ログインLa doctora Valeria jamás imaginó que acabaría cuidando a Damián, un temido jefe mafioso. Entre heridas, secretos y enemigos, descubre que el mayor peligro no es su mundo criminal… sino enamorarse de él.
もっと見る—No pienso firmar. Ese fármaco no lo prescribí yo.
Lucía Herrera apartó el informe de incidencias que estaba junto a la carta de dimisión. La última línea decía que un niño había muerto porque ella había dado una orden de medicación equivocada.
Al otro lado del teléfono, Gonzalo Ibarra se rio.
—¿No entiendes lo que significa que esto se cierre con tu nombre?
—La operación la hizo usted. Primero hay que cotejar el original.
—Doctora Herrera, ¿de verdad crees que habrá algún hospital, aparte de este, que te acepte?
El hijo del presidente del Hospital Universitario Santa Clara. El médico que había salido de aquel quirófano antes que Lucía. Lo que había dejado no eran datos para aclarar la causa de la muerte del niño, sino un papel para que ella cargara sola con la culpa.
Lucía señaló con el bolígrafo el lugar donde estaba impreso su nombre.
—Eso ya lo averiguaré yo.
Colgó. Le temblaba tanto la mano que no consiguió dejar el teléfono a la primera.
Las 2:14 de la madrugada. Hospital Universitario Santa Clara, España. Aunque le habían notificado que se fuera a casa, se había quedado en la sala de guardia para releer las notas de evolución que ella misma había redactado. Pero en la pantalla ya aparecía un aviso de acceso restringido. En un solo día iban a echarla del puesto donde aprendía cirugía cardíaca pediátrica y atendía a sus pacientes.
El niño que había muerto 15 días atrás tenía 5 años. Tras la operación, la hemorragia no se detuvo y, más tarde, se confirmó también un sangrado cerebral. Lo que Lucía había descubierto era un registro en el que la hora de administración y la dosis no cuadraban. Para demostrar por culpa de quién había muerto el niño, necesitaba el original.
Desde el día siguiente a pedirlo, la culpable pasó a ser ella.
Metió en un sobre las notas de evolución que conocía. Volvió a recordar el instante en que los labios del niño cambiaron de color en el quirófano. Si quería sacar a la luz lo que se le había escapado entonces, no podía firmar el informe que le había puesto delante Gonzalo.
Guardó el sobre en el cajón y se puso la bata. Justo cuando iba a preguntarle a Marta, su amiga y compañera de trabajo, dónde podían verse, se apagó la luz de la sala de guardia.
Al otro lado de la puerta, unos pasos se detuvieron.
—¿Quién es?
En lugar de una respuesta, la puerta se abrió. Un hombre con un impermeable gris se guardó una tarjeta de acceso en el bolsillo. El que entró tras él cogió primero el móvil de Lucía.
—Déjelo.
Cuando Lucía alargó la mano, la chaqueta del hombre se abrió. Dentro llevaba una pistola.
Iba a gritar hacia la puerta, pero cerró la boca. Al otro lado del pasillo dormían niños. Aprovechando su vacilación, el hombre le tendió sobre el escritorio una carpeta impermeable.
—Doctora Lucía Herrera. Necesitamos que vea a este niño.
Niño de 6 años. Nombre: Leo.
Bajo una explicación según la cual, tras perder a sus padres, sufría pesadillas y autolesiones repetidas, venía grapado el registro de medicación. Lucía pasó la primera hoja y se detuvo. Justo después de la hora en que se había añadido un sedante, había una nota: la respiración se había vuelto más lenta.
—¿Dónde está ahora el niño?
—Basta con que venga.
—Que no le den más medicación. ¿Hay ahora mismo un médico con él?
El hombre cogió el walkie. Lucía leyó el último registro. Quería preguntar directamente al equipo médico que estaba con él si, después de tomarse el fármaco y dormirse, el niño respiraba bien. Por el walkie solo le respondieron que estaba llorando.
—He transmitido lo que ha dicho. El coche espera.
—Déjeme hablar a mí también. Hay que llevar al niño a un hospital…
El hombre la agarró del brazo.
Con la pluma estilográfica que empuñaba, Lucía le rajó el dorso de la mano. La mano la soltó, pero otro hombre le retorció la muñeca desde atrás. El guante que le tapó la boca olía a cuero mojado.
—¡¿No decían que me iban a enseñar a un paciente?! ¡¿Por qué hacen esto?!
No hubo respuesta. El hombro le chocó contra la esquina del escritorio y la carpeta cayó al suelo. El hombre solo recogió el historial.
Mientras bajaban por la escalera de emergencia, Lucía intentó memorizar números de puerta y caras. El hombre que iba detrás llevaba incluso el bolso que ella tenía junto al escritorio. Dentro del coche, justo antes de que le vendaran los ojos, vio que en el dorso de la mano del hombre que la sujetaba brotaba sangre.
Metió la pluma bajo el asiento. Con la esperanza de que alguien la encontrara.
***
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en un helicóptero.
Tenía las muñecas atadas y, por encima, le habían abrochado el cinturón de seguridad. Lucía miró la costa por la ventanilla y luego desvió la vista a las rodillas del hombre de enfrente. Allí estaba su móvil.
—Devuélvamelo. Tengo que avisar al hospital.
El hombre dio la vuelta a la pantalla. Lucía contuvo las lágrimas de rabia que se le acumulaban en los ojos. Si lloraba, sentía que se le nublaría la vista. Ahora tenía que ver adónde iba.
—Ese niño de antes. ¿Respira bien después del último fármaco?
El hombre lo comprobó por radio. Ni siquiera mientras esperaba la respuesta le devolvieron el teléfono.
En medio del mar apareció una luz. Era una pequeña isla con un edificio de hormigón sobre un acantilado, un rompeolas y unos almacenes pegados. Mientras el helicóptero descendía, Lucía contó los barcos amarrados en el muelle. 2 barcos. La salida hacia tierra firme seguramente estaba allí.
Al abrirse la puerta, la lluvia le golpeó la cara. Cuando el hombre la agarró del brazo para bajarla, Lucía levantó las manos atadas.
—¿Pretenden que toque al niño con esto?
El hombre se volvió hacia el fondo del pasillo. Solo cuando la persona que estaba allí levantó la mano, le desató la cuerda.
Era un hombre de traje negro. En el cuello de la camisa, empapado por la lluvia, tenía sangre seca. Los guardias se apartaron todos a la vez de su camino mientras avanzaba.
—Lucía Herrera.
Una voz que no había oído nunca pronunció su nombre. Lucía no se tapó con la manga las muñecas doloridas.
—¿Lo ha ordenado usted?
—Yo dije que te trajeran.
—Primero, su nombre.
El guardia de al lado se movió. Bastó con que el hombre girara un poco la cabeza para que volviera a quedarse quieto.
—Darío Montero.
Lucía grabó ese nombre en la memoria. El hombre bajó la vista a sus muñecas y luego la miró a los ojos.
—En Belua me llaman Dante Belac.
Belua, el país al otro lado del mar que lo separaba de España. Él era el jefe de la organización mafiosa de su puerto. Lucía bajó la vista al historial. Por qué un hombre capaz de arrastrar a una médica hasta el extranjero la había elegido a ella era algo que tendría que preguntar más tarde. Ahora él se le estaba acercando un paso más.
—Salva a mi sobrino. Hasta que se recupere, no saldrás de aquí.
Mientras cogía el abrigo, Darío le dijo a Marco que lo primero era asegurar la entrada por donde se encontrarían con el equipo médico. No dijo que subieran más escoltas a su barco. Lucía recordó lo que le habían dicho en la última revisión.—Si allí hay que usar la fuerza, déjeselo a otros.—Ya lo he repartido con Marco. Lo mío es conseguir que abran la puerta.Mientras él revisaba el interior del abrigo, Lucía lo agarró del brazo. Que le dijera que ya se habían repartido el trabajo no le quitaba la preocupación. Él no tiró del abrigo; se volvió hacia ella.Darío le dejó un beso profundo y ardiente en la frente a Lucía, que seguía sujetándole la mano.—Voy a tierra firme. Cuando sepa
Mientras la miraba, Darío no sacó el teléfono. Solo cuando Lucía sonrió primero, él apretó los brazos. Desde el otro extremo del invernadero llegaba el ruido de la pala de Leo cavando en la tierra. Lucía miró por encima del hombro de Darío hacia donde estaba el niño. Cuando Leo agachó la cabeza, absorto en su juego, ella se volvió de nuevo hacia él.Como el viento arreciaba, Lucía fue a cerrar la ventana de ventilación. Darío no alargó la mano antes que ella; se limitó a sujetar el tirador que ella abría. La parte de abajo no cerraba bien, así que los dos tuvieron que pegarse y hacer fuerza.—¿Siempre se arrima así cuando trabaja?—No sabía que ahora estuviéramos trabajando.Respondió justo detrás de el
—Es una buena noticia, pero…Incluso después de decirlo, no fue capaz de sonreír. Le vinieron a la cabeza los zapatos de la familia que esperaba una explicación en el pasillo. La pregunta que el niño le había pedido antes de la operación que le contara también a su papá aún no había podido sacarla delante de aquel padre.—Esa gente habrá vuelto hoy también a la misma casa.A Lucía se le cortó la respiración. Darío se acercó a ella. Fue a taparse la cara, pero acabó agarrándose a su camisa.Al inclinarse, Lucía perdió el equilibrio. Darío le pasó los brazos por la cintura y la espalda. Cuando cargó con su peso, retrocedió un paso para aguantar sin que se desplomaran los dos.La camisa de él olía a jabón. Lucía, sin poder levantar la cara, se aferró al cuello de la camisa.Darío, sosteniendo su peso, la llevó hacia el banco. Lucía se sentó con él sin alzar la cabeza. La mejilla mojada le rozó la camisa.—Darío…, yo…, el niño…No pudo seguir. Darío le puso la mano en la nuca y, como ella
El día que terminó la reunión, Lucía fue al alojamiento en tierra firme. Hasta que no deshizo la maleta no avisó a Darío de que había llegado. Él respondió que de acuerdo, pero no añadió nada sobre la comida, como solía hacer. Al día siguiente, en el hospital le explicaron qué cursos quirúrgicos le tocaba revisar.Llegaron preguntas adicionales y ella volvió a poner por escrito los tramos que recordaba. También concertó una fecha para declarar ante los investigadores. Haber presentado documentación que rebatía las acusaciones de la Fundación no significaba que todos los trámites fueran a terminar de golpe.Gonzalo mantuvo su postura de que no había hecho nada malo al modificar el registro. Dejó de decir que Lucía había abandonado el quirófano después de la operación. En su lugar, dijo que había versiones encontradas sobre el criterio que se siguió en aquel momento. Mientras las frases cambiaban poco a poco, nadie pidió perdón primero.La Fundación corrigió parte de su comunicado ofici












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