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Capítulo 7

Penulis: fishhh
Carolina le entregó el documento.

Javier lo recibió y lo dejó sobre la mesa sin siquiera mirarlo.

Carolina aún no alcanzaba a despedirse cuando, de pronto, lo escuchó decir:

—Hoy no me siento muy bien.

Carolina mostró preocupación en el momento justo.

—¿Qué tienes? ¿Es grave?

Al escuchar que su primera reacción era preocuparse por él, Javier bajó las pestañas.

En aquel rostro frío y distinguido apareció un cansancio apenas perceptible.

—No es nada. Probablemente sea por lo de ayer. Cuando termine de salir de mi organismo, estaré bien. No te preocupes.

Víctor estaba a un lado y casi dudó de sus propios oídos.

Si no supiera que la bebida de Javier no había tenido absolutamente nada raro y que en su cuerpo tampoco se había detectado alcohol, tal vez hasta se lo habría creído.

¿También los capitalistas actuaban tan bien?

Quizá su expresión no logró mantenerse del todo firme, porque al levantar la mirada sin querer se encontró de frente con los ojos fríos de Javier.

Con mucho tacto, Víctor retrocedió un paso y recordó en el momento oportuno:

—Señor Javier, ya debemos prepararnos para ir al aeropuerto. Lo espero en la entrada.

La puerta se cerró detrás de él.

En la oficina solo quedaron ellos dos.

—Ven.

La voz de Javier recuperó la atención de Carolina.

Carolina caminó hasta ponerse a su lado, pero su mente estaba en otra cosa.

¿No se suponía que la mujer que él amaba ya había regresado al país?

¿Cuándo pensaba hablarle de terminar el compromiso?

Había escuchado que las personas como ellos eran muy generosas al terminar una relación.

Solían dar una suma considerable como compensación y, a veces, incluso regalaban propiedades.

La mirada de Javier se quedó sobre su rostro.

—¿En qué estás pensando?

Carolina volvió en sí. Sus ojos eran suaves y húmedos, como si estuvieran cubiertos por una fina capa de agua.

—Ayer te lastimé el cuello con las uñas. ¿Te enojaste conmigo?

Los rasgos de Javier se suavizaron un poco.

Recogió los mechones sueltos que le caían junto al rostro y se los acomodó detrás de la oreja.

—No.

Sus dedos estaban fríos.

Como la noche anterior, rozaron la oreja de Carolina y bajaron lentamente por su nuca, con una presión ni ligera ni fuerte, como si acariciara a un gato.

—No me molestan las marcas que tú dejas.

Comparado con la forma correcta y medida en que solían tratarse, aquello ya era una invasión descarada de sus límites.

Carolina se contuvo y no se apartó.

Javier parecía tener una paciencia especial con su cabello.

Sus dedos lo peinaban una y otra vez, lo atravesaban, lo acariciaban.

Al final, su pulgar rozó apenas el costado de su cuello, creando de la nada una atmósfera ambigua.

Carolina estaba distraída cuando lo oyó decir:

—Ya tienes el cabello un poco largo.

Ella se quedó quieta un instante, sin reaccionar.

Pero, unos segundos después, entendió algo y su cuerpo también se puso rígido.

A duras penas curvó los ojos en una sonrisa, con la voz dócil de siempre.

—Está bien. Me lo voy a cortar un poco.

Javier le presionó suavemente el hombro.

—Descansa un rato antes de irte. El chofer te llevará.

Carolina asintió y se sentó en el amplio sofá, viendo cómo él se marchaba.

La oficina quedó en silencio de golpe.

El único sonido fue el de Javier cerrando la puerta desde afuera.

Víctor esperaba en la entrada.

Al ver salir a Javier, se adelantó para presionar el botón del elevador.

Mientras esperaban, la voz fría de Javier sonó a su lado:

—¿En qué etapa va la debida diligencia para adquirir la filial de Altiva Digital?

Víctor informó de inmediato el avance actual del cierre de la operación.

Javier asintió.

—El viaje de esta noche lo hará Nicolás conmigo. Tú preséntate mañana en Altiva Digital y apoya con la integración posterior a la adquisición.

El movimiento de Víctor se detuvo apenas. Luego respondió:

—Entendido, señor Javier.

Ya no entró al elevador con él.

Solo se quedó mirando mientras Javier subía.

***

Unos minutos después, Carolina salió de la oficina, dispuesta a bajar.

Como tenía un poco bajo el azúcar, al pasar junto a la cocineta quiso entrar por unos chocolates, pero justo entonces escuchó voces conversando adentro.

Varias practicantes nuevas estaban de espaldas a la puerta.

Por su apariencia, no debían de ser mucho mayores que ella.

—¿Ella es la prometida del señor Javier? Pues no se ve gran cosa.

—Escuché a gente de la matriz decir que viene de Riberasol. Antes era una estudiante becada por un proyecto de beneficencia de NovaCifra Technologies.

—Yo pensé que alguien del nivel del señor Javier, como mínimo, buscaría a alguien de una posición parecida.

La cocineta, en efecto, era tierra sagrada para los chismes.

El tono de aquellas personas tenía cierto desprecio, como si Carolina no estuviera a la altura.

Desde que se comprometió, Carolina siempre escuchaba comentarios así.

La conocieran o no, todos daban por hecho que codiciaba el dinero.

Pero nadie creía que ella nunca había intentado meterse en un círculo que no le pertenecía.

Al escuchar esas palabras, no se enojó.

Después de todo, comparadas con otras que había oído antes, aquellas incluso podían considerarse suaves.

Solo que, al final, no pudo evitar sentir que todo aquello era un poco aburrido.

Empujó la puerta y entró directamente.

Frente a aquellos rostros congelados por la sorpresa, las animó con sinceridad:

—Es verdad, soy bastante común. Si tanto les gusta, ¿por qué no intentan conquistar ustedes al señor Javier?

De verdad esperaba que alguien tuviera éxito.

Lástima que, cada vez que decía algo así, la otra parte pensaba que estaba provocando.

Algunas palidecieron del susto; otras se sonrojaron y salieron corriendo entre empujones.

Cuando Carolina llegó al elevador, alguien la alcanzó.

Con los labios temblorosos, balbuceó una disculpa.

Seguramente temía que Carolina fuera a contarle todo a Javier.

En ese caso, aquel empleo bien pagado y de apariencia brillante quizá estaría en peligro.

Carolina sonrió.

—No pasa nada. No tienen que disculparse. Tampoco dijeron nada incorrecto.

***

La tranquilidad que consiguió al bloquear aquel número acosador solo duró un día.

Al despertar al día siguiente, Carolina encontró varios mensajes nuevos en su celular.

Venían de otro número anónimo.

“¿Estás enojada? Perdón.”

El tono de la otra persona era íntimo, como si fueran amigos de muchos años.

“Ya no te enojes. Fue culpa de él. ¿Por qué dejaste que se acercara a ti?”

“¿Qué hicieron anoche?”

“Hazme caso. Hazme caso, hazme caso.”

Aquellas palabras parecían hormigas trepando por la pantalla.

Le recordaban a un molusco de las profundidades marinas: frío, húmedo y pegajoso.

El rostro de Carolina se tensó.

Bloqueó ese número y borró los mensajes.

Pero al segundo siguiente apareció otro número nuevo.

“Me volviste a bloquear. Tienes muy mal carácter.”

“No sirve de nada. Siempre puedo encontrarte.”

“Quiero verte. Tengo tantas ganas de verte.”

Carolina sintió que esa persona quizá estaba un poco loca.

Al parecer, saber que Javier había ido a su departamento había sido un gran golpe para esa persona.

Pero ¿en qué momento se había metido ella con alguien tan problemático?

Revisó sus recuerdos, intentando encontrar a algún sospechoso que supiera lo suficiente tanto de Javier como de ella, pero ninguno encajaba.

Al ver que los mensajes seguían acumulándose en la pantalla, Carolina entendió que bloquearlo no servía de nada.

Simplemente activó el modo no molestar.

Dejó que los mensajes se acumularan sin prestarles atención y no volvió a abrirlos.

Por fin, el celular quedó en silencio.

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