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•Capítulo 4•

Author: Andry Rous
last update publish date: 2026-04-11 05:26:30

Llegamos a casa. Esteban me hizo sentarme en el sofá y, sin decir mucho, fue por su caja de primeros auxilios para limpiarme la sangre del brazo.

—A ver... —murmuró, concentrado— ¿te duele mucho?

—Estoy perfecta —respondí con una sonrisa— de verdad, no te preocupes.

No me creyó.

—Sara... ¿por qué hiciste eso? —preguntó, mirándome serio.

Fruncí el ceño.

—Porque tenía que hacerlo. ¿Viste cómo te trató? Te humilló, tiró lo que le llevaste... eso no se hace. Esa tipa es una perra.

Esteban soltó un suspiro.

—Entiendo que te molestara, pero no era necesario llegar a eso...

—¡Claro que sí lo era! —lo interrumpí, alzando la voz.

Él también se tensó.

—No, Sara. No lo era.

Me levanté del sofá de golpe.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué? ¿Me quedo mirando cómo te pisotea? ¿Te parece normal lo que hizo?

—No es eso...

—¡Sí es eso! —insistí— se pasó contigo, y alguien tenía que ponerla en su lugar.

—¡Sara! —alzando la voz— no me molesta lo que le hiciste a ella, ¿okey?

Me quedé en silencio un segundo.

—¿Entonces qué te molesta? —pregunté, confundida.

Su expresión cambió.

—Me molesta que tú pudiste salir lastimada —dijo más bajo— eso es lo que no soporto.

Se acercó y me tomó del brazo con cuidado, haciéndome sentar otra vez.

—Si algo te hubiera pasado... no sé qué haría, Sara...

Y ahí...

Toda mi rabia se apagó.

—No iba a pasarme nada —dije más suave, levantándole el rostro con las manos— en serio, no te pongas así.

Sus ojos estaban apagados.

—No puedes saber eso... —murmuró— las cosas se salen de control muy rápido.

—Ey... —intenté hacerlo reaccionar— tú y mi hermano me enseñaron a defenderme, ¿ya se te olvidó? Sé pelear, sé cuidarme.

Le hice una pequeña mueca para aligerar el ambiente.

Él soltó una leve sonrisa.

—Sí... lo sé —dijo— pero aun así no quiero que te pase nada.

Y sin avisar, me jaló suavemente hacia él y me abrazó con fuerza.

Me quedé quieta un segundo.

Luego lo abracé también.

—Prométeme que no volverás a hacer algo así —dijo, separándose un poco— no quiero verte en peligro.

Lo miré.

—No puedo prometerte eso —respondí con sinceridad— si alguien te trata así otra vez, voy a reaccionar igual.

Él negó despacio.

—Sara... yo puedo defenderme solo.

—Lo sé —dije— pero quiero hacerlo yo también. Sólo déjame, ¿sí?

Suspiró.

—Es que no soporto la idea de que alguien te haga daño...

Sonreí suavemente.

—Ya... cambiemos de tema mejor, ¿sí?

Me observó unos segundos.

Y luego sonrió.

—Está bien... ¿te invito una pizza?

Mis ojos brillaron.

—¡Obvio! ¡Vamos ya!

Salimos. Comimos, hablamos durante horas como siempre... y después me llevó de regreso a casa.

Esa noche, me acosté en mi cama.

Y no pude dejar de pensar.

Nunca lo había visto así.

Tan afectado.

¿De verdad le había dolido tanto verme sangrar?

¿O era algo más?

Entonces lo recordé.

Su hermana.

La pequeña que murió por esa enfermedad... la que hacía que cualquier herida fuera peligrosa.

¿Había pensado en eso?

¿En perderme... como la perdió a ella?

La idea se quedó en mi cabeza.

Dando vueltas.

Hasta que, sin darme cuenta...

Me dormí.

Pronto sería mi cumpleaños.

Dieciocho.

Y estaba emocionada... más de lo normal.

No sólo por el día, sino por Esteban. Siempre sabía sorprenderme, siempre tenía los mejores regalos... y esta vez no sería la excepción.

[...]

Faltaba sólo una semana.

Hablaba con Manuel todos los días, pero no sabía cómo decirle lo de mi cumpleaños. Al final, lo solté sin más. Quería que, al menos, estuviera presente de alguna forma.

Nuestra relación iba muy bien.

Era atento.

Cariñoso.

Demasiado lindo.

Con Esteban también todo estaba bien. A veces se conectaba, hablaba con Manuel... y, para mi sorpresa, se llevaban bien.

Todo parecía estar en equilibrio.

Como siempre, Esteban iba a verme después del trabajo. Llegaba con dulces, comida... salíamos, reíamos, compartíamos con nuestros amigos.

El tiempo pasó rápido.

Demasiado.

Hasta que llegó el día.

Mi día.

Me levanté temprano, me arreglé y bajé a desayunar.

La mesa estaba llena de comida.

Mis padres y mi hermano comenzaron a cantarme cumpleaños.

No dejé de sonreír ni un segundo.

Después de comer, me senté en el sofá a esperar a Esteban. Me había prometido que saldríamos de compras.

Pasaron un par de horas. Leía los mensajes de Manuel, sonriendo como tonta...

Hasta que lo escuché llegar.

Esteban.

Elegante.

Como siempre.

Pidió permiso y nos fuimos.

La plaza estaba llena. Entramos a varias tiendas, pero nada me convencía...

Hasta que lo vi.

El vestido.

Negro.

Perfecto.

Fue amor a primera vista.

—Pruébatelo —dijo Esteban, notando mi cara.

No lo dudé.

Entré al vestidor y me lo puse. Salí emocionada.

—Bueno... dime la verdad —dije, girando un poco— ¿cómo me veo?

Esteban se quedó mirándome.

Demasiado.

—Te ves... increíble —dijo finalmente— en serio, estás preciosa.

Sonreí.

—¿Sí?

—Sí. Ni lo dudes —respondió— cámbiate... ese vestido es tuyo.

Y se fue directo a pagar.

Me cambié rápido y salí. Él estaba en la caja, pero parecía distraído.

—¿En qué piensas? —pregunté.

—En nada... te estaba esperando.

Le entregué el vestido al cajero.

Esperé mientras pagaba.

Cuando terminó...

—Gracias, en serio —dije, abrazándolo fuerte— eres el mejor.

—De nada... —respondió, algo pensativo.

—Me encantó... es perfecto. Y perdón si era caro...

—Oye —dijo, mirándome— nada es caro si es para ti.

Sonrió y me acarició la cabeza.

Sonreí también.

—Gracias... de verdad.

Lo abracé otra vez, rodeando su torso.

—Vamos —dijo— tu mamá me llamó, ya nos están esperando.

—¿En la casa?

—No. Vamos hacia donde están.

Tomó mi mano y empezamos a caminar.

Yo sólo podía pensar en una cosa.

Era feliz.

Muy feliz.

El vestido era hermoso...

Pero más que eso...

Me sentía afortunada.

De tener a Esteban.

Porque, sinceramente...

No creía que existiera alguien como él.

Llegamos a la moto. Esperé mientras la sacaba, luego me subí y rodeé su cintura con mis brazos.

Y nos fuimos.

Hacia donde estaban mis padres.

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