LOGINAtada a tu venganza Dariana caminó hacia el altar convencida de que cumplía el sueño de su vida al unirse al hombre que siempre amó. Lo que no imaginaba era que para Duvan esa boda no representaba una promesa, sino un frío plan de castigo. Destrozado por la huida de su hermano Jesús tras recibir una categórica carta de rechazo, Duvan culpa injustamente a Dariana de haber roto a su familia. Para vengarse, la atrapa en un matrimonio de hielo donde la indiferencia y los desprecios son la norma cotidiana. En la imponente mansión, Dariana intenta ganarse a su esposo con paciencia y detalles nobles, pero solo encuentra el rechazo violento de Duvan y la hostilidad de sus suegros. La situación empeora con las intromisiones de Melissa, la ex de Duvan, quien se encarga de enviarle mensajes y pruebas manipuladas para hacerle creer que la infidelidad continúa. En medio de esta tormenta, solo el cariño de las empleadas y el refugio de sus padres mantienen en pie a la joven. Sin embargo, el dolor empuja a Dariana a fijar sus límites. La reaparición de Rider, un antiguo pretendiente universitario que la trata con devoción, desata en Duvan una tormenta de celos incontrolables. Al mismo tiempo, la presencia incondicional de Bracksy, su fiel amiga, le da a Dariana el valor necesario para tomar una decisión drástica: abandonar el país y romper con el infierno en el que vive. Cuando la casa queda vacía y las mentiras de Angélica —la verdadera responsable de la huida de Jesús— salen a la luz, Duvan descubre su terrible error. Destrozado al darse cuenta de que siempre estuvo enamorado de su esposa, iniciará una incansable búsqueda al otro lado del mundo para pedir perdón, redimirse y luchar por un amor puro.
View MoreEl eco de los aplausos aún resonaba en el enorme vestíbulo del salón de fiestas, pero para Dariana todo ese ruido se sentía como si ocurriera bajo el agua.
Se encontraba de pie frente al gran espejo de cuerpo entero en la habitación de descanso de la residencia principal, observando su propio reflejo con el corazón latiéndole desbocado contra las varillas del corsé. Su vestido de novia, una obra maestra de seda blanca y encajes intrincados, caía con elegancia a lo largo de su figura. Era la imagen exacta del día con el que había soñado desde que era una jovencita: el día en que uniría su vida a la del hombre que amaba en secreto con cada fibra de su ser. Se tocó con yemas temblorosas el fino velo que le cubría el rostro. Toda su vida había guardado ese sentimiento en silencio, esperando pacientemente el momento en que Duvan volteara a mirarla con la misma devoción que ella le profesaba. Cuando él le propuso matrimonio unos meses atrás, el mundo de Dariana pareció iluminarse por completo. Había creído, con la inocencia de quien ama sin reservas, que las oraciones de sus noches más solitarias finalmente habían sido escuchadas. Sin embargo, la ceremonia civil y religiosa que acababa de concluir no se pareció en nada a un cuento de fadas. A través del reflejo, la puerta del vestidor se abrió de golpe, interrumpiendo abruptamente sus pensamientos. La figura alta y elegante de Duvan apareció en el marco. Llevaba el traje de etiqueta impecable, las líneas de sus hombros perfectamente marcadas y la corbata de seda negra ligeramente ajustada al cuello. Era indiscutiblemente atractivo, poseía esa belleza firme y varonil que siempre le robaba el aliento a Dariana, pero sus ojos oscuros carecían por completo de calidez. No había en ellos ni una sola chispa de alegría, ni el menor rastro de ternura hacia la mujer que acababa de convertirse en su esposa ante la ley y ante Dios. —¿Cuánto más piensas tardar ahí dentro? —preguntó Duvan con una voz seca, rasposa y carente de emoción—. El carruaje que nos llevará a la residencia está esperando abajo. No tengo ningún interés en seguir sonriéndole a los fotógrafos ni en fingir que esta fiesta me importa un solo segundo más. Dariana se giró lentamente hacia él, intentando esbozar una sonrisa comprensiva para suavizar la aspereza de sus palabras. Dio un paso en su dirección, rozando la falda de su vestido contra el suelo pulido. —Lo siento, Duvan. Solo estaba... intentando asimilar todo esto. Es un día muy importante para nosotros —murmuró ella con dulzura, extendiendo una mano temblorosa hacia el brazo de su esposo en un intento instintivo por buscar su contacto—. Sé que has estado cansado con la organización, pero prometo que haré todo lo que esté en mis manos para que seas muy feliz a mi lado. Antes de que los dedos de Dariana pudieran tocar la tela de su saco, Duvan dio un paso atrás con brusquedad, esquivando el gesto afectuoso como si la mano de ella fuera a quemarle la piel. Dariana sintió un pinchazo helado en el pecho al ver la mirada de rechazo directo en el rostro de su marido. —No te confundas, Dariana —dijo Duvan, bajando el tono de voz a un susurro gélido que retumbó en las paredes de la habitación—. No te vistas de inocente ni actúes como si este matrimonio fuera un cuento de amor. Sé muy bien quién eres y sé perfectamente por qué estamos aquí. No necesito tus promesas ni tus gestos afectuosos. Guarda tus atenciones para quien de verdad las crea. Dariana dio un paso en falso, descolocada por la crudeza de la respuesta. Abrió los labios para preguntar qué significaban esas palabras, pero la mirada de Duvan era una muralla insuperable. Se dio cuenta de que la distancia entre ellos no era una cuestión de cansancio o nerviosismo por la boda; era un abismo construido con intención. —Duvan... no entiendo por qué me hablas así —alcanzó a decir ella con un hilo de voz, apretando las manos frente a su cintura para disimular el temblor de sus dedos—. Si he hecho algo que te moleste... —Ahorrate las explicaciones —la cortó él de tajo, girándose sobre sus talones hacia la salida—. Tenemos un coche esperando. Mis padres ya se han ido a la casa para recibirnos y no pienso hacerlos esperar más tiempo por tus caprichos. Camina. Duvan salió a paso firme hacia el pasillo, sin voltear a ver si ella lo seguía. Dariana se quedó sola por unos segundos en medio del vestidor, tragándose el nudo sofocante que le quemaba la garganta. Respiró hondo, ajustó la cola de su vestido y caminó con la cabeza en alto hacia el pasillo iluminado. No iba a permitirse llorar en la noche de su boda. Se repetía a sí misma que Duvan estaba pasando por un momento familiar difícil, que el dolor por la ausencia de su hermano Jesús lo mantenía tenso y distante, y que con suficiente paciencia, amor y atenciones, lograría derretir el hielo que cubría el corazón de su esposo. Al bajar las escaleras del recinto, los padres de Dariana, Antonio y Mercedes, la esperaban junto a la puerta principal. Mercedes, con el rostro iluminado por la emoción y los ojos ligeramente empañados por las lágrimas de una madre que despide a su hija, la envolvió en un abrazo cálido y protector. —Mi niña hermosa... te ves radiante —susurró Mercedes en su oído, acariciándole la espalda con una ternura infinita—. Le pido a Dios que esta nueva etapa esté llena de bendiciones para ti. Recuerda que no importa lo que pase, tu padre y yo siempre seremos tu refugio seguro. Esta casa siempre tendrá las puertas abiertas para ti. Antonio se acercó también, tomando las manos de Dariana entre las suyas con la firmeza paternal de quien intuye el peso de los días por venir. Miró a su hija con profundo orgullo y leve preocupación. —Sé la mujer fuerte y noble que siempre has sido, mi pequeña. No permitas que nada borre esa luz que tienes en los ojos —le dijo Antonio con voz grave, besándole la frente con devoción. Dariana abrazó a sus padres con fuerza, aferrándose por unos segundos a la calidez y seguridad que solo ellos sabían transmitirle. Era el único consuelo en medio de la atmósfera cargada que rodeaba su compromiso. Un par de metros más allá, cruzada de brazos y con una sonrisa dibujada a medias que no llegaba a sus ojos, su hermana Angélica observaba la escena. En la mirada de Angélica no había alegría sincera, sino una chispa calculadora de satisfacción. Sabía perfectamente el secreto que pesaba sobre los hombros de Duvan y la razón oculta por la cual la boda se había llevado a cabo con tanta prisa, un secreto que guardaba celosamente para su propio beneficio. Duvan se mantenía al margen, junto a la puerta abierta del auto de lujo que los transportaría a su nuevo hogar. Miraba su reloj de pulsera con evidente impaciencia, ignorando por completo las despedidas de la familia de su esposa. —Es hora de irnos —anunció Duvan con tono tajante desde el exterior, marcando el final definitivo de la celebración. Dariana soltó suavemente las manos de sus padres, les dedicó una última mirada cargada de amor y caminó hacia el vehículo. Subió al asiento trasero, acomodando el tul y la seda sobre el cuero oscuro del automóvil. Duvan abordó inmediatamente después por la puerta opuesta, dejando entre ellos un espacio vacío que parecía representar una frontera infranqueable. El chofer cerró la portezuela con un golpe seco que resonó en el silencio de la noche. El auto avanzó lentamente, dejando atrás las luces encendidas del salón de recepciones y adentrándose en la penumbra de las calles de la ciudad. Mientras el vehículo tomaba velocidad, Dariana miró por la ventanilla las sombras de los árboles pasar. A su lado, Duvan sacó su teléfono móvil del bolsillo del saco. Su rostro, iluminado únicamente por el resplandor de la pantalla, mostró por primera vez en toda la noche una expresión distinta: una sombra de amargura mezclada con una profunda tristeza. Dariana alcanzó a ver de reojo que su esposo abría una fotografía guardada en el dispositivo. En la imagen aparecía un joven de rasgos familiares sonriendo hacia la cámara. Era Jesús, su hermano menor, el joven que se había marchado de la ciudad meses atrás sin dejar rastro tras recibir aquella misteriosa y categórica carta de rechazo. Duvan apretó el teléfono entre sus dedos con una fuerza tal que los nudillos se le pusieron blancos. La sola memoria de su hermano ausente encendió de nuevo la chispa del rencor que guardaba en el pecho. Miró fijamente a Dariana por un segundo a través del espejo retrovisor, reafirmando para sí mismo la promesa silenciosa que se había hecho el día que le propuso matrimonio: convertiría la vida de esa mujer en un castigo constante por haber destrozado a su familia. Dariana mantuvo la vista fija en el exterior, ignorando que la residencia a la que se dirigían no sería el hogar de ensueño que había imaginado, sino una jaula de cristal donde tendría que luchar sola contra el desprecio, las sombras del pasado y la venganza incomprensible del hombre que tanto amaba.—No necesito que me hagas ningún favor en mi casa —sentenció Duvan, dando un paso hacia el centro del vestíbulo y colocándose, de manera inconsciente, al lado de Dariana—. Te pido que te retires. De ahora en adelante, cualquier asunto relacionado con la empresa o la gala lo tratarás en la oficina y en horario laboral. Dariana miró a su esposo de reojo, sorprendida por la contundencia de su respuesta. Era la primera vez que Duvan le ponía un alto explícito a Melissa en su presencia. Melissa apretó los labios con furia disimulada, sintiendo la humillación de ser corrida de la residencia. Se colocó los lentes oscuros con brusquedad, miró a Dariana con odio puro y dio media vuelta, haciendo resonar sus tacones con fuerza mientras abandonaba la propiedad. El silencio que siguió a la salida de Melissa fue denso y cargado de un nuevo tipo de electricidad. Dariana acomodó la correa de su bolso sobre el hombro, dispuesta a continuar su camino hacia la salida, pero la voz de Duvan la de
La mañana amaneció nublada, extendiendo sobre la ciudad una niebla espesa que tardaba en disiparse. Dentro de la residencia, la tensión acumulada tras las palabras de Dariana sobre Angélica continuaba flotando en el aire. Duvan había salido de la casa mucho antes de lo habitual, pero no para ir directamente a la empresa. La duda sembrada por su esposa le había impedido conciliar el sueño en toda la noche, y un impulso involuntario lo llevó a revisar, por primera vez en meses, los viejos registros de entrada de la urbanización. Al comprobar que las fechas de las visitas de Angélica coincidían de manera alarmante con los días previos a la desaparición de Jesús, un frío helado le recorrió la espalda. Mientras tanto, en la casa, Dariana ultimaba los detalles para salir. Había recibido un mensaje urgente de Bracksy: una pista clave sobre la papelería original de su casa de la infancia acababa de salir a la luz en la antigua oficina de su padre. Antes de que Dariana pudiera cruzar la puer
murmuró Duvan con tono sombrío, dando un paso hacia ella—. Desde que hablas con ella, tu actitud ha cambiado. —Mi actitud cambió el día que me di cuenta de que mi inocencia no te importa —contestó Dariana sin dar un solo paso atrás—. Te conviene creerme culpable porque es más fácil odiarme a mí que buscar al verdadero responsable de la huida de tu hermano. Te resulta muy cómodo victimizarte y castigarme, Duvan, porque así no tienes que enfrentar el hecho de que dejaste que una mentira destruyera tu vida y la mía. El rostro de Duvan se ensombreció. El tema de Jesús seguía siendo una herida abierta y sangrante que rechazaba cualquier intento de confrontación. —¡Tú no sabes nada de lo que pasó con Jesús! —exclamó Duvan, alzando la voz mientras la rabia volvía a encenderse en su mirada—. La carta estaba ahí, Dariana. Firmada por ti, con tu letra, rechazándolo sin piedad. ¿Cómo pretendes que ignore una prueba tan clara? —¡Porque las pruebas se pueden manipular! —exclamó Dariana por
La noche cayó de golpe sobre la ciudad, acompañada por un viento helado que mecía las ramas de los viejos árboles del jardín. Tras la partida de Melissa y el ambiente tenso que había quedado en la terraza, la residencia se sumió en un silencio pesado. Dariana no bajó a cenar. Prefirió quedarse en la planta alta, organizando sus pertenencias con una parsimonia casi metódica que le servía para calmar la turbulencia de sus pensamientos. Sentada ante el escritorio de madera oscura de la recámara, Dariana releía las notas que había tomado durante sus breves llamadas con Bracksy. Su amiga había comenzado a mover sus contactos para rastrear las fechas exactas en que Angélica había visitado la casa de la familia antes de la huida de Jesús. Aunque las piezas aún estaban dispersas, la mera posibilidad de encontrar un hilo del cual tirar le daba a Dariana una fuerza que no sabía que poseía. Un crujido leve en el pasillo anunció la llegada de Duvan. Dariana no se giró. Escuchó el sonido de la p












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