LOGINDylan
No acostumbraba a repetir los mismos errores.
En mi mundo, una equivocación podía costarte dinero, territorio o algo mucho más difícil de recuperar. Por eso prefería resolver los problemas antes de que tuvieran oportunidad de crecer.
Aquella noche no era diferente.
El bar estaba más concurrido de lo habitual, aunque nadie habría dicho que sus clientes habían ido allí para divertirse. Las conversaciones se mantenían en un volumen moderado, las miradas se cruzaban con cautela y los hombres que trabajaban para mí ocupaban sus lugares de siempre.
Era un sitio discreto.
Eso era precisamente lo que me interesaba.
No necesitaba que la gente conociera el lugar. Necesitaba que quienes debían encontrarlo supieran dónde estaba y que los demás no tuvieran razones para buscarlo.
Me encontraba en la zona privada, escuchando a Marco explicar lo ocurrido durante los últimos días. Había problemas con uno de nuestros contactos y, por lo visto, alguien había confundido mi paciencia con una oportunidad para sacar ventaja.
Un error bastante común.
Y bastante estúpido.
—¿Estás seguro de que fue deliberado? —pregunté.
Marco asintió.
—No hay otra explicación. Sabían lo que estaban haciendo.
Apoyé las manos sobre la mesa y lo observé durante unos segundos.
—Entonces no hay mucho más que discutir.
Los hombres que estaban con él guardaron silencio.
No me gustaban las reuniones innecesariamente largas. Si alguien cometía un error, esperaba que lo reconociera. Si podía solucionarse, quería una solución. Y si no podía, prefería saberlo cuanto antes.
—Quiero que revisen los movimientos de esta semana —ordené—. Hablen con quienes estuvieron involucrados y averigüen quién dio la información. No quiero volver a escuchar una explicación a medias.
—Entendido —respondió Marco.
—Y otra cosa. Si descubren que alguien está jugando a dos bandas, quiero saberlo antes de que decida hacerlo de nuevo.
Nadie hizo preguntas.
Bien.
Estaba a punto de dar por terminada la conversación cuando algo cambió en el pasillo.
No fue un ruido importante. Apenas un movimiento al otro lado de la puerta, seguido de un silencio demasiado repentino.
Levanté la mirada.
Había aprendido a reconocer cuándo alguien estaba cerca sin necesidad de verlo. No por alguna habilidad extraordinaria, sino porque llevaba demasiado tiempo rodeado de personas que preferían escuchar antes de hablar.
—Esperen aquí —dije.
Marco frunció ligeramente el ceño.
—¿Ocurre algo?
—Voy a comprobarlo.
Salí de la habitación y avancé hacia el pasillo de servicio.
Entonces la vi.
Kayla.
Durante un instante, mi mente tardó en relacionarla con el lugar en el que estaba. La recordaba en el instituto, con una hoja entre los dedos, intentando encontrar su aula. Recordaba su expresión cuando le había respondido con aquella frialdad que parecía haberle resultado más irritante que intimidante.
También recordaba su sonrisa.
No había sido gran cosa. Apenas un gesto breve, acompañado de una respuesta irónica.
Pero lo recordaba.
Y ahora estaba allí.
En uno de los pocos lugares donde no esperaba encontrarla.
Se había quedado inmóvil a unos metros de la entrada de la zona privada. Su expresión había cambiado al verme, aunque no de una forma que pudiera interpretar con certeza. Parecía sorprendida, quizá incómoda, pero no estaba paralizada ni buscaba desesperadamente una salida.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Otra vez aquella sensación.
No era algo que pudiera señalar o explicar. Simplemente, durante un instante, fui demasiado consciente de su presencia.
De su mirada fija en mí.
De la distancia que nos separaba.
De que había dejado de pensar en la conversación que acababa de tener.
No me gustó.
No porque ella hubiera hecho algo especialmente grave, sino porque estaba empezando a reconocer un patrón que no tenía intención de alimentar.
La había visto una vez en el instituto. Habíamos intercambiado unas cuantas palabras. Eso debía haber sido suficiente para olvidarme de ella.
Sin embargo, allí estaba, prestándole atención por segunda vez.
—¿Perdida? —pregunté.
Mi voz sonó tranquila. No necesitaba alzarla.
Kayla negó con la cabeza.
—Buscaba el baño.
Miré brevemente hacia el extremo del pasillo.
El baño estaba en la dirección contraria.
No dije nada al respecto.
Podía haber llegado hasta allí por accidente. También podía haberse equivocado de puerta. No tenía sentido inventar una explicación antes de escucharla.
Aun así, me pregunté cuánto habría oído.
La observé con detenimiento.
No parecía estar intentando fingir que no había pasado nada. Tampoco se apresuró a darme explicaciones. Simplemente permaneció frente a mí, con una expresión que mezclaba incomodidad y una determinación que no terminaba de encajar con el lugar.
—Este no es un sitio para ti, Kayla —dije.
Pronuncié su nombre deliberadamente.
Quería comprobar si recordaba quién era yo, aunque su expresión me dio a entender que no necesitaba aquella confirmación.
Sus cejas se juntaron ligeramente.
—Ya me voy.
No discutió. No intentó justificar su presencia ni me pidió que le explicara qué estaba haciendo allí.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el salón principal.
La seguí con la mirada.
No parecía tener intención de correr, y tampoco miró por encima del hombro para comprobar si iba detrás de ella. Caminaba con cierta rapidez, pero conservaba una dignidad que me resultó inesperadamente entretenida.
No estaba intentando impresionarme.
Eso era evidente.
Y, por alguna razón, me descubrí preguntándome qué habría pensado de mí después de nuestro primer encuentro.
La idea duró apenas unos segundos antes de que la apartara.
No tenía importancia.
Kayla era una estudiante del instituto. Una desconocida que había terminado en un lugar al que probablemente no debería haber entrado. Nada más.
Me repetí aquello mientras regresaba a la habitación.
Marco me esperaba junto a la mesa.
—¿Todo bien? —preguntó.
Asentí.
—Sí.
Volví a ocupar mi lugar, pero tardé un poco más de lo habitual en retomar la conversación.
Marco se dio cuenta.
—¿La conoces?
Levanté la mirada.
—¿A quién?
—A la chica que acaba de salir.
Lo observé con una expresión que debería haber bastado para que dejara de preguntar.
No lo hizo.
—Te has quedado mirándola.
—Es una estudiante.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la respuesta que vas a recibir.
Marco alzó las manos, dando por terminada la discusión, aunque la expresión de su rostro dejaba claro que no estaba convencido.
Volví a concentrarme en el asunto que teníamos pendiente.
O lo intenté.
Porque, durante los minutos siguientes, una parte de mi atención continuó regresando al mismo lugar.
Al pasillo.
A su expresión cuando me había visto.
A la forma en que había respondido sin buscar una excusa para quedarse.
No sabía si había escuchado algo importante. Tampoco sabía qué hacía allí ni si volvería a aparecer en aquel lugar.
Y, sin embargo, quería saberlo.
La idea me hizo apretar ligeramente la mandíbula.
No tenía motivos para interesarme por ella. Ni siquiera podía afirmar que me gustara. Era demasiado pronto para eso, y no acostumbraba a confundir una impresión con algo más.
Pero había algo en Kayla que me resultaba difícil de ignorar.
Tal vez era su manera de mirarme sin intentar adivinar qué respuesta esperaba de ella. Tal vez era aquella ironía que había aparecido en nuestro primer encuentro, como si mi actitud no fuera suficiente para hacerla callar.
O quizá era simplemente el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien había conseguido despertar mi curiosidad sin proponérselo.
No me gustaba tener preguntas sin respuesta.
Y Kayla acababa de convertirse en una de ellas.
—Dylan —me llamó Marco.
Volví la atención hacia él.
—¿Qué?
—Te preguntaba si seguimos adelante con lo que hablamos.
Miré los documentos sobre la mesa y asentí.
—Sí. Hazlo.
La conversación continuó durante un buen rato. Revisamos los detalles pendientes, distribuimos las tareas y dejamos claro qué esperaba de cada uno.
Cuando finalmente salí del bar, la noche estaba más fría.
Subí a mi moto y me coloqué el casco. Tenía asuntos que atender al día siguiente y ninguna razón para seguir pensando en una estudiante que probablemente estaría durmiendo cuando yo llegara a casa.
Aun así, mientras encendía el motor, recordé su nombre.
Kayla.
Lo pronuncié mentalmente una vez, casi por costumbre.
Después arranqué.
No iba a buscarla.
No tenía intención de acercarme a ella ni de averiguar más de lo necesario.
Pero, mientras conducía de regreso, tuve que admitir algo que me resultó bastante más molesto que la curiosidad.
Una parte de mí esperaba volver a encontrarla.
Y no tenía la menor idea de qué hacer con eso.
KaylaAcepté ir porque no quería quedarme sola.Eso fue todo. Nada más profundo ni más complejo. Jackson insistió en que solo sería un rato, que habría música y gente conocida, y que no tenía sentido pasar otra noche encerrada en el departamento.No estaba del todo convencida, pero tenía que admitir que necesitaba distraerme.Llevaba todo el día intentando adaptarme al instituto, recordar nombres y entender horarios. Además, había descubierto que mi mente tenía una costumbre bastante molesta: volver a las cosas que yo prefería dejar atrás.Como Dylan Blackwood.No había vuelto a verlo desde nuestro encuentro en el pasillo, pero recordaba demasiado bien su rostro y aquella sonrisa fugaz que había aparecido cuando le respondí con ironía.No era algo importante.Al menos, eso me decía.Podía encontrar atractivo a alguien sin que eso significara que quisiera conocerlo. Y mucho menos cuando Jackson había dejado bastante claro que prefería que mantuviera las distancias.Así que decidí no pe
DylanNo acostumbraba a repetir los mismos errores.En mi mundo, una equivocación podía costarte dinero, territorio o algo mucho más difícil de recuperar. Por eso prefería resolver los problemas antes de que tuvieran oportunidad de crecer.Aquella noche no era diferente.El bar estaba más concurrido de lo habitual, aunque nadie habría dicho que sus clientes habían ido allí para divertirse. Las conversaciones se mantenían en un volumen moderado, las miradas se cruzaban con cautela y los hombres que trabajaban para mí ocupaban sus lugares de siempre.Era un sitio discreto.Eso era precisamente lo que me interesaba.No necesitaba que la gente conociera el lugar. Necesitaba que quienes debían encontrarlo supieran dónde estaba y que los demás no tuvieran razones para buscarlo.Me encontraba en la zona privada, escuchando a Marco explicar lo ocurrido durante los últimos días. Había problemas con uno de nuestros contactos y, por lo visto, alguien había confundido mi paciencia con una oportun
KaylaNo entendía por qué seguía pensando en él.Habían pasado apenas unos minutos desde que me había indicado dónde quedaba el aula y, aun así, su nombre continuaba dando vueltas en mi cabeza como una canción que no conseguía quitarme de encima.Dylan.Me repetí que no tenía ninguna importancia. Había conocido a alguien en un pasillo, había hecho el ridículo al chocar con otra persona por no prestar suficiente atención y, después de intercambiar unas cuantas palabras, cada uno había seguido con su día.No había ocurrido nada extraordinario.Entonces, ¿por qué recordaba con tanta claridad la manera en que me había mirado?Sacudí ligeramente la cabeza y terminé de subir las escaleras. Todavía tenía que encontrar mi aula, instalarme y, con suerte, conseguir que aquel día dejara de parecer una sucesión de pequeños desastres.No necesitaba complicarlo pensando en un desconocido.Aunque, si era sincera conmigo misma, Dylan no me había parecido precisamente un desconocido cualquiera.Era at
DylanEl sonido de los disparos no me despertó.Nunca lo hacía.Lo que me arrancó del sueño fue el silencio posterior, ese segundo espeso que llega después del caos, cuando sabes que alguien acaba de morir y el mundo sigue girando como si nada. Abrí los ojos lentamente, observando el techo oscuro de mi habitación mientras mi mente terminaba de ordenar la información.Había habido un ataque.El olor a pólvora tardó unos segundos en llegar hasta mí, filtrándose por las rendijas de las ventanas abiertas. Afuera, el amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de un gris enfermizo. Me incorporé y pasé una mano por mi rostro, sintiendo el cansancio acumulado en los huesos.Malditos rebeldes.Me levanté de la cama sin mirar atrás. Sabía que la chica que había dormido conmigo esa noche seguiría ahí, envuelta en sábanas caras, creyendo que había compartido algo más que un par de horas con un desconocido peligroso.No recordaba su nombre.Tampoco me importaba.Nunca lo hacía.Caminé hacia el bañ







