INICIAR SESIÓN"Cupido y la resaca de un beso fingido"
Mientras el eco de los aplausos y los silbidos de mis amigos comenzaba a disiparse por fin en el aire del Restaurante Acuario, yo seguía intentando convencer a mis pulmones de que el oxígeno seguía existiendo. Me dejé caer contra el respaldo de la silla, sintiendo que las mejillas me quemaban como si me hubieran frotado chile habanero.
—¡Te lo dije, te lo dije! —bramó Jav, celebrando su propia genialidad mientras levantaba su vaso de cerveza en señal de victoria—. ¡Eso no se puede fingir ni con un Óscar de la Academia! ¡Pura química desbordante, señores!
—No sé, la verdad —intervino Mateo, entrecerrando los ojos y escudriñando a Gabriel con la misma desconfianza con la que uno revisa un billete falso de cien dólares—. Sigo pensando que este tipo tiene toda la pinta de ser un actor contratado por hora. Hermano, con esa cara de modelo de pasarela y esa precisión para los melodramas románticos, dinos la verdad: ¿cuánto te está pagando Anne por esta obra de teatro?
—Yo opino lo mismo —se sumó Frank, negando con la cabeza y apuntando a Gabriel con un palillo de dientes—. Esto huele a montaje de agencia de talentos de alquiler. Anne no podría conseguir a alguien que no use sandalias con medias ni rezándole a todos los santos del calendario.
—¡Ay, ya cállense, par de envidiosos amargados! —saltó Manu de inmediato, golpeando la mesa para defenderme con esa lealtad ciega que lo caracterizaba—. ¡Déjenlos en paz! Mírenla, la pobre está roja de la pena y el amor. Anne se merece un buen hombre, y si este bombón apareció de la nada, ¡pues aplaudan y cállense la boca!
En shock de puro asco, terror psicológico y ganas de cometer un homicidio en masa, querrás decir, Manu, pensé para mis adentros, mientras le daba un trago tan furioso y desesperado a mi copa de vino blanco que por poco me ahogo con el borde de cristal.
Gabriel, por su parte, lucía tan relajado y satisfecho como un gato gordo que acaba de tragarse al canario. Pasó un brazo por encima de mis hombros, apretándome contra su costado con una posesividad fingida que me daba ganas de morderle el antebrazo hasta sacarle sangre.
—No soy ningún actor, chicos —respondió Gabriel con esa voz ronca, cínica y perfectamente calibrada para caerles bien a todos, menos a mí—. Lo que pasa es que Anne tiene un encanto... digamos que muy peculiar. Difícil de hallar, pero cuando lo encuentras, es un torbellino. ¿Verdad, mi amor?
—Un torbellino destructivo y lleno de veneno, cariño —le respondí con una sonrisa tan tensa que sentí que los pómulos se me iban a acalambrar, mientras por debajo del mantel le clavaba las uñas en el muslo con toda la fuerza de mi alma.
Gabriel ni se inmutó. Al contrario, su sonrisa se ensanchó todavía más, disfrutando visiblemente de mi sufrimiento interno.
—Me encanta cuando te pones cariñosa y violenta a la vez —susurró él pegado a mi oreja, tan bajo que solo yo pude escucharlo, antes de volver a sonreírle amablemente a mis amigos.
Fue en ese preciso instante cuando crucé miradas con Vicki. Mi querida Vicki. Mi compañera de piso, mi mejor amiga y la única cómplice en este planeta que sabía perfectamente que este sujeto era el mismo desconocido arrogante de Tinder al que yo quería asesinar veinticuatro horas atrás. Vicki no estaba aplaudiendo ni riendo como los demás; tenía los ojos abiertos como platos, mirándome con una mezcla de horror y diversión morbosa.
Disimuladamente, levantó su teléfono de la mesa y lo agitó un segundo antes de que mi propio celular vibrara en mi regazo.
Usando la única mano libre que Gabriel no me tenía secuestrada bajo el brazo, desbloqueé la pantalla a ciegos por debajo del mantel.
~Vicki: ¡¿ES EL DE TINDER?! ¡¿El imbécil con el que ibas a pelearte a golpes?!
~Anne: ¡ES ÉL! ¡Me tiene secuestrada emocionalmente!
~Vicki: ¡¿Y por qué te dejaste tragar la boca de esa forma tan cinematográfica?! ¡Casi desmayas a Jav de la emoción!
~Anne: ¡PORQUE ME ESTÁ CHANTAJEANDO, ESTúpida! Si no le sigo el juego, les dirá la verdad a todos. ¡El beso fue un asalto a mano armada!
~Vicki: Pues para ser un asalto, amiga, el ladrón tiene muy buenos labios... Mateo sigue creyendo que es prepago de lujo. ¿Quieres que llame a la policía o a los bomberos?
Antes de que pudiera teclearle una respuesta llena de insultos a Vicki, Gabriel me arrebató el teléfono de las manos con la agilidad felina de un carterista profesional y lo dejó boca abajo sobre la mesa, fuera de mi alcance.
—Nada de redes sociales ni distracciones en la mesa, mi vida. Prometiste que esta noche era exclusivamente para nosotros y tus maravillosos amigos —dijo él en voz alta, sonando tan malditamente empalagoso que me dio un pico de acidez estomacal instantáneo. Luego, se inclinó un milímetro hacia mí y siseó entre dientes—: Deja de chatear con tu cómplice, "nena". El espectáculo continúa.
—Te juro que voy a envenenar tu café con cloro en cuanto tengamos oportunidad —le susurré de vuelta con una sonrisa de oreja a oreja, fingiendo que le decía algo sumamente tierno.
—No consumo nada que no prepare yo mismo, preciosa. Mala suerte —replicó él con total frescura, antes de depositar un beso rápido en mi mejilla que hizo que Manu volviera a suspirar enternecido.
Quería llorar. Mi dignidad estaba cavando su propia fosa séptica en ese preciso instante.
—Oigan, pero ya hablando en serio —intervino Mateo, rindiéndose con sus teorías de conspiración sobre la agencia de actores y cruzándose de brazos—. Sea como sea, la verdad es que al menos te ves con menos cara de amargada social, Anne. Hacía años que no te veíamos tan... controlada por alguien.
Gabriel carraspeó con elegancia, llamando de nuevo la atención absoluta de toda la mesa de la Zona Rosa.
—Me alegra mucho oír eso, de verdad —dijo Gabriel, adoptando un tono de falsa modestia que me hizo tensar hasta las pestañas—. Y me encantaría quedarme toda la noche escuchando cómo debaten sobre mi origen, pero lamentablemente, Anne y yo tenemos que retirarnos temprano.
—¿Qué? ¿Tan rápido? —protestó Frank, haciendo un puchero—. ¡Pero si apenas vamos por los postres y todavía no sabemos cómo lograste domesticar a la fiera!
Gabriel apretó con más fuerza su agarre en mi cintura, clavándome los dedos lo suficiente como para recordarme quién mandaba en ese juego sucio.
—Es una lástima, lo sé. Pero es que mañana a primera hora tomamos un vuelo internacional. Me llevo a Anne a Inglaterra —soltó la bomba con total naturalidad, como si estuviera anunciando un simple viaje al supermercado de la esquina.
El silencio que cayó sobre la mesa fue tan pesado que se oyó perfectamente el crujido de un cubierto chocando contra un plato en la mesa de al lado. Mateo dejó caer la servilleta. Jav se quedó con la boca abierta a medio tragar la bebida. Manu abrió los ojos desmesuradamente.
Y Vicki... Vicki me miró con puro terror, sabiendo perfectamente lo que ese viaje implicaba para mí.
—¡¿INGLATERRA?! —gritaron los cuatro chicos al mismo tiempo, escandalizados y alterados.
—Así es —confirmó Gabriel, esbozando una sonrisa de suficiencia que rozaba la psicopatía pura—. Tengo asuntos familiares de suma importancia que atender allá, y por supuesto, no podía viajar sin la mujer que me ha robado el sueño. ¿Verdad, mi amor?
Miré a mis amigos, luego a Vicki, y finalmente a Gabriel. Su mirada oscura y calculadora me desafiaba abiertamente a contradecirlo frente a todos, sabiendo que tenía la sartén por el mango.
Tragué saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta amenazaba con asfixiarme, y forcé una sonrisa tan falsa que dolía.
—Sí... —articulé con un sarcasmo interno que casi me quema los labios—. Qué... qué emoción tan grande. Tomaremos el té con la realeza británica y todo. Mi más húmedo y anhelado sueño hecho realidad.
Gabriel se inclinó despacio, rozando peligrosamente su nariz con la mía frente a la mirada atónita de todos, y me susurró al oído con una frialdad glacial:
—Bien interpretada tu línea dramática, "nena". Ahora ve preparando tus maletas, porque el verdadero infierno apenas va a despegar
"Cupido, empaca tus maletas y vete al infierno"Eran exactamente las 5:00 a.m. del domingo cuando mi habitación parecía haber sido arrasada por un tornado categoría cinco. Lanzaba ropa interior, calcetines desparejados y tres pares de zapatos totalmente innecesarios dentro de una maleta mal afortunada, mientras maldecía en voz alta a todos los antepasados de Gabriel Wagner hasta la quinta generación.—Relájate, Anne. Solo vas a un secuestro internacional exprés con un idiota engreído que te odia tanto como tú a él. No es como si te fuera a dar un infarto —se burló Vicki, apoyada perezosamente en el marco de la puerta mientras soplaba con calma la espuma de su taza de café matutino.—¡Cállate, Vicki! ¡Tú no eres la que va a cruzar el Atlántico convertida en el peón de un sociópata con delirios de grandeza! —le grité, arrojando mi cárdigan de Lana Del Rey que rebotó patéticamente contra el borde de la maleta—. ¡Me avisó anoche en medio de una cena fingiendo demencia frente a todos nuest
"Cupido y la resaca de un beso fingido"Mientras el eco de los aplausos y los silbidos de mis amigos comenzaba a disiparse por fin en el aire del Restaurante Acuario, yo seguía intentando convencer a mis pulmones de que el oxígeno seguía existiendo. Me dejé caer contra el respaldo de la silla, sintiendo que las mejillas me quemaban como si me hubieran frotado chile habanero.—¡Te lo dije, te lo dije! —bramó Jav, celebrando su propia genialidad mientras levantaba su vaso de cerveza en señal de victoria—. ¡Eso no se puede fingir ni con un Óscar de la Academia! ¡Pura química desbordante, señores!—No sé, la verdad —intervino Mateo, entrecerrando los ojos y escudriñando a Gabriel con la misma desconfianza con la que uno revisa un billete falso de cien dólares—. Sigo pensando que este tipo tiene toda la pinta de ser un actor contratado por hora. Hermano, con esa cara de modelo de pasarela y esa precisión para los melodramas románticos, dinos la verdad: ¿cuánto te está pagando Anne por esta
"Cupido y mis amigos metiches"El bullicio del Restaurante Acuario era una mezcla ensordecedora de cubiertos chocando contra la porcelana, risas estridentes y ese característico olor a mariscos fritos que, en condiciones normales de glicemia y paz mental, me habría abierto un apetito voraz. Pero esa noche, con el estómago completamente encogido en un nudo de puro pánico escénico y rabia contenida tras el numerito en el auto, lo único que sentía ganas de hacer era correr hacia el baño más cercano y encerrarme a llorar hasta el próximo siglo.Gabriel, con esa calma insultante y cínica que parecía venir integrada en su ADN de manipulador profesional, me ofreció el brazo justo antes de cruzar la imponente puerta de cristal. Lo miré con desprecio puro, entornando los ojos.—Ni creas por un segundo que te voy a tomar del brazo como si fuéramos una feliz y enamorada parejita de revista, Gabriel —le susurré entre dientes, ajustándome la correa del bolso con los nudillos blancos de la tensión.
"Cupido y otras formas elegantes de secuestro"La semana previa pasó zumbando frente a mis ojos como un suspiro largo y cargado de pánico, dudas existenciales y una ansiedad tan pura que me impedía dormir más de tres horas seguidas por las noches. Entre el acoso sutil pero constante del grupo Zona Rosa en el chat grupal —preguntando emocionados cada detalle de mi supuesta y flamante relación amorosa— y las ganas intensas, incontrolables y profundamente reprimidas que tenía de estrangular a Gabriel mental y físicamente, el sábado llegó mucho más rápido de lo que mi frágil salud mental podía tolerar.Eran exactamente las 7:55 p.m. en punto cuando el timbre de la puerta principal de mi casa sonó con una puntualidad insultante que parecía un recordatorio mecánico de que mi condena social y personal había comenzado oficialmente hoy.Abrí la puerta de un tirón seco y allí estaba él, plantado en el porche de entrada como si fuera el mismísimo dueño del universo entero. Gabriel llevaba una ca
"Cupido me odia (y este idiota también)"Eran exactamente las 2:55 p.m. del día siguiente cuando empujé la puerta de cristal de la cafetería Tío Rico con tanta fuerza que el timbre sonó como una campanada de advertencia apocalíptica. Mi ritmo cardíaco competía directamente con el de una maratón olímpica, y no precisamente por una pizca de romanticismo o ilusión, sino por las ganas inmensas y reprimidas que tenía de cruzarle la cara a bofetadas al imbécil con el que había chateado la noche anterior. ¿En qué momento exacto mi vida se había convertido en un chiste de mal gusto?Elegí una mesa solitaria justo al lado de la ventana que daba a la calle, me crucé de brazos con fuerza y puse mi mejor cara de pocos amigos, esa que usaba cuando alguien intentaba colarse en la fila del supermercado.Diez minutos tarde apareció él. Entró con una tranquilidad desesperante, como si el mundo entero girara a su ritmo y a nadie le importara. Vestía una sudadera negra de marca, el cabello ligeramente a
"Ayúdame, Cupido".El zumbido constante de mi teléfono sobre la mesa de noche no paraba. Era el grupo de WhatsApp de amigos, Zona Rosa, que a estas alturas parecía más una corte de inquisición dispuesta a quemarme en la hoguera de la soltería. El grupo estaba completamente enloquecido, soltando notificaciones como si hubiera estallado la tercera guerra mundial.~Manu: Anne, necesito que lleves a alguien a la doble cita del sábado. Sí o sí. No acepto un "no" por respuesta.~Jav: Por Dios, estamos perdidos. Anne lleva milenios soltera. Literalmente, es un fósil viviente en el amor.~Mateo: Es más probable que nos caiga un meteorito el sábado en la cabeza que Anne consiga una cita real.~Frank: Amigues, tengan un poco de fe. ¿Verdad, Anne? Sal del escondite y danos señales de vida.Demonios. Absolutamente todos en el grupo estaban emparejados. Menos yo. Yo era la excepción a la regla, el adorno solitario en la repisa, la tía solterona del grupo a mis veintitantos años. A veces creía firm







