INICIAR SESIÓNElena Rivas vive al límite. Con una deuda que no le pertenece y una familia que depende de ella, se encuentra atrapada en un callejón sin salida. Hasta que aparece Damián Blackstone, un magnate cuya fortuna solo es superada por su frialdad. Damián tiene un secreto: una cicatriz en el alma que le impide entregarse físicamente a una mujer. Un trauma del pasado lo dejó marcado, convirtiendo el contacto íntimo en una amenaza. Ahora, su único escape es el control absoluto y el voyerismo. Él no busca amor; busca el placer de observar lo que no puede tocar. El Contrato: Diez millones de dólares. La condición es simple pero devastadora: Elena deberá entregarse a otros hombres bajo su estricta supervisión. Damián elegirá los escenarios, los hombres y las reglas, observando cada encuentro desde las sombras de su santuario privado. Lo que comenzó como un experimento de control y una transacción comercial, se transforma en una espiral peligrosa. Elena, sumisa por necesidad pero de corazón indomable, empieza a despertar en Damián algo que él juró nunca volver a sentir. La satisfacción de observar se convierte en una obsesión asfixiante. Damián no quería enamorarse, pero ahora no puede dejar de mirar. Y Elena descubrirá que estar bajo la mirada de un hombre obsesionado puede ser más peligroso —y excitante— que el contrato mismo.
Ver másEl sol sobre la Isla de las Cenizas no pedía permiso para despertar a los vivos. Su calor entraba por las ranuras de la madera de la cabaña con la fuerza de un rayo primario, pero ya no había pantallas de diagnóstico que me informaran sobre la radiación UV ni monitores subcutáneos que midieran mis constantes vitales. La ausencia de esa interfaz transparente frente a mis ojos era la cicatriz más hermosa que me había dejado la caída de Aethelgard.Me levanté despacio. Mi hombro derecho crujió con un sonido seco, un viejo recuerdo del duelo contra el último Apóstol en la cueva de hielo del Ártico. Al llevarme la mano al costado, sentí el relieve de las cicatrices: surcos de carne dura y quemada que contaban la historia de cómo habíamos arrancado a Fenris de la faz de la Tierra.Salí al porche de madera de teca. El viento del Pacífico soplaba limpio, trayendo consigo el olor a pino resinoso, a salitre concentrado y al humo dulce del pan que la gente de la aldea estaba horneando en los hor
POV: DAMIÁNMe senté sobre la barandilla de madera del muelle, con las manos apoyadas en mis rodillas. Mis dedos, que durante años habían estado callosos por el acero y la pólvora, ahora estaban curtidos por la resina, la madera y la sal del mar. El Resiliencia, el barco que habíamos construido con los restos de nuestras viejas vidas, flotaba en la bahía, listo para llevar medicinas y libros a los colonos del continente, pero hoy no iría a ninguna parte. Hoy el mar pertenecía a los vivos.A mi lado, Kael permanecía de pie, su chasis de cobalto adornado con pequeñas conchas y marcas de salitre. Sus ojos, que alguna vez fueron del azul gélido de una inteligencia estricta, emitían ahora un brillo suave y cálido.—Capitán Blackstone, los niveles de radiación y polución iónica en la cuenca del Pacífico han descendido un 32% desde el equinoccio de primavera —informó Vektor a través de los altavoces integrados, su voz despojada de la urgencia mecánica del pasado—. Es un ritmo de regeneración
POV: DAMIÁNMe pasé las manos por la cara, sintiendo la textura de la barba crecida y la cicatriz en la ceja izquierda que me había dejado el clon de Silas durante el combate en el Titicaca. Me senté en el borde del catre, en la cabaña que habíamos levantado con la madera de teca que Kael y yo habíamos recolectado durante los primeros meses en la isla. El aire olía a pino, a salitre y a humo de leña, el olor primitivo de la libertad.Afuera, el sonido de las gaviotas competía con el zumbido eléctrico que Vektor emitía mientras calibraba los nuevos paneles solares de la aldea. La comunidad había crecido. Ya no éramos solo nosotros; éramos más de doscientas personas procedentes de las ruinas de Los Ángeles, de los búnkeres de Ginebra y de los puertos de Sudamérica. Éramos el nido de los inadaptados.—Te estás poniendo sentimental, Damián —dijo Elena desde el otro lado de la habitación. Llevaba puesto un vestido sencillo de lino blanco, con el pelo suelto y el rostro limpio de cualquier
POV: DAMIÁNMe ajusté el cuello de mi chaqueta de lona mientras sostenía el timón. El mar estaba embravecido, y cada golpe contra el casco nos recordaba que estábamos en el borde del mundo. A mi lado, Zahara estaba sentada en la cubierta, con los ojos cerrados. Su rostro estaba pálido debido al viento helado.—Zahara, deberías ir abajo con tu hermana —grité sobre el rugido del viento y las olas—. El frío aquí es demasiado para ti.—No puedo, papá —respondió ella, abriendo los ojos. Ya no tenían el brillo plateado de la red, sino el color gris de la tormenta—. Veo el satélite geoestacionario en mi mente. Es como una aguja de plata en medio de un campo de hielo. Silas lo escondió bajo un glaciar para que el calor del sol no pudiera llegar a él.Asentí. El último remanente de los Apóstoles estaba allí, durmiendo bajo el hielo. Si no lo desactivábamos antes del inicio del invierno, la baliza de hielo emitiría una señal de onda corta capaz de congelar el Pacífico, reiniciando el ciclo de l












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