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Capítulo 2

Auteur: Cazzandro
¡No!

¡No, esto no!

Al sentir esa erección gruesa y ardiente contra mí, me desesperé; pero la ropa era tan delgada que no podía evitar notar la dureza de Arian. Al contrario, lo único que logró fue arrancarle a Arian un jadeo ronco.

—Ah… ¡qué rico…!

Al escuchar esa voz tan grave, me quise morir de vergüenza y rabia. Al ver que ni siquiera me atrevía a forcejear, Arian se envalentonó. Arian pegó su cuerpo robusto a mi espalda e incluso estiró la mano para tocarme.

Sentí un escalofrío en la cintura y, por puro reflejo, apreté las piernas.

Siendo yo, una mujer tan frágil, ¿qué fuerza podía tener frente a un tipo tan corpulento y fuerte? En un dos por tres venció mi resistencia y empezó a juguetear con mi intimidad, ya empapada.

No me quedó más remedio que morderme el labio, bajar la mirada con las mejillas ardiendo y soportar que esos dedos fuertes abusaran de mí a su antojo.

Tenía que admitirlo. Ese hombre sabía lo que hacía. Me acariciaba con lentitud, como quien toca un instrumento; frotaba, jugueteaba y apretaba dentro de mis calzones, seguro de lo que hacía.

Sus caricias insistentes no tardaron en despertar ese deseo que yo mantenía enterrado. Me temblaba todo el cuerpo; las piernas me fallaban. Yo estaba demasiado sensible y no aguantaba aquella arremetida.

Aquella sensación, tan extraña como placentera, me hizo sonrojar hasta el cuello. Yo debía detener esa invasión y, sin embargo, muy en el fondo me nacía una expectativa vergonzosa, el deseo urgente de que el hombre que abusaba de mí diera el siguiente paso.

¿Qué me estaba pasando? ¿Tanta falta me hacían las caricias de un hombre? ¡Yo era una mujer casada!

La vergüenza, mezclada con el roce constante allá abajo, me dejó sin fuerzas; apenas lograba sujetarme al pasamanos para no desplomarme ahí mismo.

Arian no se perdía ninguno de mis esfuerzos inútiles por disimular.

En su cara se le mezclaban la emoción y la certeza de que ya había ganado; apenas llevaba un momento tocándome y yo ya estaba empapada. Seguro que creía que haría suya con toda facilidad a la mujer que tenía enfrente.

Decidido a devorarme, arremetió con más violencia. Arian tampoco se quedó quieto. Aprovechó el gentío, levantó el borde de mi falda y acomodó debajo esa erección que se apretaba contra mí. Arian remató con los dedos. Apartó la tela delgada de mis calzones y, al sentir la humedad, fue directo a mi rincón más íntimo.

Un chasquido húmedo. La punta se hundió en mí sin el menor esfuerzo.

—Mmm… no… ¡esto no…!

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