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CAPÍTULO 24: LA CAÍDA DE LAS MÁSCARAS

Penulis: Cachetona
last update Tanggal publikasi: 2026-09-16 16:58:06

El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un silencio denso y expectante. En el asiento del copiloto, Dariana sostenía entre sus manos la carpeta que contenía las pruebas irrefutables de la traición de su hermana. Las copias de las guías de mensajería privada, los registros de fechas y los testimonios firmados por el exasistente de su padre pesaban en su regazo como una sentencia. Ya no había espacio para las vacilaciones ni para el temor al rechazo. El dolor por la trampa que Angéli
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    —No digas nada, Duvan —lo cortó Dariana, colocándose a un par de metros de él y encarando directamente a Angélica—. Durante meses permití que esta familia me tratara como a una criminal. Dejé que me humillaran, que me encerraran en un matrimonio de hielo y que me culparan de la huida de Jesús. Todo porque tú, mi propia hermana, decidiste sembrar el veneno desde la sombra. —¡Estás loca! —gritó Angélica, dando un paso atrás mientras la copa de té le temblaba en la mano—. ¡Estás inventando todo para que Duvan no te deje! —Aquí están las pruebas, Angélica —dijo Dariana con una calma helada, abriendo la carpeta de cuero y sacando las fotocopias oficiales—. La guía de envío confidencial del servicio de mensajería privada que salió del despacho de nuestro padre cuatro días antes de la huida de Jesús. La firma de entrega no es de mi papá, ni es mía. Es tu firma. Tú misma mandaste la carta falsificada a esta casa para asegurarte de que Jesús la recibiera antes de irse. Dariana lanzó los

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    El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un silencio denso y expectante. En el asiento del copiloto, Dariana sostenía entre sus manos la carpeta que contenía las pruebas irrefutables de la traición de su hermana. Las copias de las guías de mensajería privada, los registros de fechas y los testimonios firmados por el exasistente de su padre pesaban en su regazo como una sentencia. Ya no había espacio para las vacilaciones ni para el temor al rechazo. El dolor por la trampa que Angélica le había tendido se había transformado en un acero frío y firme que fortalecía su espíritu. Bracksy detuvo el automóvil frente a las rejas de hierro de la residencia. Giró sobre su asiento y miró a su amiga con una mezcla de orgullo y profunda preocupación. —¿Estás segura de que quieres hacer esto sola, Dariana? —preguntó Bracksy, apretando suavemente el volante—. Puedo acompañarte adentro si quieres. No confío en esa gente ni en la reacción de tu esposo cuando vea que se cayó su teatro.

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    —No se trata de manipulaciones, papá —replicó Duvan, alzando la voz con un matiz de desesperación—. Se trata de que nunca nos molestamos en verificar si esta carta realmente la escribió ella. Dimos por hecho que era culpable porque era lo más fácil. Angélica estuvo en esta casa tres veces en la semana en que Jesús se fue. Estuvo aquí, a solas, con acceso a la correspondencia y al despacho. Joaquín se quedó inmóvil por un segundo, pero rápidamente frunció el ceño con terquedad. —¡Eso es una tontería! Angélica solo venía a traer los recados de su familia. Era una joven educada que se preocupaba por nosotros. No vas a venir a culpar a la hermana solo para librar de culpa a la esposa que elegiste. —¡No estoy librando a nadie, papá! —estalló Duvan, cerrando la caja fuerte de un portazo metálico—. ¡Estoy tratando de averiguar la verdad! Si nosotros cometimos el error de juzgar a la persona equivocada, si encerramos a una mujer inocente en esta casa para hacerla pagar por el crimen de

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    El motor del automóvil de Duvan rugió con fuerza al ingresar al camino de entrada de la residencia. Dejó el vehículo estacionado de manera descuadrada frente a la escalinata principal, descendiendo con pasos rápidos y la mandíbula apretada. La conversación con Dariana, sumada a las fechas en los registros de seguridad y la frialdad con la que había apartado a Melissa, habían desencadenado en su interior una tormenta que no podía contener ni un minuto más. Al cruzar el vestíbulo, se encontró con Genoveva, quien llevaba un paño de limpieza entre las manos. La mujer alzó la vista, sorprendida de ver a su patrón a mitad de la tarde y con un semblante tan desencajado. —Señor Duvan... no lo esperaba a esta hora —dijo Genoveva con voz cautelosa—. Sus padres están en el salón de té y la señora Dariana aún no ha regresado. —Genoveva, ¿dónde está la llave del despacho de mi padre? —interrumpió Duvan con un tono seco y directo, ignorando cualquier formalidad. Genoveva parpadeó, notando

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    El automóvil de Bracksy cortaba la niebla matutina a velocidad constante. En el asiento del copiloto, Dariana mantenía la mirada fija en el paisaje urbano que se desdibujaba a través del cristal húmedo. El encuentro con Duvan en el vestíbulo y su inesperada confesión sobre los registros de visita seguían resonando en su cabeza. Saber que su esposo había comenzado a dudar no le producía una satisfacción inmediata; en su lugar, dejaba una sensación agridulce, un recordatorio penoso de todo el dolor inútil que se habrían ahorrado si él hubiese escuchado la razón desde el primer momento. —Estás muy callada, Dariana —comentó Bracksy sin apartar los ojos de la avenida—. ¿Qué fue lo que pasó antes de que subieras al auto? Te vi salir con una cara que no sé si es de triunfo o de espanto. Dariana dejó escapar un largo suspiro y se acomodó en el asiento. —Duvan frenó a Melissa frente a mí —explicó con voz pausada—. La corrió de la casa y le dejó claro que no tiene nada que hacer allí. Y l

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    —No necesito que me hagas ningún favor en mi casa —sentenció Duvan, dando un paso hacia el centro del vestíbulo y colocándose, de manera inconsciente, al lado de Dariana—. Te pido que te retires. De ahora en adelante, cualquier asunto relacionado con la empresa o la gala lo tratarás en la oficina y en horario laboral. Dariana miró a su esposo de reojo, sorprendida por la contundencia de su respuesta. Era la primera vez que Duvan le ponía un alto explícito a Melissa en su presencia. Melissa apretó los labios con furia disimulada, sintiendo la humillación de ser corrida de la residencia. Se colocó los lentes oscuros con brusquedad, miró a Dariana con odio puro y dio media vuelta, haciendo resonar sus tacones con fuerza mientras abandonaba la propiedad. El silencio que siguió a la salida de Melissa fue denso y cargado de un nuevo tipo de electricidad. Dariana acomodó la correa de su bolso sobre el hombro, dispuesta a continuar su camino hacia la salida, pero la voz de Duvan la de

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