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Capítulo 4

Author: Patricia Muñoz
Al oír cerrarse la puerta, Rosalía miró la larga cicatriz de su brazo derecho y se quedó abstraída.

Su historia con Andrés había comenzado con un accidente.

Tres años atrás, alguien había provocado un accidente de tránsito para hacerle daño a él, y su vida había quedado en peligro. Rosalía, que pasaba por ahí, lo vio, lo sacó del auto y llamó a una ambulancia.

Mientras lo rescataba, la puerta le abrió una herida larga y profunda en el brazo derecho. La cicatriz difícilmente desaparecería en toda su vida.

Cuando Andrés salió del hospital, hizo todo lo posible por encontrarla y pasó un año entero tratando de conquistarla.

Cuando Rosalía tenía algún problema en el trabajo, él enseguida buscaba información y la orientaba con una paciencia inagotable para ayudarla a resolverlo.

Cuando el padre de Rosalía se lastimó una pierna al caerse, Andrés lo llevó al hospital cargado en la espalda en cuanto se enteró y lo cuidó personalmente junto a su cama.

Incluso cuando ella solo tenía un resfriado con fiebre, él, que solía conservar la calma, perdía el control. La preocupación no lo dejaba dormir y se empeñaba en quedarse a su lado hasta que la fiebre bajara.

Aunque la familia Juárez no la aceptó después de que se casaron, el amor y los cuidados de Andrés le permitieron vivir una etapa feliz y llena de cariño.

Hasta que Cecilia regresó al país y todo cambió.

Se volvió habitual que él la dejara sola en cuanto Cecilia lo llamaba. Las trampas y falsas acusaciones de Cecilia, que provocaban discusiones entre los esposos, también se hicieron parte de su vida cotidiana.

Rosalía suspiró, intentó serenarse y subió a descansar temprano.

Estaba medio dormida cuando la puerta se abrió de golpe. Alzó la cabeza, sorprendida, y se encontró con los ojos de Andrés, enrojecidos de furia.

Él la agarró del brazo y la arrastró hacia la salida.

—¡Ven conmigo!

Temiendo caerse, Rosalía no tuvo más remedio que seguirlo a trompicones.

—Andrés, ¿qué pasó? ¿Adónde me llevas?

Él soltó una risa burlona.

—¿Vas a decirme que no sabes lo que pasó?

La metió a la fuerza en el auto y arrancó a toda velocidad.

Con el corazón en la garganta, Rosalía se protegió el vientre con una mano y se aferró a la agarradera con la otra.

—¡Estás loco! ¡Detente! ¡Quiero bajar! ¡Quiero bajar!

Él ignoró sus gritos y condujo hasta la residencia de la familia Juárez.

Desde que estaba con él, Rosalía solo había ido una vez. La madre de Andrés la había despreciado y humillado de todas las formas posibles. En aquella ocasión, Andrés discutió con su madre y le dijo a Rosalía que nunca más tendría que volver.

Ahora él la llevó adentro a rastras, furioso.

Solo entonces Rosalía vio que había muchos miembros de la familia reunidos. Cecilia lloraba con el rostro cubierto de ronchas rojas, mientras la madre de Andrés la consolaba con dulzura.

En cuanto Rosalía apareció, todos le clavaron miradas acusadoras. La madre de Andrés se abalanzó sobre ella y le dio una bofetada.

—¡Maldita miserable! ¡Andrés solo trajo a Cecilia a cenar y tú te atreviste a tenderle una trampa para provocarle una reacción alérgica!

Rosalía trastabilló. Tenía la mejilla adormecida y dolorida. Miró instintivamente a Andrés.

—¡Yo no hice nada! Antes de hoy, solo había venido una vez. Ni siquiera sé cómo llegar por mi cuenta, mucho menos conozco los detalles de esta cena. ¿Cómo iba a hacerle algo?

Pero él la miraba con frialdad, sin una pizca de confianza. Un escalofrío le recorrió la espalda.

La madre de Andrés soltó una risa desdeñosa.

—Con lo astuta que eres, ¿hay algo de lo que no seas capaz?

Cecilia, con las manos sobre el rostro, también la miró llena de odio.

—¿Todavía te atreves a negarlo? ¡La empleada ya confesó! ¡Le pagaste veinte mil dólares para que cambiara mi pastel por uno con relleno de mango! Sabías que soy alérgica al mango. ¡Querías matarme!

Rosalía se mordió el labio.

—¿Qué pruebas tienen?

Cecilia sonrió con burla y le puso la pantalla de su celular frente a la cara.

—La empleada entregó el comprobante de la transferencia. El dinero salió de la cuenta de Andrés, a la que está vinculada la tarjeta que te dio. ¿O vas a decir que fue él quien pagó para incriminarte?

Rosalía comprendió que no estaban dispuestos a creerle.

—¡No fui yo! ¡Solo he usado esa tarjeta para comprar cosas para el bebé!

La madre de Andrés se volvió hacia su hijo.

—Te dije desde el principio que la familia de Rosalía no estaba a nuestra altura, pero tú insististe en casarte con ella. ¡Mira lo que ha hecho! Si no hubiéramos tenido un medicamento tan eficaz para la alergia, Cecilia estaría en urgencias. Si le hubiera pasado algo, ¿qué les habríamos dicho a sus padres? Rosalía es tu esposa. Dinos qué vas a hacer con ella.

Andrés guardó silencio apenas dos segundos antes de responder:

—Ya que hizo algo malo, que se arrodille frente a la entrada. Podrá levantarse cuando desaparezcan las ronchas de Cecilia.

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