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Capítulo 2

Autor: Genari
last update Data de publicação: 2026-10-13 10:16:33

Kayla

No entendía por qué seguía pensando en él.

Habían pasado apenas unos minutos desde que me había indicado dónde quedaba el aula y, aun así, su nombre continuaba dando vueltas en mi cabeza como una canción que no conseguía quitarme de encima.

Dylan.

Me repetí que no tenía ninguna importancia. Había conocido a alguien en un pasillo, había hecho el ridículo al chocar con otra persona por no prestar suficiente atención y, después de intercambiar unas cuantas palabras, cada uno había seguido con su día.

No había ocurrido nada extraordinario.

Entonces, ¿por qué recordaba con tanta claridad la manera en que me había mirado?

Sacudí ligeramente la cabeza y terminé de subir las escaleras. Todavía tenía que encontrar mi aula, instalarme y, con suerte, conseguir que aquel día dejara de parecer una sucesión de pequeños desastres.

No necesitaba complicarlo pensando en un desconocido.

Aunque, si era sincera conmigo misma, Dylan no me había parecido precisamente un desconocido cualquiera.

Era atractivo. Mucho más de lo que me habría gustado admitir.

Tenía una mirada intensa, una expresión difícil de descifrar y esa clase de presencia que hacía que una persona pareciera ocupar más espacio del que realmente necesitaba. Incluso cuando permanecía en silencio, daba la impresión de estar prestando atención a todo.

Y a todos.

A mí también.

Recordé el momento en que había sostenido mi brazo para evitar que perdiera el equilibrio. Había sido un gesto instintivo, probablemente sin importancia para él. Sin embargo, durante aquellos pocos segundos, me había resultado extrañamente difícil apartar la mirada.

Lo peor era que no había sido únicamente por su aspecto.

Había algo en él que despertaba mi curiosidad, aunque no supiera explicar qué era. Tal vez su forma de hablar, tan directa que rozaba la descortesía. O quizá aquella sonrisa fugaz que había intentado ocultar cuando le respondí.

No sabía qué había esperado encontrar detrás de su expresión seria, pero aquella pequeña sonrisa me había sorprendido.

Y me había gustado.

Fruncí el ceño ante mis propios pensamientos.

—Concéntrate, Kayla —murmuré.

Encontré el aula unos minutos después. La mayoría de los estudiantes ya estaban dentro, conversando entre ellos mientras esperaban al profesor. Elegí un asiento cerca de la ventana y dejé la mochila en el suelo.

Tenía cosas más importantes de las que ocuparme.

Un horario que todavía no entendía del todo, profesores cuyos nombres apenas había memorizado y un instituto en el que parecía que todo el mundo conocía a todo el mundo, excepto yo.

Eso debía ser suficiente para mantenerme ocupada.

Y lo fue, al menos hasta que Jackson apareció junto a mi mesa durante el descanso.

—Por fin te encuentro —dijo, dejando una botella de agua frente a mí—. ¿Qué tal te está yendo?

—Bien. Creo que ya aprendí a llegar a mi aula sin perderme.

—Un avance considerable.

Le di un pequeño golpe en el brazo, y él soltó una risa antes de sentarse a mi lado.

Jackson era una de las pocas personas con las que me sentía cómoda desde que había llegado. Tenía esa facilidad para bromear incluso cuando las cosas no salían como esperaba, y agradecía que no intentara convertir cada pequeño problema en una tragedia.

Por eso me extrañó que su expresión cambiara cuando le mencioné el encuentro de aquella mañana.

—Por cierto, conocí a alguien en el pasillo —comenté mientras guardaba unos apuntes—. Me ayudó a encontrar el aula.

Jackson dejó de jugar con la tapa de su botella.

—¿Quién?

Su reacción me hizo mirarlo.

—Dylan. Alto, cabello oscuro. Bastante desagradable, por cierto.

Jackson no respondió inmediatamente.

—¿Hablaste con Dylan Blackwood?

—Supongo. ¿Lo conoces?

Se pasó una mano por la nuca. No parecía sorprendido por el nombre, pero sí incómodo.

—Todo el mundo lo conoce.

—Bueno, yo no.

Soltó el aire lentamente.

—Kayla, escucha. No quiero que te metas en problemas.

Me acomodé en el asiento.

—¿Qué problemas? Solo le pregunté dónde quedaba una sala.

—No digo que hayas hecho algo malo. Pero Dylan no es precisamente alguien con quien convenga interactuar.

Recordé su expresión cuando me había dicho que procurara mirar por dónde caminaba.

—Créeme, no parece tener dificultades para conseguir que la gente le tome antipatía.

Jackson no se rio.

Eso hizo que prestara más atención.

—Lo digo en serio —continuó—. No sé qué habrás escuchado sobre él, pero hay cosas que es mejor no averiguar por cuenta propia.

—¿Como qué?

—Como las razones por las que la gente se aparta cuando aparece.

Miré hacia el edificio principal. Desde donde estábamos podía ver a varios estudiantes cruzando el patio, hablando y riendo como si aquel fuera un día cualquiera.

—¿Le tienen miedo?

Jackson tardó un instante en contestar.

—Algunos, sí.

—¿Y tú?

Me miró directamente.

—Yo prefiero no tener problemas con él.

Aquella respuesta no me gustó demasiado. No porque esperara que Jackson se enfrentara a todo el mundo, sino porque parecía estar eligiendo cuidadosamente cuánto quería contarme.

—Está bien —dije finalmente—. No tengo intención de buscarlo.

Y era cierto.

No tenía ninguna razón para acercarme a Dylan otra vez. Ni siquiera sabía si volveríamos a coincidir.

Además, había algo en él que me aconsejaba mantener las distancias. No era exactamente miedo. Era más bien la impresión de que, detrás de aquella apariencia tranquila y de sus respuestas cortantes, existía una parte de su vida a la que yo no querría acercarme.

No sabía nada sobre él, pero su nombre bastaba para cambiar la actitud de Jackson.

Eso debía ser suficiente para mantenerme alejada.

—Bien —respondió Jackson, aunque todavía parecía preocupado—. Es lo único que te pido.

La conversación cambió poco después. Hablamos de las clases, de los profesores y de lo difícil que estaba resultando adaptarme a los horarios. Jackson consiguió hacerme reír un par de veces, y durante un rato dejé de pensar en aquella advertencia.

Pero, cuando regresé al aula, recordé algo que me molestó más de lo que debería.

Jackson había hablado de Dylan como si fuera alguien a quien era mejor evitar.

Y yo, en lugar de sentir únicamente curiosidad por saber qué había detrás de aquella reputación, seguía recordando su sonrisa.

Era ridículo.

No tenía sentido sentir interés por alguien de quien apenas sabía nada. Mucho menos por alguien que, según mi amigo, podía traerme problemas.

Así que decidí olvidarme del asunto.

Durante el resto de las clases me concentré en tomar apuntes y organizar mis horarios. No busqué a Dylan por los pasillos ni me detuve a observar cada rostro esperando encontrar el suyo.

De hecho, no volví a verlo.

Y eso me permitió recordar que el instituto era bastante grande, que tenía muchas cosas por hacer y que mi vida no iba a girar alrededor de un chico solo porque hubiera tenido una conversación extrañamente memorable con él.

Al terminar las clases, me despedí de algunos compañeros y salí del edificio con Jackson.

El cielo estaba cubierto de nubes grises, y el aire frío me hizo cerrar el abrigo mientras caminábamos hacia la salida.

—¿Qué vas a hacer esta tarde? —preguntó.

—Probablemente volver a casa, comer algo y terminar de organizar mis cosas. Una vida apasionante.

—Deberías salir un poco.

—Acabo de pasar todo el día rodeada de gente.

—Estar en un aula no cuenta como salir.

Lo miré de reojo.

—¿Y qué propones?

—Podríamos ir a un sitio esta noche. Conozco un lugar donde podemos sentarnos, escuchar música y olvidarnos un rato de las clases.

No estaba especialmente entusiasmada con la idea, pero tampoco me apetecía pasar otra tarde encerrada en el departamento, intentando acostumbrarme a una ciudad que todavía me resultaba ajena.

—¿Habrá mucha gente?

—Depende de lo que consideres mucha.

—Jackson.

—Está bien, habrá gente. Pero estaré contigo.

Lo pensé unos segundos antes de asentir.

—De acuerdo. Pero si resulta ser un sitio horrible, te lo recordaré durante el resto del semestre.

—Acepto el riesgo.

Nos despedimos poco después, y regresé a casa.

El departamento estaba silencioso cuando entré. Dejé la mochila junto al sofá, me quité el abrigo y fui a la cocina a preparar algo de comer. La rutina me ayudó a despejar la cabeza, y durante un rato conseguí pensar en cualquier cosa menos en el instituto.

Hasta que, mientras lavaba un vaso, recordé la voz de Dylan.

Procura mirar por dónde caminas.

Solté una pequeña risa.

—Qué imbécil.

No lo dije con verdadero enfado. De hecho, la frase me había parecido mucho más irritante en el momento que ahora, cuando podía recordarla sin tenerlo delante.

Y entonces pensé en su respuesta cuando le pregunté si siempre era tan amable.

Depende de la persona.

Me quedé quieta un instante, con el vaso todavía entre las manos.

Había algo desconcertante en recordar una conversación tan breve con tanto detalle. No porque hubiera sido especialmente importante, sino porque yo no solía quedarme pensando en personas que acababa de conocer.

Mucho menos en alguien que me había hablado como si me estuviera haciendo un favor por contestarme.

Quizá era precisamente eso lo que me intrigaba. Dylan no había intentado agradarme. Tampoco había buscado prolongar la conversación de una manera evidente. Sin embargo, cuando me había marchado, había tenido la extraña impresión de que ninguno de los dos había dicho todo lo que quería decir.

Probablemente estaba imaginando cosas.

No podía saber qué había pensado él. Tal vez ni siquiera recordaba mi nombre.

Y, aunque lo recordara, eso no significaba nada.

Me sequé las manos y volví a mi habitación.

Tenía que prepararme para salir más tarde. Elegí ropa cómoda, dejé el teléfono cargando y me senté en la cama para revisar algunos mensajes.

Uno de Jackson apareció en la pantalla.

Jackson: Paso por ti en un par de horas. No te arrepientas.

Yo: Todavía puedo hacerlo.

Jackson: No te dejaré.

Sonreí y dejé el teléfono a un lado.

La idea de salir me parecía cada vez más conveniente. Necesitaba distraerme, conocer gente y dejar de darle tantas vueltas a lo que paso en el día.

Sobre todo, necesitaba dejar de pensar en Dylan Blackwood.

Había algo en él que me atraía, y eso era precisamente lo que no me gustaba.

No lo conocía. No sabía qué clase de persona era cuando no estaba en los pasillos del instituto, ni por qué Jackson parecía tan cuidadoso al hablar de él. No tenía motivos para confiar en él y, por lo poco que había visto, tampoco tenía razones para buscar su compañía.

Su atractivo no cambiaba nada de eso.

Podía reconocer que era guapo sin convertirlo en algo más. Podía sentir curiosidad sin necesidad de satisfacerla. Y podía admitir que aquel breve encuentro me había dejado pensando en él sin que eso significara que quisiera volver a verlo.

Era sencillo.

Al menos, eso intenté creer.

Cuando el teléfono vibró de nuevo, ya estaba terminando de arreglarme. Jackson me avisó de que estaba abajo, y tomé mi abrigo antes de salir.

Cerré la puerta del departamento y guardé las llaves en el bolso.

No tenía idea de cómo terminaría aquella noche.

Pero sí sabía una cosa: no iba a buscar a Dylan.

No iba a preguntarle a Jackson más cosas sobre él, ni a intentar descubrir dónde solía pasar el tiempo. No iba a inventarme excusas para cruzármelo en el instituto.

Si volvía a verlo, sería una coincidencia.

Y si no volvía a verlo, mejor.

Bajé las escaleras y salí a la calle, donde Jackson me esperaba con una sonrisa satisfecha.

—Sabía que vendrías.

—No te acostumbres.

Me reí mientras caminábamos hacia su coche.

Por primera vez en todo el día, mi mente estaba ocupada con algo distinto.

No sabía cuánto duraría.

Pero, por ahora, me bastaba con eso.

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