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Bajo Su Vigilancia
Bajo Su Vigilancia
Author: Eva Mon

El Implacable

Author: Eva Mon
last update publish date: 2026-09-05 13:01:29

Mi vida apenas se siente como una vida. Es un ciclo interminable de la misma rutina.

Me despierto, me preparo, paso por la cafetería a por un espresso, tomo el autobús al trabajo, me quedo más tarde de lo que debería, vuelvo a casa en autobús, preparo la cena y me voy a la cama. Cada día es exactamente igual… excepto los fines de semana.

Soy la segunda asistente del dueño de la mayor finca vinícola de la región. No una finca cualquiera, sino una finca premiada, famosa por producir vinos excepcionales que la mayoría de la gente nunca probará a menos que tenga más dinero del que sabe qué hacer con él.

Leonard Parker. El Implacable.

Así es como todo el mundo llama a mi jefe.

Cuando Leonard Parker quiere algo, nada —ni nadie— se interpone en su camino. Sus penetrantes ojos azules bastan para que los empleados eviten mirarle directamente. Mide un metro ochenta y tiene una presencia imponente que intimida a los hombres y deja a las mujeres suspirando cada vez que pasa junto a ellas sin dignarse a mirarlas. Su cabello rubio miel siempre está perfectamente peinado, igual que sus trajes a medida. Conocido en todo el mundo como El Rompecorazones, es un mujeriego notorio que no se esfuerza en ocultarlo de los medios. Le importa un bledo lo que la gente piense de él. Su sonrisa está reservada para los más cercanos… o para su próxima conquista. Poderoso, rico y excepcionalmente bien relacionado, es el tipo de hombre que todo el mundo conoce… y pocos se atreven a desafiar.

Llevo dos años trabajando para él. Nunca fue el trabajo de mis sueños, pero el sueldo y los beneficios son demasiado buenos como para dejarlo.

La primera asistente es Laila, una mujer guapísima que no pierde oportunidad de lucir su aspecto delante de nuestro jefe. Su voz dulce, su sonrisa deslumbrante de dientes blancos, sus llamativos ojos azules y sus curvas perfectas bastan para que todos los compañeros hombres dejen de hacer lo que están haciendo solo para verla pasar. Es una de las innumerables mujeres de esta empresa que podrían pasar por modelos.

Yo soy la única que no parece encajar.

Laila se encarga de la agenda personal de Leonard, mientras que yo me ocupo de sus reuniones de negocios. Como su calendario está dividido entre compromisos personales y profesionales, mantiene agendas separadas para ambos. Ella es quien entra en su despacho, le informa de sus citas, recibe a los visitantes y trata con él directamente.

¿Yo? Contesto los teléfonos, le informo de todo a Laila y limito mis conversaciones con el señor Parker a «Buenos días», «Buenas tardes» y «Buenas noches».

Y exactamente así es como quiero que siga siendo.

Nunca se me ha dado bien tratar con la gente. La comunicación nunca ha sido mi fuerte.

La organización, en cambio, siempre lo ha sido.

Por eso este trabajo me viene perfecto.

El Implacable pasa junto a nuestros escritorios con su ceño habitual, ignorando todos los saludos antes de desaparecer en su despacho.

—Blair, el señor Parker quiere que reprogramemos las reuniones de esta tarde para la semana que viene.

Laila apenas levanta la vista de su escritorio mientras me da la noticia.

Siento cómo la sangre empieza a hervirme.

Otra vez.

Es la segunda vez que hace esto. Cada vez que hay una reunión con nuestros socios internacionales, decide reprogramarla a última hora, como si todo el mundo no tuviera nada mejor que hacer que reorganizar sus agendas por él. Coordinar una nueva hora no es tan sencillo como cambiar una cita con el dentista. Distintos países, distintas zonas horarias, distintos asistentes… y todos ellos tienen que estar de acuerdo antes de que podamos confirmar una nueva reunión.

Ahí se va mi posibilidad de salir del trabajo a tiempo e ir a tomar algo con las chicas.

En su lugar, me quedaré aquí hasta que todos los asistentes respondan a mis correos.

Suelto un suspiro exagerado y pongo los ojos en blanco por encima del borde de mis gafas de lectura.

Laila no reacciona. Nunca lo hace.

Desde el día en que empecé a trabajar aquí, fue evidente que no le caía bien. Tal vez porque no encajaba con la imagen de una empleada de Parker. La mayoría de las mujeres de este edificio parecían haber salido directamente de una pasarela de moda.

Yo parecía… yo.

Nuestra oficina consistía en un largo escritorio que discurría a lo largo de la pared junto a los ascensores, con el despacho del señor Parker situado justo en el centro. Laila se sentaba con gracia en su silla ergonómica como una reina en su trono.

Mientras tanto, yo me sentaba en la mía como un saco de patatas.

Siempre que necesitaba desplazarme, ni siquiera me molestaba en levantarme. Simplemente me impulsaba de puntillas, dejando que la silla se deslizara por el suelo.

Sí…

Soy así de vaga.

Con un suspiro pesado, cojo el móvil y le escribo a Claire.

Para: Claire

Perdona, amiga. Tengo que quedarme hasta tarde otra vez. Ese cabrón ha decidido que al final no quiere la reunión de hoy con los socios. Lo siento de verdad. ¿Puedes avisarle a Bia y a Jonathan?

Seguro que más tarde me cae una bronca.

Uno de estos días dejarán de creerse del todo mis excusas.

Claire ha sido mi mejor amiga desde el colegio. Bia trabajaba de seguridad abajo antes de convertirse en formadora de seguridad, y Jonathan —que trabaja tres pisos por debajo de nosotros en el departamento de publicidad— es el alma caótica de nuestro pequeño grupo. Ruidoso, brutalmente sincero y de alguna forma más dramático que todos nosotros juntos, nunca falla a la hora de hacernos reír.

Meto el móvil otra vez en el bolso y me sumerjo en el trabajo.

El tiempo se me escapa sin que me dé cuenta.

Cuando por fin miro el reloj…

Son casi las dos y media.

—¡Mierda!

Me levanto de un salto de la silla.

—Voy a por algo de comer y vuelvo enseguida.

Laila me despide con un vago gesto de la mano, apenas reconociendo mi existencia.

La única razón por la que me di cuenta de la hora es porque mi vejiga había declarado oficialmente una emergencia.

Agarro el bolso, desbloqueo el móvil para responder al último mensaje de Claire y me dirijo a toda prisa hacia los ascensores sin mirar por dónde voy.

Alguien más está haciendo exactamente lo mismo.

El choque es inevitable.

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