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Capítulo 3

Autor: Mendoza Z.
La noche era una tinta espesa, imposible de diluir.

Un Maserati blanco se deslizó en silencio hacia el residencial Bahía Estelar y se detuvo frente a una casa independiente, bañada de luz de pies a cabeza.

Celina apagó el motor, pero no bajó de inmediato.

Recostada en el asiento, se quedó mirando ese resplandor cálido. Ahí estaba su casa que compartía con Héctor: cada diseño, cada mueble, todo había sido una apuesta suya por el futuro.

Y ahora, esa luz era como una aguja envenenada, clavándosele en los ojos.

En la pantalla del celular, la transmisión en vivo —la cámara camuflada como difusor de aromas— se había quedado congelada en la toma de diez minutos atrás.

En la sala, Héctor le ofrecía una copa de vino tinto a Violeta, sentada en el sofá. La mirada de él, esa ternura y esa devoción, eran algo que Celina jamás había visto dirigido hacia ella. Violeta sonreía como una flor delicada, y se acurrucaba en el pecho de Héctor.

Ese sofá era un sofá hecho a medida que Celina había encargado especialmente

Y esa mujer llevaba puesta la bata de seda de Celina.

—Amor, cuando Celina tenga al bebé, nosotros…

Celina no escuchó el resto.

Apagó el celular, la pantalla se oscureció y le devolvió el reflejo de un rostro sin color.

Había pasado tres días en un hotel del centro, "por trabajo", y también había pasado tres días mirando aquello, como si fuera una obra absurda.

Al principio, el cuerpo helado. Luego, el dolor como si le desgarraran el corazón. Y ahora, la anestesia.

Desbloqueó con su huella. La luz del recibidor se encendió suavemente.

Desde la sala llegó una risa femenina, baja, coqueta.

Celina se detuvo un segundo al quitarse los zapatos. Luego, en la comisura de sus labios apareció una curva fría.

Como una gata elegante y letal, caminó sin hacer ruido hacia la sala.

En el sofá carísimo, Héctor tenía a Violeta abrazada. Pegados de un modo indecente. En la mano de Violeta había una manzana recién pelada; justo iba a darle un mordisco.

—¿Qué están haciendo?

La voz fue limpia, sin emoción y aun así, como un punzón de hielo que les perforó los oídos.

Héctor y Violeta se quedaron tiesos, como si les hubieran pisado la cola. Y de inmediato se separaron de golpe.

Héctor reaccionó primero. Se acomodó rápido el cuello de la camisa y forzó una sonrisa, acercándose.

—¿Celina? ¿No dijiste que volvías mañana? ¿Por qué llegaste antes?

Mientras hablaba, se colocó, casi sin que se notara, entre ella y Violeta, intentando tapar la bata que saltaba a la vista.

—El proyecto se cerró antes y cambié el vuelo.

La mirada de Celina pasó por encima de su hombro y cayó sobre la mujer inquieta en el sofá. En sus ojos había una duda calculada, precisa.

Violeta estaba pálida, al borde del colapso. La manzana se le cayó de la mano.

¡Tac!

Rodó sobre la alfombra carísima y se detuvo justo a los pies de Celina.

Violeta se acomodó, nerviosa, el cuello revuelto. Se le fue el color. Tartamudeó, intentando explicarse:

—Celina… ya volviste. Vine a verte, a… a pasar un rato. Quería darte una sorpresa, pero Héctor dijo que estabas de viaje. Yo ya me iba.

Su voz era dulce y empalagosa, con la dosis justa de reproche y de inocencia. Como si de verdad fuera una pobrecita que vino a ver a su amiga y se quedó con las manos vacías.

Antes, quizá Celina le habría creído.

Pero ahora, viendo esa actuación, solo se le revolvió el estómago.

Celina no miró a Héctor. Clavó la vista en el rostro de Violeta: tranquila, impasible, como una radiografía que le atravesaba la piel falsa, capa por capa.

No se enojó. Incluso sonrió un poco, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—¿A verme?

Repitió despacio.

Luego caminó, se inclinó y, con dos dedos delicados, levantó la manzana con una elegancia cruel. La tiró sin más al bote de basura de al lado.

Solo entonces alzó la mirada, directa a Violeta. La voz le salió ligera como una pluma, pero con el peso de una montaña.

—Señorita Sandoval, ¿usted y yo somos tan cercanas como para que diga que "vino a verme"?

La frase fue una bofetada invisible.

A Violeta se le fue la sangre del rostro. La sonrisa dulce se le quedó pegada en la boca, rígida, espantosa.

Claro que no eran cercanas.

Con suerte, se habían visto en un par de reuniones gracias a Héctor. Habían cruzado dos o tres palabras. Ni siquiera se tenían agregadas en WhatsApp.

Eso de "vine a verte" era una mentira que no se sostenía.

Y con esa sola pregunta, Celina le arrancó la careta y la dejó desnuda en medio del aire incómodo.

Violeta no supo dónde meterse. Se le enrojecieron los ojos y miró a Héctor como pidiendo auxilio.

Héctor se movió al instante, dolido por verla así. Frunció el ceño, dio un paso y se puso medio delante de Violeta, con un tono que ya llevaba reproche.

—Celina, ¿por qué hablas así? Violeta viene con buenas intenciones. Solo quiere estar en paz contigo.

Tomó la mano de Celina, buscando suavizar el golpe con un gesto íntimo.

—Entre ustedes debe haber algún malentendido. Yo solo pensé que, al final, van a tener que convivir, ¿no? Quise ayudarlas a mejorar la relación.

—S-sí, Celina…

Violeta se agarró del salvavidas al instante, asentando rápido. Recuperó esa cara lastimera.

—Héctor solo quiere lo mejor para nosotras. Además… además tú y Héctor ya están casados, entonces somos familia. Nos vamos a vernos seguido. No conviene que todo quede tan tenso.

Cuando dijo "nos vamos a vernos seguido", el tono tenía una pizca deliberada, un brillo que solo los tres podían entender.

Era una declaración. Era decirle a Celina: aunque tú seas la esposa "oficial", yo voy a seguir aquí. En su vida. En la tuya.

—¿Familia?

Por dentro, Celina se rió por dentro, helada.

Qué ridículo: una "esposa" de frente, otra "esposa" a escondidas. Un chiste para el mundo.

Pero en su cara apareció una duda perfectamente inocente. Ladeó un poco la cabeza; sus ojos claros se clavaron en Héctor con una confusión pura, casi infantil.

—¿Verla seguido?

Repitió, despacio. Cada palabra cayó como un martillo sobre el pecho de Héctor y Violeta.

—¿Por qué?

La pregunta era demasiado limpia. Demasiado lógica.

—Tú eres mi esposo. Yo soy la hija única de los Blasi. Ella es de la familia Sandoval. Nuestro matrimonio es una alianza: tú eres el yerno de la familia Blasi. Ella es alguien ajena, ¿por qué se supone que la vamos a ver "seguido"?

La mirada de Celina se deslizó del rostro rígido de Héctor al rostro descompuesto de Violeta. Seguía hablando con esa misma inocencia, como si solo pidiera una explicación simple.

—Héctor, explícamelo. No entiendo.
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