FAZER LOGIN**NATALY**
—¡Abre la maldita puerta! —le grité al chofer por quinta vez, golpeando el respaldo de su asiento.
El hombre ni parpadeó. Mantenía la vista fija en el camino arbolado que conducía a las afueras de Milán.
—El señor Valtieri ordenó seguridad absoluta, señorita —respondió con una voz monótona que me dio ganas de estrangularlo.
—¡Me importa un carajo lo que ese imbécil ordene!
“Calma, Nataly. Piensa.”
Me crucé de brazos, hundiéndome en los asientos de cuero del auto negro. La Costa Azul parecía quedar a un millón de años luz de distancia. Adiós a las noches de fiesta, adiós a mi libertad. Todo por culpa de mis hermanos y de ese magnate con ojos de témpano.
El vehículo redujo la velocidad al cruzar una monumental puerta de hierro forjado. Frente a mí se alzó la propiedad de Gabriele Valtieri. Una villa colosal de arquitectura clásica, rodeada de muros altos y guardias con trajes oscuros. Una jaula de oro perfecta.
El auto se detuvo en la entrada principal. El chofer bajó y me abrió la puerta con una reverencia que me pareció un insulto.
—Bienvenida a su nuevo hogar, señora Valtieri.
—No me llames así —le espeté, bajando del auto de un salto.
Una mujer mayor, de cabello canoso recogido en un moño pulcro y uniforme negro, me esperaba en el umbral. Tenía una postura rígida, pero sus ojos mostraron un destello de compasión al verme.
—Señorita Laurent, soy Francesca, el ama de llaves —se presentó con voz suave—. Por favor, acompáñeme. Le mostraré su habitación.
—Espero que sea una suite con cerradura por dentro —gruñí, siguiéndola por el vestíbulo de mármol blanco, iluminado por una lámpara de cristal gigante.
Subimos una imponente escalinata doble. El lugar apestaba a dinero, a orden, a todo lo que yo odiaba. Francesca se detuvo al fondo del pasillo del segundo piso y abrió una pesada puerta de madera oscura.
Al entrar, me quedé helada. La habitación era enorme, dominada por una cama king size con sábanas de seda gris oscuro. En una esquina, mis maletas ya estaban desempacadas; mi ropa colgaba en un vestidor abierto. Pero lo que me congeló la sangre fue el olor. Madera, tabaco caro y masculinidad.
—Esta no es una habitación de huéspedes, Francesca —dije, dándome la vuelta con el corazón latiéndome en la garganta.
—No, señorita —admitió la mujer, bajando la mirada—. El señor Valtieri ordenó que se prepararan sus aposentos principales. Usted compartirá esta alcoba con él.
—¡Ni loca! —exclamé, sintiendo un escalofrío de pura rabia—. ¡Saca mis cosas de aquí ahora mismo! No voy a dormir en la misma cama que ese monstruo.
—Me temo que esa no es una opción, *ragazza*.
La voz profunda y áspera de Gabriele resonó desde la puerta. Me giré de golpe. Estaba apoyado en el marco, con el saco del traje colgado de un dedo sobre el hombro y la corbata ligeramente floja. Se veía impecable, peligroso y exasperantemente dueño de la situación.
Francesca hizo una rápida reverencia y se escabulló de la habitación, cerrando la puerta a nuestras espaldas.
Nos quedamos solos. La tensión en el aire se volvió insoportable en un segundo.
—No voy a dormir aquí, Valtieri —le solté, plantándole cara en mitad de la alfombra—. Consígueme otro cuarto o dormiré en el suelo del pasillo.
Gabriele tiró el saco sobre un sillón cercano y caminó hacia mí con esa parsimonia de depredador que me ponía los pelos de punta. Se detuvo a centímetros, obligándome a mirar hacia arriba para sostenerle la mirada.
—Ya leíste el contrato, Nataly —murmuró, y su aliento rozó mis labios—. Eres mi esposa. Tu lugar está donde yo esté. En mi oficina, en mi casa y en mi cama.
—El contrato dice que me casé contigo, no que soy tu esclava —le siseé, empujándolo del pecho con ambas manos.
Fue como intentar mover una roca de granito. Gabriele ni se inmutó. En cambio, me agarró de las muñecas con una sola mano, atrapándolas con un agarre firme pero que no llegaba a lastimarme. Me arrastró un paso hacia él, obligándome a arquear la espalda.
—Vas a aprender a moderar esa boquita, mi preciosa rebelde —susurró, con sus ojos grises brillando con una intensidad oscura que me hizo jadear—. Aquí no tienes a tus hermanos para que te consientan los caprichos. Estás en mi terreno.
—Suéltame —exigí, negándome a mostrar el miedo que empezaba a colarse por las grietas de mi furia.
—Te soltaré cuando entres en razón —respondió, inclinándose más, hasta que su nariz rozó mi mejilla—. Hoy ha sido un día largo. Te sugiero que te des un baño y te metas a esa cama. Yo tengo asuntos que atender en mi despacho. Pero cuando regrese… espero encontrarte lista.
Me soltó de golpe, dejándome libre. Di un paso atrás, frotándome las muñecas mientras lo veía caminar hacia la puerta.
—¿Y si me escapo? —le desafié a su espalda, con la voz temblando de rabia.
Gabriele se detuvo en el umbral, mirándome de reojo sobre el hombro con una sonrisa gélida que me caló los huesos.
—Inténtalo. Mis guardias tienen órdenes de regresarte a esta habitación cargada en hombros si es necesario. Buenas noches, Nataly.
La puerta se cerró con un golpe seco, y escuché el sonido inequívoco de la llave girando por fuera. Estaba encerrada. Con él.
La rabia me cegó. Corrí hacia la puerta y golpeé la madera con los puños hasta que me ardieron los nudillos.
—¡Abre, maldito infeliz! ¡Ábreme! —grité, pero mi voz solo rebotó en las paredes de la enorme alcoba. No hubo respuesta. Nada más que el silencio sepulcral de la villa.
Me deslicé de espaldas contra la puerta hasta quedar sentada en el suelo, abrazando mis rodillas. “Me vendieron. Mis propios hermanos me dejaron aquí”. El peso de la realidad me cayó encima como una losa. Chloé tenía razón; el apellido Laurent ya no valía nada, y yo era el precio de su maldito rescate.
Pasó una hora. Quizá dos.
El dolor en el pecho se transformó en una furia fría y calculadora. Me levanté del suelo, limpiándome la cara con desprecio. No me iba a quedar aquí a llorar como una víctima. Si Gabriele Valtieri quería una esposa de adorno, se había equivocado de mujer.
Caminé hacia el ventanal. Estaba sellado. Miré hacia abajo; la caída desde el segundo piso era directa hacia el pavimento del patio, donde dos guardias fumaban en silencio. Escapar a pie era un suicidio.
“Piensa, Nataly. Piensa”.
Me giré hacia el baño de la suite. Era un despliegue obsceno de mármol negro, con una tina de hidromasaje y enormes espejos iluminados. Sobre el tocador, encontré un albornoz de seda blanca. Me quité la ropa del viaje, sintiéndome sucia por el ambiente de Milán, y me metí a la ducha. Dejé que el agua hirviendo me pusiera la piel roja, intentando quitarme la sensación de las manos de Gabriele en mis muñecas.
Al salir, me amarré la bata con fuerza, cruzando los brazos sobre mi pecho. Me senté en el borde de la inmensa cama gris, mirando fijamente la puerta. Cada minuto era una tortura. El tic-tac de un reloj de pared me taladraba los oídos.
Entonces, escuché el clic de la cerradura.
Me puse de pie de un salto, tensando cada músculo.
La puerta se abrió y Gabriele entró. Ya no llevaba el chaleco ni la camisa formal; vestía una playera negra de algodón que marcaba sus hombros y unos pantalones oscuros. Se veía menos corporativo, pero el triple de peligroso. Tenía un vaso de cristal con licor en la mano.
Se detuvo al verme en mitad de la habitación, con el cabello húmedo y la bata de seda. Sus ojos grises se oscurecieron al instante, recorriéndome con una lentitud que me hizo arder la piel.
—Veo que seguiste mi consejo —dijo, cerrando la puerta detrás de él sin echar la llave esta vez. Caminó hacia la mesa de noche y dejó el vaso—. Te ves más dócil cuando no estás gritando.
—No soy dócil, Valtieri —le respondí, clavándole la mirada—. Y no te equivoques. Estoy usando tu bata porque la ropa que tus hombres trajeron no pienso desempacarla; ni en sueños me quedaré aquí.
**GABRIEL**El crujido de las puertas de roble de la Basílica de Santa María resonó en el altar como un trueno de guerra.Toda la alta sociedad romana, los directores del banco central y los socios de los astilleros de Génova se pusieron de pie al ver entrar a Nataly. Caminaba sobre la alfombra roja con la barbilla en alto, sosteniendo el ramo de orquídeas negras con una mano y luciendo el vestido blanco como si fuera una armadura de combate. Su mirada no se desviaba hacia los invitados; sus ojos oscuros estaban clavados en los míos con un fuego implacable que me aceleraba el corazón a mil por hora.En cuanto llegó a mi lado frente al arzobispo, le tomé la mano izquierda, apretándole los dedos con una firmeza que le sacó un suspiro corto y profundo.—Te ves intratable, signora —le murmuré al oído en mitad del canto litúrgico, rozando con el pulgar la piel tibia de su muñeca.—Gánate la corona, Gabriel… que el sermón es largo —me respondió en un susurro cargado de picardía, sosteniéndo
**NATALY**En cuanto la puerta se cerró, Gabriel me acorraló contra el respaldo del sofá de piel, atrapándome las manos antes de que pudiera cruzarlas en señal de protesta.—Vas a ponerte el vestido, pequeña rebelde —siseó en un murmullo rasposo, pegando su boca a mi oído mientras su mano bajaba a presionar suavemente mi vientre—. Vas a llevar el velo, vas a caminar hacia el altar y vas a dejarle claro a toda Roma que eres la única reina de esta dinastía.—Gabriel, no quiero ese circo… —gimió mi boca, intentando zafarme de su agarre, pero el calor de su cuerpo envolviéndome y el tono posesivo de su voz empezaron a disolver mi resistencia.—No es un circo, es la corona —corregí él, dándome una mordida seca en el cuello que me sacó un jadeo limpio—. Y la vas a llevar puesta con mi hijo en la panza.GABRIELTres días después, el Palazzo imperial de Roma parecía un campo de batalla tomado por diseñadores de alta costura, floristas y jefes de seguridad armada.Nataly estaba de pie sobre el
**NATALY**El zumbido de las hélices era casi imperceptible gracias al insonorizado de la cabina, pero la tensión dentro del habitáculo se podía cortar con un bisturí. Al fondo, el doctor Rinaldi guardaba sus aparatos con una sonrisa nerviosa, mientras Gabriel me acomodaba por tercera vez una manta de cashmere sobre las piernas como si estuviera hecha de cristal.—Cállate y tómate el agua, chica —me ordenó Gabriel sin inmutarse, pasándome una botella de cristal con una firmeza que no admitía réplicas—. La presión la tienes un poco alta por el berrinche que armaste en la pista antes de subir.—Armé un berrinche porque mandaste a tres escoltas a llevarme la maleta como si llevara lingotes de oro adentro —le contesté, bajándome las gafas de sol para clavarle los ojos oscuros—. Me quitaste los tacones, me pusiste estos mocasines planos de abuela y encima trajiste al médico a bordo. Parece una prisionera VIP.Gabriel soltó un gruñido rasposo, ese sonido cavernoso que le nacía en el pecho c
**GABRIEL**Le pasé los dedos llenos de jabón por el cuello, bajando lentamente por la curva de sus pechos —cada vez más sensibles y firmes— hasta llegar a su vientre plano.—Suéltame, Valtieri… en serio —murmuró ella, aunque su voz ya no sonaba tan furiosa. Había echado la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, respirando a bocanadas cortas mientras mis manos continuaban su recorrido por debajo del agua.—No te voy a soltar jamás, chica —le siseé al oído, mordisqueándole el lóbulo con una lentitud tortuosa que la hizo soltar un jadeo limpio—. Te aguantas el jugo, te aguantas los mimos y te aguantas que me meta al baño contigo todas las mañanas.—Eres un tirano… un tirano insoportable y mimoso —protestó sin ganas, girándose despacio entre mis brazos en la bañera, mirándome con esos ojos oscuros cargados de esa mezcla de fastidio y deseo salvaje.—Soy tu esposo, Signora —corregí, atrapándole la barbilla con dos dedos mojados para aplastarle los labios en un beso profundo, calient
NATALY—¡Que te quites, Gabriel! ¡No soy una persona con discapacidad! —le espeté, intentando apartar la bandeja de plata que me estaba encajando casi en el pecho.Allí estaba el gran Gabriel Valtieri, el terror del consejo de Roma y el magnate más frío del Mediterráneo, parado al lado de la cama en pantalones de chándal y sin camiseta, sosteniendo una taza de té de jengibre y un plato de frutas frescas como si fuera un camarero de lujo.—Te tomas el té y te comes la fruta, chica —me ordenó con esa voz de mando que usaba en los astilleros, pero con una fijeza en los ojos grises que me daba ganas de tirarle un cojín a la cabeza—. El médico dijo que tienes que alimentarte bien. Eres muy joven, te la pasas a base de café y trabajo, y ni de chiste sabes cuidarte sola.—Tengo veintidós años, no diez —le solté, cruzándome de brazos sobre la bata de seda negra, mirándolo con cara de pocos amigos—. Sé perfectamente cómo cuidar de mi cuerpo. Lo que no tolero es que ahora pretendas ponerme un g
GABRIELVeinte minutos después, el agua hirviendo de la ducha del baño de mármol caía a chorros sobre los dos.Nataly estaba de espaldas a mí, apoyando las palmas de las manos contra el cristal empañado, mientras la manguera de agua le bajaba por la melena oscura, pegándosela a la piel. Las marcas rojas de mis dedos en sus caderas eran el mapa clarísimo de la carnicería de hace un rato en la entrada.Me acerqué por detrás, pegando mi torso mojado a su espalda, pasándole los brazos por la cintura para juntarla a mí.—Vas a llegar tarde a la junta con ese pelo, signora —le dije al oído, dándole un beso en la coyuntura del hombro mientras le acariciaba el abdomen con la palma de la mano.—Llego tarde porque a mi querido socio le da por cobrar peajes a mitad del pasillo —se burló ella, echando la cabeza hacia atrás sobre mi hombro, mirándome de reojo con una sonrisa ladina que me daba ganas de volver a empezar.—Tú pediste el cincuenta por ciento del imperio, chica. Esto viene en el paque







