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Capítulo 5

Author: Patricia Muñoz
Rosalía lo miró sin poder creerlo.

—¡Te dije que no fui yo! ¿Por qué no puedes creerme siquiera una vez? ¡Estoy embarazada de tu hijo! ¿Cómo puedes tratarme así?

Él se dio la vuelta, tomó de la mano a Cecilia y se encaminó hacia las escaleras.

—Precisamente porque llevas a mi hijo, deberías darle un buen ejemplo. ¡Si haces algo malo, tienes que aceptar el castigo!

Rosalía negó enérgicamente y se volvió hacia la salida.

—¡No tienen derecho a hacerme esto!

Pero los guardaespaldas de la familia se abalanzaron sobre ella. La sujetaron uno de cada lado y la obligaron a arrodillarse frente a la entrada.

Uno le advirtió:

—Señora, será mejor que no se mueva. No queremos lastimar al bebé por accidente.

Rosalía quedó inmóvil, sin atreverse a resistirse.

Los miembros de la familia fueron saliendo de la casa. Cada vez que pasaban junto a ella, le dirigían miradas de desprecio y comentarios hirientes.

No sabía cuánto tiempo llevaba arrodillada. El viento ya le había secado las lágrimas. La mejilla golpeada estaba muy hinchada y las comisuras de sus labios se habían agrietado por la falta de agua.

El vientre comenzó a tensarse una y otra vez. Rosalía miró a los hombres que la vigilaban con desesperación.

—¿Pueden decirle a Andrés que me siento mal? Me duele el vientre. Necesito ir al hospital.

Uno de ellos miró su vientre abultado y llamó a Andrés. Poco después, su voz indiferente se oyó por el teléfono.

—Si haces algo malo, tienes que pagar por ello. No uses al bebé para intentar ablandarme.

Colgó de inmediato. El guardaespaldas la miró y le ordenó con frialdad:

—Quédese quieta y siga de rodillas.

Rosalía no tuvo más remedio que obedecer. Frente a la entrada solo quedaban ella y los dos hombres que la vigilaban.

El viento nocturno se colaba bajo su delgado pijama y la hacía temblar de pies a cabeza. El dolor en las rodillas era insoportable.

Todo comenzó a oscurecerse ante sus ojos. Incapaz de resistir más, se desplomó hacia adelante.

Cuando despertó, estaba en el hospital. Andrés se encontraba sentado junto a la cama, con la mano sobre su vientre.

Ella se tocó el vientre de inmediato, angustiada, y él le dijo:

—El bebé está bien.

Rosalía respiró aliviada. Solo entonces notó el dolor en las rodillas y la mejilla.

Andrés le acarició con suavidad el rostro hinchado.

—Dije que me casaría con Cecilia por enojo, para hacerte reaccionar. Ya te expliqué que entre ella y yo no hay nada. Crecimos juntos y la veo como a una amiga. ¿Por qué te empeñas en atacarla?

La mirada de Rosalía estaba completamente vacía. Ya ni siquiera tenía ganas de discutir eso con él.

Apartó su mano, retiró la cobija y bajó de la cama. Su voz sonó ronca.

—El trámite de divorcio sigue adelante. Pronto se acabará todo.

El rostro de Andrés se ensombreció.

—¿Todavía quieres amenazarme con el divorcio, Rosalía? Con una familia como la tuya y ese aspecto, nunca vas a encontrar a alguien mejor que yo. Y encima estás embarazada de mi hijo. ¡Nadie va a querer estar contigo después del divorcio!

Ella caminó hacia la puerta, cojeando, y respondió con frialdad:

—No te preocupes por mis asuntos.

Él perdió los estribos.

—¡Esta es tu última oportunidad! ¡Si sales de aquí, me casaré de verdad con Cecilia! ¡Aunque después te arrepientas y me lo supliques de rodillas, no servirá de nada!

Ella no se detuvo. Salió de la habitación sin mirar atrás ni una sola vez.

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