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Capítulo 4

Author: Genari
last update publish date: 2026-10-13 10:43:05

Kayla

Acepté ir porque no quería quedarme sola.

Eso fue todo. Nada más profundo ni más complejo. Jackson insistió en que solo sería un rato, que habría música y gente conocida, y que no tenía sentido pasar otra noche encerrada en el departamento.

No estaba del todo convencida, pero tenía que admitir que necesitaba distraerme.

Llevaba todo el día intentando adaptarme al instituto, recordar nombres y entender horarios. Además, había descubierto que mi mente tenía una costumbre bastante molesta: volver a las cosas que yo prefería dejar atrás.

Como Dylan Blackwood.

No había vuelto a verlo desde nuestro encuentro en el pasillo, pero recordaba demasiado bien su rostro y aquella sonrisa fugaz que había aparecido cuando le respondí con ironía.

No era algo importante.

Al menos, eso me decía.

Podía encontrar atractivo a alguien sin que eso significara que quisiera conocerlo. Y mucho menos cuando Jackson había dejado bastante claro que prefería que mantuviera las distancias.

Así que decidí no pensar más en él.

La decisión duró hasta que llegamos al bar.

Estaba escondido entre dos calles poco transitadas, detrás de una fachada oscura que no parecía llamar demasiado la atención. Si Jackson no hubiera sabido dónde estaba, probablemente habría pasado de largo sin siquiera fijarme en la entrada.

—¿Este es el lugar tranquilo del que hablabas? —pregunté.

Él sonrió.

—Es tranquilo si sabes comportarte.

Lo miré con desconfianza.

—Eso no me tranquiliza.

—Vamos, Kayla. No es para tanto.

Abrió la puerta y me hizo un gesto para que entrara.

Dudé un instante.

No porque esperara encontrar algo terrible al otro lado, sino porque el lugar no se parecía a los bares que había imaginado. No había música escapando a la calle ni grupos de personas haciendo fila. Desde fuera, apenas se distinguían unas luces tenues al fondo.

Pero ya estaba allí.

Y tampoco quería juzgar un sitio antes de conocerlo.

Entré detrás de Jackson.

El interior era más amplio de lo que parecía desde la calle. Había una barra en uno de los extremos, varias mesas distribuidas por el salón y una zona más oscura al fondo, parcialmente separada del resto.

La música sonaba a un volumen moderado. Algunas personas conversaban mientras bebían, otras permanecían sentadas sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor.

No era exactamente el ambiente que esperaba, pero tampoco resultaba tan extraño como había imaginado.

Lo que sí me llamó la atención fue la manera en que algunos hombres parecían conocerse entre sí sin necesidad de saludarse demasiado. Había miradas breves, gestos discretos y conversaciones que se interrumpían cuando alguien se acercaba.

Quizá era habitual en aquel lugar.

No tenía por qué significar nada.

—Ven —dijo Jackson, guiándome hacia la barra—. Te invito a algo.

Nos sentamos y pedimos unas bebidas. Él empezó a contarme una historia sobre uno de sus compañeros, exagerando algunos detalles hasta hacerme reír.

Poco a poco, conseguí relajarme.

La conversación era sencilla, la música no estaba demasiado alta y, por primera vez en todo el día, no tenía que preocuparme por llegar tarde a una clase o recordar dónde estaba cada aula.

Estaba empezando a pensar que quizá había sido una buena idea acompañarlo.

Entonces levanté la vista.

Y lo vi.

Dylan estaba al fondo del bar, junto a varios hombres. No parecía estar allí para divertirse. Mientras los demás hablaban, él escuchaba con una expresión seria, interviniendo de vez en cuando con frases breves que parecían bastar para dirigir la conversación.

Lo reconocí inmediatamente.

No solo por su aspecto, sino por aquella forma de estar en un lugar sin parecer necesitar nada de él.

Sentí una pequeña sacudida en el estómago.

Me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario, sorprendida por la intensidad con la que había reconocido su presencia entre tantas personas.

No sabía que frecuentaba aquel sitio.

Aunque, pensándolo bien, no sabía prácticamente nada sobre él y tampoco de el sitio en el que estaba.

Segundos después aparte la mirada, como si me hubiera descubierto a mí misma haciendo algo que no debía. Volví la atención hacia Jackson y fingí estar escuchando lo que me decía.

No tenía motivos para sentirme incómoda.

No había hecho nada malo. Estaba allí con un amigo, disfrutando de una noche normal. Dylan podía estar en el mismo lugar sin que eso tuviera que cambiar mis planes.

Sin embargo, me costó un poco concentrarme en la conversación.

No porque creyera que me estuviera observando, sino porque saber que estaba allí me hacía demasiado consciente de su presencia.

Era absurdo.

Y aun así, cuando volví a mirar hacia el fondo, lo hice casi sin darme cuenta.

Seguía con los mismos hombres.

Y por segunda vez, no me miró.

Debería haberme alegrado. En cambio, experimenté una decepción tan pequeña como inesperada.

Fruncí el ceño y volví a mirar mi bebida.

Perfecto, Kayla. Ahora también esperas que te preste atención.

Me reprendí mentalmente y bebí un sorbo.

No era el momento de empezar a inventarme historias sobre un hombre al que apenas conocía. Mucho menos uno que parecía estar relacionado con algo que Jackson no quería explicarme.

Tenía que recordar eso.

La noche continuó y, durante un rato, conseguí olvidarme de Dylan. Jackson me presentó a un par de conocidos, hablamos de las clases y hasta terminé riéndome de una anécdota que, en otras circunstancias, probablemente me habría parecido aburrida.

Pero, después de un tiempo, empecé a sentir calor.

El bar estaba más lleno y el aire parecía haberse vuelto más pesado. Dejé mi bebida sobre la barra y me volví hacia Jackson.

—Voy a buscar el baño.

—Está por aquel pasillo —dijo, señalando hacia un costado—. Creo que al fondo.

—¿Crees?

—No he venido a hacer un recorrido turístico.

Puse los ojos en blanco.

—Si termino en una cocina, será tu culpa.

Él se rio y yo me levanté.

Me abrí paso entre algunas personas y entré en el pasillo que me había señalado. La música se escuchaba más amortiguada allí, y las luces eran bastante más tenues que en el salón principal.

Avancé unos metros, buscando alguna señal que indicara dónde estaba el baño.

Al fondo vi una puerta y, antes de llegar, advertí que había una zona abierta a un costado. La iluminación era más blanca y se escuchaban voces masculinas.

Disminuí el paso.

No pretendía escuchar una conversación ajena. Solo quería encontrar el baño y regresar con Jackson.

Pero entonces reconocí una voz.

— Si descubren que alguien está jugando a dos bandas, quiero saberlo antes de que decida hacerlo de nuevo.

Me detuve.

No había esperado encontrarlo allí, mucho menos escuchar su voz con aquel tono.

No sonaba como cuando me había hablado en el instituto. Allí había sido frío, sí, pero sus respuestas habían tenido algo de ironía, incluso cierta ligereza cuando nuestra conversación se había prolongado.

Ahora no había nada de eso.

Su voz era tranquila, firme y completamente seria.

No alcancé a distinguir el resto de la conversación. Tampoco intenté acercarme para escuchar mejor. La frase había sido suficiente para hacerme comprender que estaba en un lugar donde probablemente no debía estar.

Retrocedí un paso.

La suela de mi zapato rozó el suelo y produjo un sonido pequeño.

Pero, en aquel instante, me pareció demasiado fuerte.

Las voces se apagaron.

Me quedé inmóvil, con la incómoda certeza de que me habían oído.

Y entonces Dylan apareció en la entrada del pasillo.

Nuestros ojos se encontraron.

Por un segundo, ninguno de los dos habló.

No esperaba verlo tan pronto ni tener que enfrentarme a él en aquellas circunstancias. Sentí que la situación se volvía incómoda de una manera difícil de disimular, especialmente porque no tenía una explicación convincente para estar junto a una zona que claramente no estaba destinada a los clientes.

Dylan me observó con una expresión que no conseguí descifrar.

No parecía sorprendido de verme.

Eso me desconcertó un poco más.

—¿Perdida? —preguntó.

Su voz había recuperado aquella frialdad que recordaba del instituto.

Tragué saliva y señalé vagamente hacia el otro extremo del pasillo.

—Buscaba el baño.

Era cierto.

Solo que no había llegado hasta allí.

Su mirada se desplazó brevemente hacia la zona de servicio antes de regresar a mí.

No necesitaba que dijera nada para entender que mi respuesta no explicaba del todo lo que estaba haciendo allí.

Me acomodé el bolso sobre el hombro.

Dylan guardó silencio durante un instante.

—Este no es un sitio para ti, Kayla.

Mi nombre en sus labios me produjo una sensación extraña.

No era la primera vez que lo decía. Lo había escuchado en el instituto, cuando me había indicado dónde quedaba mi aula. Sin embargo, esta vez sonó diferente. Quizá porque estábamos en un lugar desconocido para mí, rodeados de personas de las que no sabía nada.

O quizá porque, pese a todo, seguía siendo demasiado consciente de él.

Su aspecto no había cambiado. Llevaba ropa oscura, el cabello ligeramente desordenado y aquella expresión seria que parecía formar parte de su rostro.

Y seguía siendo igual de atractivo.

Aquello me irritó.

No era justo que alguien pudiera resultar tan interesante y, al mismo tiempo, darme tantas razones para mantenerme alejada.

—Ya me voy —respondí.

No quería discutir con él. Tampoco quería darle la impresión de que estaba intentando averiguar qué ocurría detrás de aquella puerta.

Me di la vuelta y caminé hacia el salón principal.

No corrí.

No quería convertir una situación incómoda en algo más extraño de lo que ya era, ni actuar como si hubiera hecho algo terrible por equivocarme de pasillo.

Aun así, noté que tenía los hombros tensos.

No sabía qué había escuchado exactamente, pero sí sabía que Dylan no estaba allí por casualidad. Los hombres que lo acompañaban tampoco parecían simples conocidos que se habían reunido para beber.

Y, de pronto, la advertencia de Jackson adquirió un poco más de sentido.

No te metas en problemas por alguien que ni siquiera conoces.

Tenía razón.

Dylan no era asunto mío.

No tenía por qué saber qué hacía en aquel lugar ni qué clase de asuntos resolvía con aquellos hombres. Podía reconocer que me atraía sin fingir que eso lo convertía en alguien adecuado para mí.

De hecho, era precisamente lo contrario.

Cuanto menos supiera de él, mejor.

Regresé a la barra y encontré a Jackson hablando con uno de sus conocidos. Cuando me vio, se despidió del otro chico y se volvió hacia mí.

—¿Encontraste el baño?

Me senté a su lado.

—No.

Frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

Dudé un instante.

Podría haberle dicho que me había equivocado de pasillo y dejarlo ahí. No tenía ganas de explicar por qué me había detenido al escuchar una voz conocida ni por qué todavía me sentía incómoda.

Pero Jackson me conocía lo suficiente como para notar que algo había cambiado.

—Me encontré con Dylan —admití.

Su expresión se transformó.

—¿Aquí?

Asentí.

—Estaba hablando con unos hombres. Creo que me escucharon cuando intentaba encontrar el baño.

Jackson miró hacia el fondo del local y luego volvió a mirarme.

—¿Te dijo algo?

—Que este no era un sitio para mí.

No añadí que había pronunciado mi nombre de una manera que todavía resonaba en mi cabeza. Tampoco mencioné que, por un instante, había deseado que la conversación durara un poco más, aunque no tuviera la menor idea de qué podría haberle dicho.

Jackson suspiró.

—Te dije que tuvieras cuidado.

—No hice nada, Jackson. Me equivoqué de pasillo.

—Lo sé. No te estoy culpando.

Su tono se suavizó un poco.

—Solo digo que, si él está involucrado en algo, es mejor no acercarse demasiado.

Miré mi bebida.

—No pienso hacerlo.

Y lo decía en serio.

No quería problemas. No quería verme envuelta en asuntos que no entendía ni tener que descubrir por qué todo el mundo parecía medir sus palabras cuando hablaba de Dylan Blackwood.

Pero tampoco podía fingir que encontrarlo allí me había resultado indiferente.

Había sentido curiosidad al verlo en el instituto. Después, aquella curiosidad se había mezclado con una atracción que no sabía cómo manejar. Y ahora, tras encontrarlo en un lugar donde parecía tener una autoridad que nadie cuestionaba, ambas sensaciones se habían vuelto más difíciles de ignorar.

No sabía qué había detrás de su comportamiento.

No sabía qué clase de persona era.

Y no iba a descubrirlo acercándome a él.

Al menos, eso me repetí mientras terminaba mi bebida.

Poco después le dije a Jackson que quería irme. No insistió en quedarse y, tras despedirnos de sus conocidos, salimos juntos del bar.

El aire frío me recibió al otro lado de la puerta.

Respiré profundamente y me acomodé el abrigo. La calle estaba tranquila, y la música quedó atrás cuando comenzamos a caminar hacia la esquina.

—¿Estás segura de que te encuentras bien? —preguntó Jackson.

—Sí. Solo estoy cansada.

No era toda la verdad, pero tampoco era una mentira.

Estaba cansada de pensar demasiado. De intentar entender por qué un desconocido había conseguido despertar mi curiosidad en tan poco tiempo. De saber que debía mantener las distancias y, aun así, recordar cada pequeño detalle de nuestros encuentros.

Jackson me acompañó hasta donde habíamos acordado despedirnos. Nos dimos las buenas noches y continué sola el último tramo hasta mi departamento.

No sentí que alguien me siguiera. No tuve la necesidad de mirar por encima del hombro ni de imaginar amenazas en cada sombra.

La calle era una calle, y yo solo quería llegar a casa.

Sin embargo, mientras caminaba, volví a pensar en Dylan.

En su expresión cuando me encontró en aquel pasillo.

En la manera en que había pronunciado mi nombre.

Y en la diferencia entre el hombre que me había indicado dónde quedaba mi aula y el que acababa de escuchar dando una orden que nadie parecía dispuesto a cuestionar.

Eran dos facetas de la misma persona.

Y yo apenas había visto una pequeña parte de ambas.

Cuando llegué a mi departamento, abrí la puerta y entré. Dejé las llaves sobre la mesa, me quité el abrigo y encendí la luz del salón.

Todo estaba exactamente como lo había dejado.

Me senté en el sofá y apoyé la cabeza contra el respaldo.

No había ocurrido nada grave. Había salido con Jackson, había conocido un lugar nuevo y me había encontrado con alguien que, por casualidad, también estaba allí.

Eso era todo.

No tenía razones para convertirlo en algo más.

Cerré los ojos durante unos segundos.

Lo que me molestaba no era haberlo encontrado en aquel bar.

Era que, incluso después de todo lo que había visto y escuchado, seguía preguntándome cuándo volvería a encontrarme con él.

Abrí los ojos y me incorporé.

—No —murmuré para mí misma—. Ni se te ocurra.

Dylan Blackwood no era alguien a quien necesitara conocer mejor.

Podía ser atractivo. Podía despertar mi curiosidad. Incluso podía hacer que una parte de mí quisiera volver a escuchar su voz, aunque todavía no supiera por qué.

Pero eso no significaba que tuviera que hacerle caso.

Me levanté del sofá, apagué las luces y fui a mi habitación.

Al día siguiente tendría clases, tareas y suficientes cosas en las que pensar.

No necesitaba añadir a Dylan a la lista.

Y, aun así, cuando me acosté, su nombre fue lo último que cruzó mi mente antes de quedarme dormida.

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