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Capítulo 2

작가: Mendoza Z.
En el Registro Civil había gente entrando y saliendo; en el aire flotaba un dulzor empalagoso. Parejas de recién casados se acurrucaban, con sonrisas imposibles de ocultar.

Celina y Carlos Girón estaban sentados ahí, en medio de todo, como dos islas, sin hablar ni mirarse.

La funcionaria era una chica joven. Había visto de sobra escenas melosas, pero era la primera vez que le tocaba una pareja con un ambiente tan pesado. Les pasó el formulario y el bolígrafo; hasta su sonrisa se le quedó rígida.

—Firmen aquí, por favor.

Celina tomó el bolígrafo y firmó sin dudar. El trazo fue afilado, con determinación.

Terminó y empujó el bolígrafo hacia el hombre a su lado.

Carlos, de principio a fin, permaneció apoyado en el respaldo. Su postura era relajada, pero imponía una presión invisible. Tomó el bolígrafo; sus dedos eran largos, impecablemente limpios.

No se apresuró. Trazo a trazo, firme y controlado, dejó su firma junto a la de ella, como si siempre hubieran tenido que ir juntas.

La mirada de Celina se detuvo en el apellido de él. Sintió que una mano invisible le apretaba el corazón: no dolía; era solo una contracción extraña. Apartó la vista de inmediato y se quedó mirando sus propias manos entrelazadas.

El primer paso de la venganza estaba hecho.

Desde que entraron hasta que terminaron los trámites no pasaron ni diez minutos. Rápido, irreal, como un sueño.

La funcionaria les extendió el acta de matrimonio y soltó una felicitación de rutina:

—Felicidades por su matrimonio. Que sean muy felices.

Celina dio las gracias. Carlos tomó el acta y rozó el papel con la yema de los dedos, apenas por un instante, antes de guardarla en el maletín.

Salieron del edificio uno detrás del otro. El sol les dio de frente y Celina entrecerró los ojos por instinto.

No fue hasta que se sentó en el Bentley negro y la puerta se cerró, aislándolos del ruido del mundo, que su espalda por fin se aflojó un poco.

Dentro del auto, el silencio era absoluto.

Celina giró la cara hacia la ventana. El paisaje urbano retrocedía a toda velocidad y le daba una sensación de irrealidad. En su mente apareció, sin permiso, el acuerdo que habían firmado ayer en el despacho de Carlos.

Extrañamente, le daba más seguridad que ese acta.

"Parte A: Carlos Girón. Parte B: Celina Blasi.

Duración del matrimonio: un año.

La Parte B deberá cooperar con la Parte A y desempeñar bien el papel de señora Girón para tratar con los mayores de la familia Girón y en todas las ocasiones sociales que sean necesarias.

La Parte A deberá proporcionarle a la Parte B la identidad de esposa del heredero legítimo de la familia Girón, así como todos los recursos y facilidades correspondientes; y brindarle apoyo cuando la Parte B lo necesite.

Durante la vigencia del matrimonio, ninguna de las partes interferirá en la vida privada de la otra; no habrá intimidad entre las partes.

Al cumplirse un año, ambas partes se divorciarán en paz. La Parte A transferirá a la Parte B la villa de Bahía Estelar y pagará 500 millones de dólares como compensación."

Cláusulas claras: derechos y obligaciones, todo bien definido.

Era un trato: ella cambiaba un año de libertad por una identidad y un poder suficientes para pisotear a Héctor y Violeta hasta hundirlos en el lodo.

Salía barato, mucho más limpio que aquel amor lleno de mentiras y cálculos de principio a fin.

¡Chiiiii!

Una frenada brusca. El cuerpo de Celina se le fue hacia adelante por la inercia.

El golpe que esperaba no llegó.

Una mano grande y tibia se interpuso frente a ella y la sostuvo con firmeza. La palma se apoyó en su hombro, con un calor firme e intenso.

Celina se quedó rígida.

Ese calor atravesó la tela delgada y le sacudió el pecho.

El brazo de Carlos se tensó, formando un arco protector sólido. Ni siquiera la miró: sus ojos, agudos, estaban fijos en el auto que se les había atravesado de repente. El ceño apenas se le frunció.

Cuando el peligro pasó, retiró la mano como si nada y volvió a ponerla en el volante.

Como si aquel gesto instintivo nunca hubiera existido.

—Siéntate bien.

Habló con voz baja, sin emoción.

Pero Celina sentía que en el hombro aún le quedaba el calor de su palma. Apretó los dedos, obligándose a calmarse y no pensar de más.

Solo era un socio competente. Cortesía… o, más bien, estaba protegiendo la inversión del contrato.

Respiró hondo y se recostó de nuevo. Rompió el silencio extraño del auto.

—Señor Girón, sobre lo nuestro… por ahora no quiero que se haga público.

Carlos miró al frente. Sus nudillos, sobre el volante, golpearon levemente.

—¿Por qué?

—No quiero espantar a la presa.

La voz de Celina era fría.

—Héctor y Violeta siguen creyendo que no me he enterado. Ese es mi mejor camuflaje. Cuando tenga todas las pruebas de cómo me estaban usando, entonces les asesto el golpe.

No quería un simple escándalo, quería que no tuvieran salida. Nunca.

Carlos la miró por el retrovisor. En el reflejo, ella tenía la mandíbula tensa y los ojos helados. No quedaba nada de aquella señorita Blasi cálida y luminosa de siempre. Era como una gata que escondió toda suavidad y solo dejó las garras.

—Está bien.

Aceptó sin rodeos.

Celina soltó un poco el aire. Lo que más temía era que él tuviera otro plan.

Pero antes de terminar de relajarse, Carlos añadió:

—Desde hoy, vamos a vivir juntos.

Celina giró la cabeza de golpe, alerta.

—¿Por qué? En el acuerdo no dice eso.

¿Vivir con él? Eso no estaba en sus planes. Necesitaba un espacio absolutamente privado para mover sus piezas, no vivir bajo los ojos de un socio todo el tiempo.

El perfil de Carlos era duro, la mandíbula marcada como una línea fría.

—Si vas a actuar, hazlo bien.

Lo explicó sin levantar la voz.

—Mi abuela puede mandar gente en cualquier momento. Incluso puede aparecer ella misma para revisar. ¿Cuánto crees que podamos ocultarle que no vivimos juntos?

Ese motivo era impecable.

La abuela de Carlos era la que mandaba en la familia Girón y la que más ansiaba verlo casado y con hijos. Si descubría que el matrimonio era falso, ya no se trataría solo de venganza: Celina y toda la familia Blasi quedarían arrastrados.

Los labios de Celina se apretaron en una línea.

Sabía que él tenía razón.

—Bien.

Al final asintió. Era la opción más racional.

—Entonces, en mi casa. Allá es más tranquilo.

Se refería a la villa a su nombre, el regalo que su madre le había dejado antes de morir.

—De acuerdo.

Carlos respondió sin más.

El Bentley se internó entre el tráfico y, por fin, se detuvo frente a la villa de Celina.

Celina se desabrochó el cinturón y se preparó para bajar.

—Señora Girón.

Carlos habló de pronto.

Celina se quedó quieta. Esa forma de llamarla la hacía sentir incómoda. Giró la cabeza, con una pregunta en la mirada.

Él también la miró. En esos ojos profundos era imposible leer nada. Sus labios se abrieron y dijo:

—Un placer trabajar con usted.
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