos acababa de señalar y después volvió los ojos hacia él, todavía incapaz de decidir qué resultaba más ofensivo: que aquel hombre tuviera la desfachatez de seguir completamente desnudo frente a ella o que, además, acabara de informarle con toda tranquilidad que era el dueño de la propiedad donde pensaba pasar los próximos meses.Nikos, ajeno al desastre mental que acababa de provocar, pareció considerar que aquel era un momento perfectamente apropiado para comportarse como una persona civilizada.—Nikos Vardakis —se presentó.Claire ni siquiera registró el nombre.—¿Tú eres el dueño?La expresión de horror que acompañó la pregunta consiguió divertirlo todavía más.—Eso acabo de decir.—Oh, por Dios. No puedo creerlo.Nikos alzó una ceja.—¿Qué sucede? ¿Cuál es el problema?Claire abrió las manos, exasperada, como si la respuesta fuera tan evidente que explicarla constituyera una pérdida de tiempo.—El problema es que vine hasta aquí buscando paz y tranquilid
A Claire le dio un vuelco el corazón y mientras él avanzaba no podía dejar de contemplarlo. Notó cómo se le encendían las mejillas y sentía las piernas tensas como si una corriente de placer, que no debería sentir, le recorriera todo el cuerpo.—¿Claire? ¿Claire? ¿Me escuchas? —La voz de Adam la sacó de su estupor.Nerviosa, tragó saliva porque tenía la boca seca de repente, y se reprendió por semejante reacción.—¿Qué pasa, Claire? ¿Sigues allí? —agregó Adam—. Me estás asustando.—Hay un hombre desnudo en mi propiedad —dijo Claire.—¿Un hombre desnudo? —exclamó Adam, emocionado más que escandalizado.—Sí, ¿qué hago?La risa de Adam vibró.—Pues ve y preséntate con él. A lo mejor es el dios griego que te quiere hacer vivir una ardiente fantasía griega.Claire apretó la mandíbula.—Ya te dije que...De repente el hombre levantó la cabeza y miró hacia donde Claire se encontraba, provocando que ella se quedara sin respiración.—Oh, mierda —murmuró Claire y se cubrió el rostro con las man
Claire se quedó de pie frente a la villa con una mano sobre el asa de la maleta y la otra sujetando las gafas de sol, demasiado quieta para una mujer que había cruzado medio mundo con el propósito explícito de huir de su vida. La casa era incluso más hermosa de lo que prometían las fotografías. Claire subió los escalones de la entrada y abrió la puerta con una mezcla de cautela y cansancio. El interior confirmó que había elegido bien. Todo era aire, luz y belleza exótica del mediterráneo. Pero lo más impresionante era la sala que desembocaba en la vista más insultantemente hermosa que había contemplado en meses. El mar, de un azul transparente y limpio, brillaba al otro lado de los ventanales como si alguien hubiese decidido compensarla, aunque fuera un poco tarde, por el comportamiento escandalosamente mezquino de su exesposo. Dejó la maleta junto al sofá y abrió las puertas que daban a un balcón privado. La brisa le levantó el cabello y arrastró hasta ella el rumor del agua.












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