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CAPÍTULO 43: FUEGO Y CENIZAS

Author: Cachetona
last update publish date: 2026-09-22 22:48:50

Las ocho de la noche marcaron el inicio de una velada imborrable para Dariana. Rider la llevó a una pequeña terraza gastronómica en la zona colonial de la ciudad, un rincón envuelto por plantas colgantes, luces cálidas y música de cuerda suave. No hubo lujos desmedidos ni ostentaciones vacías; todo en el ambiente estaba pensado para la comodidad y la tranquilidad.

Durante la cena, Dariana descubrió facetas de Rider que reafirmaban su caballerosidad. Hablaron de sus autores favoritos, de los r
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    El transcurso de un mes trajo consigo una frescura inédita a la vida de Dariana. Las mañanas en el distrito universitario ya no comenzaban con la punzada de ansiedad que solía oprimirle el pecho en el pasado, ni con el temor involuntario de ver aparecer un vehículo blindado o a un emisario de la corporación en la acera. La calma que respiraba al abrir la puerta de cristal de su estudio era absoluta, asentada sobre la certeza de que cada milímetro de su presente lo había construido con su propia dignidad y esfuerzo. El estudio de redacción había dejado de ser un modesto refugio improvisado para convertirse en uno de los despachos independientes de edición y asesoría filológica con mayor reputación en la zona académica. Tras la publicación oficial del comunicado de la fiscalía que la exoneraba de manera categórica, los clientes no tardaron en llegar de forma constante. Decanos de diversas facultades, docentes de posgrado y estudiantes de doctorado acudían buscando la precisión, el rig

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    Rider dio un paso al frente y cruzó el umbral con la serenidad que lo caracterizaba. Vestía su habitual abrigo oscuro y traía consigo una carpeta con las primeras pruebas de imprenta del libro. Al notar la presencia de Duvan, su expresión no reflejó alarma ni provocación; únicamente sostuvo la mirada del hombre con una calma firme y educada, posicionándose a una distancia respetuosa al lado del escritorio de Dariana. —Buenas tardes —saludó Rider con tono neutro pero sobrio, mirando brevemente a Duvan antes de dirigirle a Dariana una sonrisa apacible—. Dariana, disculpa si interrumpo. Si necesitas unos minutos más, puedo esperar afuera. —No hay nada que interrumpir, Rider. Pasa, por favor —respondió Dariana sin vacilar, manteniendo la voz firme y clara. Duvan miró a Rider de arriba abajo. Durante meses, en sus arranques de soberbia, había imaginado al rival como un intruso al que podía apartar con una orden o una amenaza legal. Sin embargo, al tenerlo enfrente, entendió la brecha

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    —¿Señorita Dariana Hurtado? —preguntó el joven. —Sí, soy yo —respondió Dariana extrañada, acercándose al mostrador. —Esto viene de la oficina legal de la corporación. Requiere su firma de recibido. Bracksy, que se encontraba revisando unas minutas al fondo del despacho, se acercó de inmediato con la mirada atenta. Dariana firmó el recibo y, con la ayuda de un abrecartas, retiró la cinta del paquete. Al levantar la tapa de madera, ambas mujeres se quedaron en silencio. Dentro de la caja no había regalos suntuosos ni cartas de chantaje. Yacía un legajo grueso de documentos notariales: la cesión absoluta e irrevocable de las acciones que Dariana poseía por bienes gananciales en la firma, convertidas en un fondo de fideicomiso independiente a su nombre, libre de cualquier deuda corporativa o auditoría judicial. Junto a los papeles, había una nota escrita a mano con la letra firme y reconocible de Duvan: "Este patrimonio te perteneció desde el primer día y fue el fruto del trabaj

  • Atada a tu venganza    CAPÍTULO 43: FUEGO Y CENIZAS

    Las ocho de la noche marcaron el inicio de una velada imborrable para Dariana. Rider la llevó a una pequeña terraza gastronómica en la zona colonial de la ciudad, un rincón envuelto por plantas colgantes, luces cálidas y música de cuerda suave. No hubo lujos desmedidos ni ostentaciones vacías; todo en el ambiente estaba pensado para la comodidad y la tranquilidad. Durante la cena, Dariana descubrió facetas de Rider que reafirmaban su caballerosidad. Hablaron de sus autores favoritos, de los retos de la enseñanza universitaria y de los sueños que Dariana había pospuesto durante años mientras intentaba encajar en los moldeados moldes de la familia corporativa de Duvan. —Es fascinante escuchar la claridad con la que defiendes tus ideas, Dariana —expresó Rider, mirándola fijamente a través de la mesa mientras el mozo servía una copa de vino suave—. Tienes una agudeza intelectual maravillosa. Cualquier casa editorial se consideraría afortunada de tenerte a la cabeza de sus proyectos.

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    —Es precioso, Rider... —dijo Dariana, pasando la mano por la madera suave—. De verdad, no tenía por qué hacer un gasto así. —Para mí es un honor tener detalles con una mujer a la que admiro tanto —dijo Rider, mirándola directamente a los ojos con una ternura madura y transparente—. Dariana, desde el primer momento en que crucé la puerta de este estudio no solo descubrí a una profesional brillante, sino a una mujer con una dignidad y una fuerza que me inspiran profundamente. Sé que usted viene de pasar por etapas difíciles y no pretendo apresurar absolutamente nada... pero me gustaría pedirle formalmente la oportunidad de salir a cenar esta noche y conocernos más allá del ámbito profesional. Dariana sintió que el corazón le daba un vuelco apacible. La declaración de Rider no traía la urgencia posesiva a la que estaba acostumbrada, ni la sombra de un chantaje. Era una invitación madura, dulce y respetuosa a abrir las puertas al afecto. —Me encantaría aceptar esa cena, Rider —res

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