Cecilia se derrumbó por completo. Su rostro se deformó de rabia.—¡Nunca quise ser tu amiga! ¡Quiero ser tu esposa!Andrés se levantó, con expresión serena.—Ya tengo esposa y no pienso cambiarla. Deja de meterte con Rosalía. Si vuelves a hacerlo, no voy a tener contemplaciones contigo, aunque hayamos crecido juntos.Sin volver a mirarla, se encaminó hacia la puerta. Al verlo alejarse, Cecilia entró en pánico.—¡Andrés! ¡No te vayas! ¡No me dejes!Alterada, apartó la cobija e intentó bajar de la cama, pero un tirón en la herida le provocó un dolor tan intenso que cayó al suelo.Lanzó un grito y lo miró con lágrimas en los ojos. Sin embargo, Andrés se marchó a grandes pasos, sin volverse siquiera una vez.Con el rostro contraído de furia, Cecilia apretó los dientes y golpeó el suelo con el puño.Había arriesgado la vida, ¡y él seguía negándose a divorciarse! ¿Qué le había hecho Rosalía para tenerlo tan embobado? No iba a darse por vencida.Miró su celular, se levantó con dificultad y ll
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