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Un solo toque

Author: Eva Mon
last update publish date: 2026-09-05 13:02:51

En cuanto salí del ascensor, me dirigí directamente a la cafetería en lugar del comedor.

No soportaba la idea de toparme con nadie.

Sobre todo después de lo que había pasado.

No…

Después de lo que yo había hecho.

Pedí lo primero que vi en el menú —un sándwich de mortadela y queso— y me lo llevé al rincón más tranquilo que pude encontrar.

El apetito se me había ido horas atrás, pero me obligué a dar un bocado de todos modos.

Sabía a cartón.

Saqué el móvil y llamé a Claire.

Contestó casi de inmediato.

—Así que… —dijo, alargando la palabra—. ¿Cómo va la vida después de tirarte encima de tu jefe ridículamente guapo?

—No me tiré encima de él.

—Literalmente acabaste en sus brazos.

—Tropecé.

—Caíste sobre su pecho.

—Lo sé.

—Me escribiste que era una tentación andante.

—¡No sabía que lo iba a leer!

Claire soltó una carcajada.

Me enterré la cara en una mano.

—Te odio.

—No, no me odias.

—No…

Suspiré.

—De verdad que no.

—Entonces… ¿qué pasó después?

—Recogió mi móvil.

—Mmm.

—Leyó el mensaje.

Claire dejó de reír.

—Oh.

—Exacto.

—Oh, Blair…

—Lo sé.

—No, en serio…

Volvió a reír.

—No me puedo creer que Leonard Parker haya leído eso de verdad.

—Quería que la tierra me tragara.

—Yo habría pagado por verle la cara.

—Ni siquiera reaccionó.

—¿Qué quieres decir?

—Solo miró la pantalla… me entregó el móvil… y se fue.

Claire se quedó en silencio un momento.

—Eso es peor.

—Lo sé.

—Creo que yo no habría sobrevivido.

—Todavía no estoy segura de haberlo hecho yo.

Hablamos otros diez minutos antes de colgar.

Para entonces, me sentía un poco mejor.

No porque la vergüenza se hubiera desvanecido.

Sino porque hablar con Claire siempre me recordaba que el mundo no se había acabado.

Aunque lo pareciera.

La tarde se alargó a un ritmo dolorosamente lento.

Laila siguió tratándome como si fuera la empleada menos competente de la empresa, asignándome todas las tareas de última hora que se le ocurrían mientras yo reorganizaba reuniones y contestaba correos casi sin parar.

Normalmente habría puesto los ojos en blanco e ignorado.

Hoy…

Apenas me di cuenta.

Mi mente no dejaba de reproducir la misma escena una y otra vez.

Su mano alrededor de mi cintura.

Su pecho contra el mío.

Sus ojos.

Esos ojos azules imposibles.

La forma en que me había mirado…

Como si hubiera olvidado que el resto del mundo existía.

No.

No seas ridícula.

Estás imaginando cosas.

Leonard Parker no mira a las mujeres de esa manera.

Sobre todo no a mujeres como yo.

Las horas se me escaparon sin darme cuenta.

La oficina se fue vaciando poco a poco.

Los teléfonos dejaron de sonar.

Las conversaciones se apagaron.

Los ordenadores se apagaron uno tras otro.

Al final, hasta Laila recogió su bolso.

No se molestó en despedirse.

Tampoco es que lo esperara.

Cuando por fin levanté la vista hacia el reloj, ya eran las ocho y media.

Gemí.

Me dolía el cuello.

Me dolían los hombros.

El pelo se me había escapado por completo del pasador que había dejado de intentar arreglar horas atrás.

Me miré a mí misma.

La blusa estaba arrugada.

La falda tenía pliegues de estar sentada todo el día.

Me había quitado los zapatos hacía casi una hora porque los pies me latían.

Ahora yacían abandonados debajo del escritorio.

No iba a trabajar ni un minuto más.

Guardé los archivos, apagué el portátil y lo metí en el bolso antes de coger los zapatos.

Descalza, caminé hacia los ascensores.

Al pasar por el despacho del señor Parker, me fijé en que las persianas estaban completamente cerradas.

Ya se había ido a casa.

Bien.

Una humillación al día era más que suficiente.

La cafetería estaba casi desierta.

Terminé el resto del sándwich mientras disfrutaba de algo que rara vez experimentaba dentro de la sede de Parker Wines.

Silencio.

Silencio de verdad.

Sin teléfonos sonando.

Sin conversaciones.

Sin pasos apresurados.

Solo paz.

Exactamente lo que necesitaba.

Miré la hora.

Todavía era demasiado pronto para irme a casa.

Entonces recordé el gimnasio de la empresa.

Más importante aún…

Las duchas.

Una sonrisa se extendió por mi cara.

Una de las pocas cosas en las que todo el mundo coincidía en Parker Wines era que las instalaciones para empleados eran increíbles.

Los vestuarios parecían más un spa exclusivo que parte de un edificio de oficinas.

Un largo pasillo revestido de espejos de suelo a techo conducía a un elegante salón donde una fuente de mármol se alzaba bajo una cálida iluminación ámbar. En su centro, una grácil estatua de Venus vertía agua sin cesar desde su cántaro.

Las cabinas de ducha privadas se extendían a lo largo de la pared del fondo.

Cada una tenía su propio armario, espejo de tocador, secador de pelo y artículos de aseo de lujo.

Duchas de lluvia.

Chorros corporales.

Música suave.

Iluminación tenue.

Todo diseñado para ayudar a los empleados exhaustos a olvidar que trabajaban para el CEO más exigente de Galicia.

Casi.

Caminé hasta mi armario, recogí la ropa limpia y sonreí al darme cuenta de que la sala estaba completamente vacía.

Perfecto.

Exactamente lo que necesitaba.

Elegí mi ducha favorita, en el centro de la sala, y encendí todos los chorros de agua.

El vapor empezó a llenar la cabina de inmediato.

Como estaba sola, no me molesté en cerrar la puerta de cristal.

Colgué la toalla en el gancho y alcancé los botones de la blusa.

Durante un breve instante, me detuve.

Su olor.

Todavía impregnaba la seda lila.

Cálido.

Amaderado.

Limpio.

El lugar donde me había sujetado esa misma tarde aún conservaba el más leve rastro de su colonia.

Ridículo.

Completamente ridículo.

Y, sin embargo, en lugar de tirar la blusa a la cesta de la ropa sucia, la doblé con cuidado y la guardé dentro del armario.

Quizá la lavara mañana.

Quizá.

Me desnudé despacio, dejando que cada prenda cayera dentro del armario antes de meterme bajo el agua caliente.

Un suspiro se me escapó de los labios casi al instante.

El calor derritió cada nudo de los hombros.

Cada dolor de la espalda.

Cada gramo de estrés del día más largo de mi vida.

Cerré los ojos.

Por fin…

Estaba sola.

O eso creía.

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