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— ¿¡Así que esto hacías mientras fingías ser mi esposa!? ¿Portarte como una mujer sin correa? —Brandon gritó, aventando su tableta electrónica a mi cama. En la pantalla se desplegaba una noticia con mi foto en primera plana: vestida con un Prada rojo escarlata, cenando sonriente en La Couronne Écarlate al lado de Leo. La imagen irradiaba libertad. Y eso, para él, era peor que una traición.
Era un reverendo capullo. Lo vi rojo como un volcán en erupción cuando, prácticamente, me aventó la noticia a la cara.
— ¿Fingir? Eso es lo que me has enseñado a hacer en todo este tiempo de este mald**ito matrimonio, fingir. Es lo que se te da bien, pero, ¿Y si ya me cansé de fingir? Puedo perfectamente vivir bastante bien sin un cap**ullo como esposo —. Me crucé de brazos. Dejé a un lado el manuscrito en el que estaba trabajando, junto a los tomos de libros que hablaban sobre técnicas de cine que solía leer.
— ¿¡Vivir sin mí!? —. Soltó con una risa amarga— ¿De eso se trata? ¿De hacer apariciones públicas con cualquier imbécil con corbata solo para demostrarme que puedes estar sin mí?
Cabro**nazo. ¿Con qué cara me estaba reclamando si él había sido fotografiado con Olivia hace apenas un par de meses, babeando por ella como un maldito adolescente en celo? Aunque al día siguiente mandó a llenar la casa con rosas rojas. El personal del servicio decía que las flores eran para mí.
— ¿Y quién cara**mbas piensa que necesito demostrarte lo que ya es evidente? He estado viviendo sin ti desde que me casé contigo —. La mandíbula me empezó a protestar de tanto apretar los dientes por el coraje atravesado que tenía hacia él.
Vi como Brandon apretó los puños.
— Deja de estar jugando con el pu**to fuego, Emilia.
Me reí con todo el descaro y sarcasmo que la situación lo ameritaba, pues estaba harta de estar esperando a que él cambiara. Él no cambiaría. Siempre sería así conmigo.
— ¿Es que a caso tienes miedo de que alguien más haga el trabajo de un hombre que tú en cinco años no has podido hacer conmigo? —Alcé una ceja. Nunca pude serle infiel, a pesar de que era un ca**brón conmigo.
— Para —. Me mostró los dientes mientras empleaba su voz de mando. En un movimiento medio brusco, me repegó contra la pared. Me vio a los ojos enfurecido—. Deja de ser una maldita perra malagradecida.
No dejé que me derrumbara la sonrisa.
— Qué gracioso que me lo digas tú —. Le dije, con todo, el sarcasmo venenoso— ¿O ya se te olvidó la cena con Olivia en el Waldorf? Porque yo no. Al final quién es el maldito perro malagradecido.
Sus ojos chispearon. Bingo.
— Eso no tiene nada que ver —. Escupió indignado—. Lo que yo haga a ojo público no te tiene por qué importar.
— Claro que no —. Asentí con sarcasmo—. Porque tú sí puedes hacer tu vida. Pero yo debía quedarme sentada en casa, callada, invisible, esperando a que el rey decida si me merezco un poco de atención o no. Lo que yo haga en público tampoco debería importar.
Me giré, con el corazón a mil, pero sin dejar que se notara. El silencio que se hizo fue tan tenso que se podía cortar con un cuchillo. Leo era solo un buen amigo y mi intermediario como Bishop Moon.
— Por Dios, Emilia, vives entre lujos ¿De qué te quejas? —. Susurró él, acercándose a mí. Apretaba los dientes para moderar las ganas que tenía de gritarme—. Yo soy tu esposo, y más te vale que no vuelves a verte con imbéciles y me hagas quedar como un maldito corneado, frente a todos.
— ¿Y si no qué? —Lo miré retándolo con la mirada.
— Si no te vas a arrepentir como la maldita cazafortunas que eres —. Parecía un toro furioso echando aire por la nariz. Me vio con desprecio, se dio la media vuelta, tomó su tableta y se fue de mi habitación, dejándome con los sentimientos a flor de piel.
— Pues deberías tener los suficientes huevos para empezar a ser un esposo, como dices ser, y no tener el maldito miedo de que me tire a alguien más.
Han pasado cinco años. Lo puedo desglosar en sesenta meses, o dos mil ciento noventa y dos días.
Ni una sola caricia.
Aprendí que el tiempo no cura, solo enseña a respirar con el corazón roto, y a menudo me preguntaba cómo había sido posible que hubiera estado enamorada de ese hombre.
Mi matrimonio con Brandon Moretti no fue una guerra, que hubiera estado mejor al desierto que era. Sin gritos, sin pasión, sin siquiera palabras de desprecio. Solo un silencio que dolía más que cualquier insulto.
Las primeras semanas me dolía no verlo, no gritarme, o decirme si me veía bien o mal, si había decidido poner flores frescas en los jarrones, o decorar un poco la casa para darle más vida. Después, comencé a agradecer su ausencia. Y al cabo de un año, su presencia se volvió una amenaza latente que podía aparecer al fondo del pasillo como una sombra cargada de desprecio.
Me volví invisible. Desayunaba sola, comía sola, cenaba en silencio frente a una mesa con candelabros que no alumbraban nada. Los empleados de la casa no sabían cómo dirigirse a mí. Algunos me miraban con pena, otros con incomodidad. Para ellos, solo era la mujer a la que Brandon Moretti nunca amó. La esposa, que parecía de utilería.
Una vez, cumplí años. Ese día llegó un ramo de flores, para él. Un publicista las había enviado como agradecimiento por una premier exitosa. Ni una tarjeta con mi nombre, ni un mensaje, ni una mención. Pasé la noche con un pedazo de pastel que yo misma compré, brindando con vino barato y una risa forzada que solo sirvió para no llorar. Solo quería olvidar.
Aprendí a fingir que me dolía menos, a reír de manera adecuada, a posar en las galas con la espalda recta, los labios pintados y la mirada vacía. Brandon me hablaba solo cuando era estrictamente necesario. Y cuando lo hacía, era con ese tono frío que se usa para los asistentes apestados de una oficina no funcional.
Yo era una empleada del hogar sin contrato. Una decoración con tacones, pero en todo ese silencio, algo dentro de mí se fue encendiendo una chispa de algo. No supe de qué, pero hacía pensar en que estaba empezando a estar harta de ser un mueble más de la casa.
Durante las madrugadas, cuando el insomnio me abrazaba, escribía guiones, garabateaba ideas, o fragmentos de historias que no hablaban de amor, sino de libertad. De mujeres que se negaban a ser calladas, de finales que no necesitaban príncipes.
Después de la discusión con Brandon, tomé mi laptop para trabajar en mi nuevo proyecto. Como Bishop Moon me bajé a mi espacio favorito de toda la casa.
Minutos más tarde, estaba bebiendo té en el jardín, que tanto había adornado y lo había convertido en mi espacio favorito, ese rincón que yo misma convertí en un santuario de paz, cuando el celular vibró. Era un número desconocido.
— ¿Señora Moretti? —Preguntó una voz masculina, firme pero amable.
Mi estómago dio un vuelco. Nadie me llamaba así. Ni siquiera Brandon. Siempre había preferido que me llamaran por mi nombre.
— Sí, soy yo —. Respondí, tensa.
— Mi nombre es Samuel Vega. Soy productor ejecutivo de Starlight Films. Hemos trabajado con Bishop Moon en tres de nuestros guiones más exitosos y quisiéramos reunirnos con usted. En persona.
Mi corazón se detuvo un segundo.
— ¿En persona?
— Sí. Queremos que encabece el nuevo proyecto. Una superproducción internacional. Sabemos que mantiene su anonimato, pero. . . Sería un honor conocerla.
Me quedé en silencio. Con el teléfono pegado a la oreja y las manos temblando.
Por primera vez en años, alguien quería conocerme, a mí, a Emilia. No al nombre de mi familia, o al apellido de mi esposo, no a la esposa decorativa de un magnate del cine.
A mí.
— Acepto la reunión con la condición de que mi identidad siga en el anonimato —. Dije con una voz firme que no reconocí como mía.
— Señora, será un placer. Cuente con ello. También me gustaría invitarla a la premier de hoy, claro que no vamos a anunciar quién es usted, pero sería un honor que nos honre con su presencia.
— Envíeme los detalles.
Corté la llamada. Me quedé en el jardín con mi corazón palpitando por la emoción y sintiendo el sol sobre la piel, como si fuera la primera vez. Sería la primera vez en cinco años, que me atrevería a ir a un evento público sin Brandon.
***
BRANDON
Algo estaba pasando con Emilia de un tiempo para acá.
Lo noté por primera vez cuando salí a correr esta mañana y la vi subir a un auto negro frente a la casa, vestida de un modo que jamás había visto antes. Me atrevo a decir que con mucha elegancia.
El cabello suelto, peinado con ondas suaves que parecían sacadas de una maldita portada de revista. Llevaba gafas oscuras, labios pintados de rojo y un vestido ajustado color vino que dejaba a la vista una silueta que no recordaba haber notado en cinco años de convivencia. Parecía una diosa.
Era como si una seguridad renovada se estuviera apoderando de ella y de mi interés. No debía ser débil con ella. No podía bajar la guardia o terminaría perdiendo más de lo que ya había perdido por su culpa.
Ni siquiera se despidió de mí. Solo subió al auto y desapareció. No tenía derecho a cuestionar nada, lo sabía. Pero el fastidio me golpeó como si alguien me hubiera lanzado una piedra en la cabeza, y ese fastidio… me duró todo el maldito día.
Me dolía que empezara a ignorar mis reclamos y mis exigencias, y me daba miedo perder el control absoluto con ella.
*
— Firma aquí —. Me dijo Adam, empujando un folder frente a mí. Había llegado media hora tarde a la oficina por estar averiguando con el personal que a dónde había ido Emilia.
Estábamos en mi oficina. Yo tenía una taza de café en la mano, sin haberle dado un solo sorbo. Mi mente estaba en otra parte. Exactamente en ese vestido vino. Y en la maldita sonrisa que Emilia tenía al subir al auto.
¿Por qué nunca había sonreído así conmigo? ¿Tan despreciable era?
— ¿Brandon? —. Insistió Adam, golpeando la carpeta con los dedos— ¿En qué estás?
— Nada. Trabajo.
Mentí. Como si fuera tan fácil engañarlo.
— ¿Trabajo? —Adam enarcó una ceja con una sonrisa burlona—. Si eso fuera cierto, no habrías leído la misma hoja tres veces ¿Está todo bien con tu esposa?
No respondí.
— Ah, ya veo —. Añadió con tono ligero— ¿Emilia volvió a respirar en tu presencia y eso te alteró?
Rodé los ojos. Iba a contestar algo estúpido cuando mi celular vibró sobre el escritorio.
Olivia. Otra vez.
— ¿No la bloqueaste aún? —Preguntó Adam mientras le daba un trago a su café con la mirada sobre mi celular—. Tienes el peor sentido del cierre emocional, amigo.
Respondí solo para que dejara de sonar.
— ¿Qué quieres? —Respondí de mala gana.
— Buenos días para ti también, amor —dijo Olivia con su tono meloso y falso—. Solo quería saber si me vas a acompañar a la alfombra de la gala de cine el sábado. Ya sabes que un Moretti a mi lado hace que todos volteen a verme
— No puedo. Estoy ocupado.
Corté la llamada sin responder. No estaba de humor para lidiar con Olivia, ni con sus inseguridades envueltas en perfume caro y cirugías plásticas, que era lo que últimamente estaba haciendo.
Me recosté en la silla, ignorando todo a mi alrededor y exhalando con fuerza, porque lo único que tenía en mi cabeza era una sola pregunta.
¿Qué demonios estaba haciendo Emilia últimamente?
*
Esa noche, al salir de la oficina, decidí llegar directamente a casa y tomar la cena en mi habitación. Quería saber qué era lo que Emilia estaba haciendo a mis espaldas ¿Es que acaso había encontrado una manera de estafarme?
Sin embargo, al recorrer la casa no la encontré. Me fui directo a su habitación y sobre la mesita de noche encontré dos libros sonbre guiones, que tomó de mi biblioteca, y lo que más me llamó la atención, fue que había recibido una invitación para un evento importante esa noche.
Había ido sin mí.
Sentí las tripas retorcerse en bilis y las náuseas se apoderaron de mí al llegar a la conclusión de que Emilia me estaba engañando con algún productor o director de cine.
EMILIASi hace un año me hubieran dicho que estaría aquí, viviendo esta vida, quizá me habría reído con incredulidad, porque mi vida era muy distinta y estaba huyendo de Brando porque le había pedido el divorcio y estaba intentando forjarme una vida nueva. Sin embargo, no sabía todo lo que había pasado a mi alrededor.La noticia había explotado como dinamita en una habitación cerrada. Bastó un par de filtraciones y, en cuestión de horas, el amorío entre mi madre y el papá de Brandon estaba en boca de todos. No hubo rincón de la ciudad que no se llenara de murmullos; no hubo periódico, revista o programa de farándula que no dedicara espacio a diseccionar cada mínimo detalle del escándalo.Lo irónico era que yo ya estaba acostumbrada a que la prensa metiera sus narices en mi vida, pero esta vez la herida no era pública únicamente: era personal. Una de esas que no se curan con comunicados, sino que dejan cicatrices profundas en la intimidad de una familia.*Mi mamá comenzó a apagarse poc
BRANDONOrganizar la conferencia de prensa no fue tarea fácil. La lista de solicitudes de los medios era interminable, los rumores corrían como pólvora y todos querían una declaración, una frase, un titular jugoso. Pero Emilia no necesitaba titulares. Ella era el titular.Esa noche, las cámaras estaban listas. El salón, decorado con sobriedad y clase, rebosaba de periodistas, empresarios, accionistas, críticos y curiosos. Nadie sabía exactamente qué iba a pasar, pero todos sabían que no era una noche cualquiera.Sin embargo, me había prometido a velar por su bienestar. Me subí al estrado con un nudo en la garganta, con el corazón en calma pero el alma encendida. Respiré profundo. Y hablé.— Buenas noches. Gracias a todos por estar aquí —. El murmullo de la sala se apagó. Todos me prestaron atención. — He vivido engañado por mucho tiempo. Por personas que llamé familia, amigos, hermanos. Pero también he tenido la fortuna de encontrar el amor más puro, más real, y más valiente que podrí
BRANDONAdam estaba en arresto preventivo y mis abogados estaban en proceso de destrozarlo. No lo voy a negar, pero ver al que se supone que era mi mejor amigo tras las rejas, fue algo que me destruyó por completo, pues Adam era una persona con la que había convivido desde que tengo memoria. Bien que decía mi abuela que un nunca deja de conocer a las personas, y él era un claro ejemplo de ello. Regresé a mi casa con la pena atravesada en el pecho por el ciclo tan doloroso que estaba cerrando en mi vida. Era de noche, pero sabía que había llegado justo a la hora de la cena, tal como le había prometido a Emilia.Crucé el umbral de la puerta y lo primero que vi fue a mi mujer de espaldas, con un libro en la mano y un té humeando a un lado de ella. Un sentimiento de una satisfacción que nunca había experimentado. Algo que por primera vez en la vida me había dado la tranquilidad.— Estoy en casa, amor —. Dije con voz baja, pero firme.Se giró tan rápido que el libro casi se le cae. Sus oj
BRANDONLa puerta metálica se cerró tras de mí con un clic seco. El eco del cerrojo recorrió las paredes del cuarto de seguridad como un susurro siniestro.Adam tenía la cabeza gacha y apenas lo vi, sentí cómo la rabia me recorría los dedos, pero no se me notó. Hoy no iba a darle el gusto de verme furioso.Hacia apenas nos habíamos agarrado a golpes, porque se quería propasar con mi esposa, pero había cosas que tenía que resolver con él, más allá de una pelea.Estaba atado a una silla, los puños crispados, el rostro tenso, la camisa empapada en sudor por horas de encierro. Apenas me vio, soltó su veneno.— ¿Vienes a presumirme tu trofeo? —. Escupió, con una sonrisa torcida— ¿O solo a asegurarte de que me saquen esposado para que Emilia te mire como un p**uto héroe?Me acerqué sin apuro.Me senté frente a él con calma, descruzando los puños de mi abrigo, dejando que la tela hiciera ese leve crujido que me encantaba. Sonreí. No una sonrisa común. Era una de esas que nace sin alegría, pe
EMILIAMi respiración se detuvo, pues alguien había ventilado mi más grande secreto. Noté las miradas en mí como si fuera una curiosidad en medio de un circo al que todos estaban yendo.Las cámaras de los celulares estaban listos para grabar lo siguiente que diría ¿Quién había dicho mi más grande secreto a los cuatro vientos?Los susurros flotaban como una suave brisa que amenazaba con convertirse en huracán. Los rumores caían sobre mí como una avalancha sin freno. Sentí la espalda helada porque al principio no sabía cómo reaccionar.Alguien había ventilado mi identidad secreta y las cosas estaban pasando tan rápido, que no supe si era balas o una confesión tras otra.Pero no di un paso atrás.Brandon me miró con la preocupación en sus ojos y su brazo firme aún en mi cintura. No necesitaba decir nada. Sus mirada me daban la fuerza que el mundo intentaba quitarme.La empleada de relaciones públicas tragó saliva de nuevo, temblando como si acabara de preguntarle a una diosa si descendió
BRANDONEl aire en la sala estaba acumulando una tensión que nunca había sentido en toda mi carrera como CEO. Era como si todos supieran que la habían cag**ado en grande, pero aún esperaban que el golpe final no cayera sobre ellos.Los miembros de la junta evitaban mi mirada. Otros fingían estar interesados en sus tabletas o en el fondo del café frío que llevaban una hora sin beber. Hipócritas. Veía como sus expresiones cambiaban a raíz de que Adam estaba hablando y confesando todo lo que había hecho. Me puse de pie sin prisa, alisándome la chaqueta. Cada movimiento calculado, firme, como si estuviera subiendo al estrado de un juicio donde yo no era el acusado. Los papeles se había invertido porque ahora eran ellos los acusados y yo el juez.Caminé hasta el frente con la calma de un depredador que ya eligió a su presa. Me paré frente a todos, las manos en los bolsillos, la mirada fija.— Qué curioso —. Empecé, con voz baja pero afilada como una navaja—. Durante años, he liderado est







