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Capítulo 4

작가: Mendoza Z.
El aire pareció solidificarse.

Los músculos del rostro de Héctor se tensaron por un instante. Pero solo fue un segundo: enseguida recuperó esa máscara suya, cómoda, segura, y hasta con un toque de reproche cariñoso.

—¿En qué estás pensando? Desde chicos, nuestras familias han sido muy cercanas, casi como hermanos. Tú también lo sabes: últimamente ando hasta el cuello con el proyecto en la empresa y casi no he podido ir a ver a mis papás. Ya están mayores, y no me quedo tranquilo. Violeta es cuidadosa y vive cerca, así que suele ir en mi lugar; les hace compañía, charla un rato con ellos.

Suspiró, actuando como si le pesara en el alma.

—Si lo piensas, todo es culpa mía, por no ser un buen hijo.

Lo dijo perfecto. Sin fisuras: elogió a Violeta y, al mismo tiempo, se pintó a sí mismo como un hombre trabajador, con corazón y responsabilidad.

Celina bajó las pestañas. Las sombras le cubrieron la mirada y no se le alcanzó a ver el gesto.

—Ah, ya entiendo.

Su voz le salió suave, imposible saber si estaba molesta o no.

Héctor apenas iba a tomar aire cuando ella cambió de tema.

—Ahora que lo dices, ya llevamos un tiempo casados y yo todavía no he ido formalmente a visitar a tus papás. Si tú estás tan ocupado, yo como esposa no puedo quedarme sin hacer nada.

Celina levantó la vista. La curva de su boca era perfecta: dulce, atenta, impecable.

—¿Qué te parece si vamos a verlos cuando llevemos a Violeta de regreso?

La sonrisa de Héctor se le quedó clavada en la cara.

En la sien le asomó una gota de sudor.

—¿Ahora?

Buscó un pretexto al instante.

—Ya es muy tarde, seguro mis papás ya están dormidos.

—También es cierto.

Celina lo interrumpió con una comprensión demasiado oportuna.

—Entonces mañana nos levantamos temprano y vamos. Además es fin de semana.

Con esa dulzura, Héctor no tuvo cómo negar nada.

Cuando él estaba atrapado sin salida, Celina sonrió aún más y miró a Violeta.

—Violeta, tú conoces bien a sus papás, ¿no? ¿Por qué no vienes mañana también? Así me ayudas a quedar bien, para que no me ponga nerviosa y diga una tontería en mi primera visita.

El rostro de Violeta se puso todavía más pálido.

Celina se sintió de maravilla.

Eso era lo que quería: tenderles la trampa y ver cómo seguían actuando.

Sin darles tiempo a pensar, Celina lanzó una mirada al reloj de pared y frunció levemente el entrecejo.

—Ay, ya está tardísimo.

La miró con una preocupación perfecta.

—Violeta, ya es muy tarde, no es seguro que te vayas sola a estas horas. ¿Por qué no te quedas aquí esta noche? Hay habitaciones de huéspedes; elige la que quieras. Mañana salimos juntos temprano.

La propuesta cayó como un rayo.

Violeta quiso negarse por instinto, pero al toparse con los ojos de Celina —como si lo vieran todo— se le atoró la voz.

Además, ¿no era justamente por eso que había ido? Para quedarse a solas con Héctor.

Si ahora Celina le daba la oportunidad en bandeja y ella se echaba atrás, se vería más culpable.

La mente de Héctor corrió a toda velocidad, calculando.

Dejarla dormir ahí era peligrosísimo. Pero no dejarla quedarse, solo haría que la sospecha de Celina creciera.

Entre dos males, escogió el menor. Apretó los dientes y siguió el guion.

—Celina tiene razón. Se me pasó. Violeta, quédate; es lo más seguro.

Habló como si fuera lo más normal del mundo.

Celina, por dentro, soltó una risa helada. Por fuera, se volvió aún más amable.

—Entonces está decidido. Te llevo a la habitación. Todo está nuevo: artículos de baño, toallas… lo que necesites.

Ella misma acompañó a Violeta a la habitación de huéspedes, junto a la habitación principal. Le preparó todo con una atención casi excesiva y luego se dio la vuelta.

Antes de irse, todavía sonrió.

—Descansa. No te molesto más.

***

De regreso en la sala, Héctor estaba ahí, incómodo, sin saber qué hacer con las manos.

Celina caminó directamente al estudio. Tomó su laptop y, sin siquiera levantar la cabeza, dijo:

—Tengo trabajo pendiente. Hoy duermo en el estudio. Tú descansa.

Entró y cerró la puerta.

Dejó a Héctor solo en la sala enorme, con el rostro alternando entre luces y sombras.

La noche se fue hundiendo.

La casa quedó en silencio, salvo por el tic-tac del reloj.

En el estudio, Celina no encendió la lámpara. Solo la luz azulada de la pantalla le dibujaba su cara fría.

No estaba viendo diseños ni documentos, tenía abierto el sistema de vigilancia.

En la imagen se veía el pasillo, justo frente a la puerta de la habitación principal.

Celina esperó, quietísima, como una cazadora paciente.

***

A la una de la madrugada, la puerta de la habitación de huéspedes se entreabrió apenas. Una silueta delgada asomó la cabeza, furtiva. Miró a ambos lados. Luego, agachada y de puntillas, avanzó paso a paso hacia la habitación principal.

La comisura de los labios de Celina se curvó en una sonrisa de burla.

Justo como pensaba: no pudo aguantarse.

Violeta tomó la perilla con una familiaridad sospechosa, entró rápido y cerró con cuidado.

Empezaba la función.

Celina cerró la laptop y salió del estudio sin hacer ruido. El mármol frío del piso le mordió los pies y, aun así, le despejó más la cabeza. Llegó a la puerta de la habitación principal y pegó el oído.

Adentro se oían jadeos contenidos, asquerosos y voces.

—¿Se fue al estudio?

—Sí. Dijo que tenía trabajo.

—¿Entonces sí va a ir mañana? ¿Qué hacemos?

—No tengas miedo. Yo me encargo. Ya hablé con mis papás: mañana no se les escapará ningún secreto.

Celina escuchó sin mover un músculo. En sus ojos, el frío podía congelar a cualquiera.

Sacó una llave antigua de cobre, la que había escondido en el bolsillo desde el día anterior: la llave de repuesto de todas las puertas de esa casa. La metió con suavidad en la cerradura, giró.

Clic.

Un sonido mínimo, casi inexistente. Pero en el silencio de la noche, fue como una campana de condena.

Celina sacó la llave, se dio la vuelta y regresó al estudio sin un solo paso de más. Como si nada hubiera pasado.

***

A la mañana siguiente, el sol se derramó sobre la sala.

Celina salió del estudio fresca, despierta, incluso tarareando, de buen humor. Se preparó un café en la cocina.

Con la taza en la mano, caminó despacio hasta la puerta de la habitación principal y estiró la mano para girar la perilla.

—¿Qué?

La perilla no se movió.

Como si apenas se diera cuenta, hizo un sonido de sorpresa y aumentó la fuerza, forcejeando con ella.

—¿Héctor? ¿Ya despertaste? Voy a pasar a lavarme la cara.

Subió la voz, asegurándose de que adentro se oyera perfectamente.

Adentro reinaba el silencio.

La sonrisa de Celina se ensanchó, tocó la puerta con los nudillos.

—Qué raro, ¿por qué está con seguro? ¿En serio duermes con la puerta cerrada?

Su tono era de confusión inocente. Pero cada palabra era un martillazo, directo al corazón de esos dos. ¿Con qué cara estarían ahora? ¿Desnudos, paralizados, muertos de miedo?

—¿Héctor? ¿Estás bien? ¿Por qué no respondes?

Celina puso una preocupación falsa en la voz. Incluso pegó la oreja a la puerta, como si intentara escuchar.

—Si no contestas, voy a abrir con la llave de repuesto, ¿eh?
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