Mag-log inEl banquete de la coalición mafiosa había alcanzado su punto álgido. De pronto, el ambiente en el gran salón cambió y la conversación se desvió hacia el joven y reservado líder de la familia Fumagalli. —Dante, antes de que ascendieras al poder, todos los viejos Dónes de las familias más importantes se morían por poner a sus hijas en tus manos —comentó uno de los invitados—. ¿Hubo alguna que te interesara de verdad? Me quedé a medio paso detrás de él; mis nudillos se volvieron blancos por la fuerza con la que sostuve mi copa. Dante no respondió de inmediato. Su mirada me recorrió de arriba abajo con una indiferencia gélida, para luego desviarse hacia Viviana Lombardi, quien acaparaba la atención de la multitud. —A ella —declaró él, con voz firme—. Siempre la quise a ella. Viviana se giró tan rápido que el vino de su copa se derramó sobre su muñeca. —¿Y entonces por qué demonios nunca apareciste cuando te di la tarjeta de acceso a mi hotel hace años? —reprochó ella, con los ojos enrojecidos. La aparente calma en el rostro de Dante se rompió por completo y frunció el ceño, desconcertado. —¿Tarjeta de acceso? Pensé que esa tarjeta era para Enzo Ricci. —¿Cómo pudo haber sido para Enzo? —refutó Viviana, con la voz quebrada—. ¡Es mi primo hermano! Una pregunta llevó a la otra y la verdad oculta durante años salió a la luz. Un soldado le había entregado la tarjeta de acceso a la persona equivocada; por culpa de ese maldito error, ellos jamás se habían encontrado. Viviana rompió a llorar allí mismo, y una expresión de profundo arrepentimiento nubló el semblante de Dante. Entonces, alguien entre la multitud soltó una risa burlona: —¡Qué tremenda coincidencia! ¿Cómo es posible que le hayan entregado la tarjeta a otra persona? ¿O acaso todo esto ya estaba planeado desde el principio? En un parpadeo, todas las miradas de la sala se clavaron en mí. Para el resto del mundo, yo solo era la mujer que seguía a Dante a todas partes como una tonta enamorada; todos en el entorno mafioso lo sabían. Me giré para mirarlo fijamente, esperando que abriera la boca, que dijera algo, que me defendiera. Deseaba que les recordara a todos que nos habíamos casado en secreto hacía cinco años y que él había sido quien me había cortejado con insistencia en aquel entonces. Pero Dante no pronunció una sola palabra. No negó la acusación tácita de la multitud. Se mantuvo en un silencio sepulcral, mirando al frente como si la humillación que yo estaba sufriendo no fuera de su incumbencia. Con los ojos fijos en él, me quité el anillo de bodas que había llevado puesto con orgullo durante cinco años.
view moreRegresé tres meses después. Pero no lo hice por él, sino para exigir la firma de los papeles del divorcio.Cuando la puerta de la sala de juntas del bufete de abogados se abrió y él cruzó el umbral, casi no lo reconocí. Dante siempre se había distinguido por una postura imponente y una presencia tan abrumadora que obligaba a cualquiera a apartarse de su camino casi por instinto. Sin embargo, el hombre que acababa de entrar parecía la sombra de un fantasma. Había perdido muchísimo peso; la chaqueta del traje de diseñador le colgaba de los hombros, y las profundas ojeras que le surcaban el rostro reflejaban un desgaste alarmante.En cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, sus facciones se descompusieron por completo.—Tessa... por favor, no hagas esto... —susurró con un hilo de voz.Lo contemplé con frialdad desde mi posición. Aquel era el mismo hombre que una vez había hecho temblar a la ciudad entera, el mafioso despiadado que le había plantado una pistola en la frente a un rival
Aquel mensaje de Viviana actuó como un salvavidas. Dante no lo dudó ni un segundo; siguió las indicaciones al pie de la letra y condujo a toda velocidad hacia su departamento. Sin embargo, en cuanto ella abrió la puerta, una silueta se abalanzó sobre él. Viviana vestía una sugerente lencería de encaje y se le arrojó al cuello sin darle tiempo a reaccionar.—Don Fumagalli, por fin vino —le susurró—. Sabía perfectamente que sigo siendo su mayor preocupación.Ella acortó la distancia, deslizando los dedos con audacia sobre su pecho.Dante se quedó rígido, paralizado por una intensa oleada de asco. Levantó la mano y la apartó de un empujón, sin la menor consideración. Se mantuvo firme en el umbral, con una mirada gélida e implacable, conteniendo a duras penas la repulsión que ella le provocaba.—¿Dónde está Tessa? —le exigió de inmediato.Al constatar que su mente y corazón estaban ocupados por otra mujer, Viviana lo miró con rencor mientras se clavaba las uñas en las palmas de las m
Por supuesto que lo sabía. No solo había revelado nuestro matrimonio, sino que hizo públicos detalles sobre nuestra relación, asegurándole a todo el mundo que él había sido el único responsable de cortejarme. Qué ironía; el anhelo que atesoré en secreto durante cinco largos años se convertía en realidad justo en el instante en que decidía marcharme.Durante incontables noches en vela, mi único deseo había sido que me tomara de la mano con orgullo frente al mundo y me presentara como su esposa. Sin embargo, tras media década de espera, lo único que obtuve fue su rechazo ausente en aquel banquete, dejándome a merced de las humillaciones de los demás. Y ahora que mi amor por él se había extinguido, venía a entregarme en bandeja de plata todo lo que alguna vez le supliqué.Era un chiste de mal gusto. A raíz de su anuncio, todos aquellos que se habían dedicado a pisotearme empezaron a inundar mi bandeja de entrada con disculpas corporativas. No es que se sintieran culpables por sus ofensa
Marcó una, dos, diez veces, y luego decenas más, hasta acumular más de un centenar de llamadas perdidas. Mis respuestas alternaron entre colgarle directamente y dejar la línea ocupada; no iba a ceder ni un milímetro. Dante solo se detuvo cuando el teléfono finalmente se le apagó al quedarse sin batería.Completamente fuera de sí, convocó a sus hombres con una urgencia frenética:—¡Muévanse todos! Busquen a Tessa por cada rincón de la ciudad. Remuevan hasta la última piedra si es necesario, pero encuéntrenla ya.Tras dar las órdenes, él mismo tomó el volante para recorrer cada sitio que solíamos frecuentar. El bar donde nos gustaba tomar algo, el mirador junto al río, la cima de la colina donde solíamos ver los atardeceres... Todos esos rincones conservaban nuestros recuerdos, pero ninguno me resguardaba a mí. Me había desvanecido por completo, como si me hubiera tragado la tierra.Dante se apoyó contra el capó de su auto y encendió un cigarrillo, con la mirada cargada de un cansanc












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