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Capítulo 3

Autor: Jasmine Flower
Roman no regresó a la finca hasta después de medianoche, en la víspera de la boda.

Yo estaba arrodillada en el suelo de mi habitación, envolviendo la fotografía de boda de mis padres con una tela suave, cuando el olor a quemado volvió a aparecer.

Mi mano derecha comenzó a temblar antes de que pudiera alcanzar la medicación y el vaso se deslizó entre mis dedos.

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas cedieron y golpeé el borde de la cama.

Cuando la habitación volvió a enfocarse, Roman había derribado la puerta de una patada y estaba arrodillado a mi lado.

—Mara, mírame —dijo, sosteniendo la parte posterior de mi cuello, con el pánico volviendo áspera una voz que no había mostrado ninguna emoción hacia mí en meses.

Me había mordido el costado de la lengua. La sangre me calentaba la comisura de los labios, y varias pastillas anticonvulsivas estaban esparcidas entre los vidrios rotos.

La etiqueta de la receta estaba boca abajo, por lo que, si él volteaba el frasco, la mentira terminaría.

Me adelanté, como pude, lo tomé antes de que él pudiera siquiera reaccionar y lo metí en el estuche médico debajo de la cama.

—Fue una migraña. Me levanté demasiado rápido.

El rostro de Roman se congestionó de inmediato.

—¿Así que elegiste la noche antes de mi boda para desmayarte frente a mí?

Sus palabras fueron tranquilas. Y, de alguna manera, eso las hizo aún más crueles.

Había visto lo débil que estaba. Pero, simplemente, prefería creer que era otra actuación desesperada para detenerlo.

—Sí. —Me limpié la sangre del labio—. Derramé jugo de granada y rompí un vaso. Lo siento por la alfombra.

La mandíbula de Roman se tensó mientras miraba alrededor de la habitación casi vacía. Su mirada se detuvo en la pared diáfana donde antes estaban mis fotografías.

—¿Dónde está todo?

—Lo doné —respondí.

—¿Por qué?

—Te vas a casar. La finca tendrá una nueva mujer encargándose de ella. Mantener mi habitación como un mausoleo sería extraño.

—¿Quién te dio permiso para decidir qué se queda en mi casa? —preguntó, levantándose de golpe.

Su enojo no tenía sentido. Después de todo, era él quien me había ordenado construir una vida aparte. Él era quien me había recordado, una vez tras otra, que no cruzara esa línea.

—Está bien. No decidiré nada —contesté, colocando el último marco en el interior de mi maleta—. Espero que tú y Sienna sean felices, y espero que la familia DeLuca nunca vuelva a tener otra debilidad.

Una tormenta apareció detrás de sus ojos grises.

—¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

—No. Gracias.

Esas dos palabras lo golpearon más fuerte que cualquier acusación.

Pasé a su lado y entré al baño.

Cuando la puerta se cerró, creí escuchar que decía mi nombre, pero su voz era demasiado débil para saber si era real o solo otro engaño de mi mente.

Al amanecer, enormes Cadillac Escalade negros llenaban la entrada circular. Jefes de familia, senadores del estado, banqueros y abogados pasaban, uno tras otro, pasaban por detectores de metal mientras helicópteros de noticias sobrevolaban el Hudson, esperando capturar la boda que uniría el poder de los DeLuca y los Caruso.

Me puse un abrigo de cachemira gris y coloqué el estuche médico junto a mis pies.

Roman apareció afuera de mi habitación con un esmoquin negro. Cada detalle, desde el cuello hasta los gemelos, era perfecto. Pero, la sombra bajo sus ojos evidenciaban que no había dormido.

Su mirada pasó de mi abrigo a mi equipaje, y frunció el ceño.

—¿Vas a ir a la iglesia vestida así?

—Yo...

La voz de Luca subió desde abajo:

—Don, los autos Caruso ya llegaron.

Roman no se movió, sino que sus ojos se fijaron en el sello del hospital suizo de mi estuche.

Durante un segundo peligroso, pensé que estaba a punto de entender, por lo que me apresuré a cubrirlo con el abrigo.

—Cámbiate de ropa —ordenó—. Viajarás conmigo.

Asentí.

Cuando se dio la vuelta, articulé con mis labios sin emitir sonido:

«Adiós, Roman.»

Diez minutos después de que el convoy partiera, subí al Town Car negro que había reservado.

Las enormes pantallas a lo largo de la autopista hacia el JFK transmitían la boda en directo.

La cámara recorrió el techo de la iglesia y mi respiración se detuvo.

Miles de anémonas de invierno colgaban bajo la cúpula de cristal. En el centro del altar, sobre un cojín para anillos descansaba un diamante ovalado color miel.

Era la boda que le había descrito. Hasta en el más mínimo detalle. Solo que yo no era la novia.

Apagué la pantalla.

Cuando comenzó el embarque, aparecieron tres mensajes de Elias.

«Le di las escrituras a Roman.»

«Vio tu autorización médica. No pude seguir mintiéndole.»

«Mara, él sabe lo que estás planeando.»

Un segundo después, el nombre de Roman llenó la pantalla.

Rechacé la llamada, pero, un segundo después, recibí una notificación de un mensaje de voz.

Lo abrí:

«Mara, no subas a ese avión. No me casé con ella.»
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