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Caminito de mi Escuela
Caminito de mi Escuela
Auteur: Cazzandro

Capítulo 1

Auteur: Cazzandro
Me llamo Casandra Enríquez y tengo veintiséis años. Soy atractiva, tengo buen cuerpo y doy clases en una secundaria privada. Pero en mi vida íntima no paso de ser una esposa insatisfecha y muerta de ganas.

A mi esposo, Ramsés Ortega, ya se le notan los años. Cada vez rinde menos en la cama y me busca menos.

Muchas veces termina dejándome insatisfecha. Aunque me ponga la lencería más atrevida y trate de provocarlo, casi nunca se le para. Cada noche, ya tarde, termino arreglándomelas yo sola…

Una vida así me tiene desesperada y llena de deseo. Hasta llegué a fantasear con que un hombre fuerte me sujetara y me tomara como un salvaje…

Pero sé que esas fantasías están mal.

Después de todo, soy una mujer casada. Pero mientras más se alarga esta situación, más intensas se vuelven esas ideas absurdas. No me queda de otra que concentrarme en el trabajo.

Pero aquel día, después de tomar el camión como siempre, en plena hora pico, la gente me fue empujando hacia un rincón y, en medio del apretujón, algo duro como una piedra se me clavó en el trasero.

—¡Qué cosquilleo…!

Sabía lo que era esa dureza. Quise apartarme enseguida, pero el camión iba llenísimo.

No podía moverme ni un centímetro; al contrario, la dureza del hombre que tenía detrás, pegada a mi trasero, me provocaba un hormigueo que me aflojaba todo el cuerpo y me hacía arder.

Cada vez que el camión arrancaba o frenaba, la inercia me empujaba contra él. Y aquel bulto no dejaba de abrirse paso entre mis nalgas carnosas. Sentirme expuesta, manoseada delante de todo el mundo, me tenía muerta de vergüenza.

Y lo peor era que, con cada sacudida, sentía cómo aquello se ponía cada vez más grueso y más duro…

¡Demonios!

Aun a través de la falda entallada, su dureza caliente me mataba de vergüenza y, al mismo tiempo, me dejaba sin fuerzas…

—Ah…

Con cada empuje de su cadera, me ponía más roja, hasta las orejas. Nunca antes me habían manoseado en un lugar así. Y eso que era una mujer casada…

Quería morirme de vergüenza y de rabia. Intenté voltearme para reclamarle a gritos, pero apenas giré la cabeza me quedé muda de la impresión.

Conocía al hombre que se apretaba contra mí. Era Arian Zamora, el papá de una de mis alumnas. ¡Hasta lo había visto varias veces en las reuniones de padres de la escuela!

Con solo pensar que el hombre que me estaba manoseando en el camión era el papá de una de mis alumnas, entré en pánico.

Me avergüenzo con facilidad. Si hubiera sido un desconocido, habría podido ponerme seria y reprocharle su descaro con firmeza; pero frente a un conocido no supe ni qué hacer.

Aturdida, volví a mirar al frente. Nunca pensé que mi reacción lo envalentonaría. Empezó a empujar con más fuerza, y yo sentía su enorme dureza presionándome justo en el punto más sensible.

No podía hacer nada, solo me quedaba intentar apartarme, con las mejillas ardiendo. El camión iba de bote en bote; no había espacio para moverme ni manera de bajarme. Me desesperé.

Pero no tenía adónde escapar. Roja y nerviosa, apenas moví las nalgas. Lo que jamás imaginé fue que, con ese movimiento, su dureza se acomodaría entre mis nalgas y, de un solo golpe, acabaría presionándome la parte más sensible…

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  • Caminito de mi Escuela   Capítulo 14

    No sabía cómo explicárselo a mi esposo, pero Arian reaccionó primero y echó a correr. Ramsés fue más rápido. Tomó el florero que tenía a mano sobre el mueble y se lo lanzó a Arian, que huía. El florero no se desvió ni un centímetro. Se estrelló de lleno contra la cabeza de Arian con un estruendo.Vi, sin poder hacer nada, cómo Arian se desplomaba y empezaba a sangrar a chorros por la cabeza. ¡No sabía qué hacer!—¡Te atreviste a cogerte a mi mujer! ¡Maldito!Me quedé paralizada. Ramsés se abalanzó sobre él y empezó a molerlo a golpes y patadas mientras Arian seguía tirado en el suelo.Unos cuantos puñetazos bastaron para dejarlo agonizando. Solo entonces reaccioné.—¡Lo estás matando! ¡Lo estás matando!Quise detenerlo, pero Ramsés se volvió y me dio una cachetada que me volteó la cara.—¡Perra asquerosa! ¡Me pusiste los cuernos! ¡Tú tampoco vales nada!Ramsés temblaba de furia. Descargó toda su violencia contra Arian, que seguía inconsciente en el suelo. La sangre seguía extendiéndose

  • Caminito de mi Escuela   Capítulo 13

    —No… no…Intenté negarme, pero mi cuerpo no aguantaba las oleadas de placer y terminaba cediendo bajo las embestidas feroces de Arian. Sentía que era la mayor locura que había hecho hasta entonces.Pero era obvio que a Arian no le bastaba. Incluso propuso que nos fuéramos a los pies de la cama donde dormía Ramsés para hacerlo otra vez, sin el menor pudor.En ese momento, por fin volví en mí. ¡Pensé que ese tipo estaba loco! Una cosa era acostarme con otro, pero ¿delante de mi esposo? ¡Jamás!—Si no quieres, está bien. No te estoy obligando.Al ver que me negaba así, Arian se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa. Pero yo ya no tenía ganas de seguir, así que le pedí que se fuera.—Cuando terminemos. ¿No le parece?Pero Arian no quiso irse. Ya le había agarrado el gusto y sabía que yo no podía negarme; insistió tanto, mezclando ruegos y artimañas, que acabé otra vez de rodillas sobre el sillón, recibiendo aquel masaje profundo.Con cada una de sus embestidas, aquella sensación m

  • Caminito de mi Escuela   Capítulo 12

    Arian llevaba una gabardina hasta la rodilla y me miraba con una sonrisa burlona. Temiendo que entrara y despertara a mi esposo, salí a toda prisa y lo empujé hacia afuera. No esperaba que él aprovechara el impulso para atraparme entre sus brazos.—Así no… Mi esposo está aquí…Forcejeé, pero sentí algo duro apretado contra mi vientre. Bajé la mirada por instinto y entonces lo descubrí.¡Debajo de la gabardina, Arian no traía nada puesto! Aquel miembro enorme que tantas veces me había hecho tocar el cielo estaba ahí, duro contra mi vientre, y encima palpitaba.—¿Qué? ¿No te gusta?Arian me envolvió con la gabardina y, con esa sonrisa burlona, me miró desde arriba. Me miró hasta que me ardieron las mejillas y me puse hecha un manojo de nervios. Por un lado, que se atreviera a proponerme un juego así me sorprendía y me excitaba.Pero, por otro lado, me aterraba que Ramsés se despertara y nos descubriera…—¿Cómo se te ocurre venir así…?Pegada a su cuerpo, sentía aquella dureza descomunal;

  • Caminito de mi Escuela   Capítulo 11

    Jadeaba en el baño, deseando que fuera mi esposo quien me consolara en un momento así. Pero solo me quedaron el vacío y el consuelo de mis dedos. Esa vez no me detuve hasta quedar exhausta; solo entonces volví arrastrándome al cuarto.Al ver a Ramsés, que ya dormía profundamente de espaldas a mí, supe que nada volvería a ser como antes. Después de algo así, lo que sentía por él no era solo culpa; también había una emoción imposible de nombrar. Quizá eso era el sabor de lo prohibido.Esa noche, hasta en sueños reviví aquella escena mientras mi esposo me llamaba. O quizá me volví adicta a esa emoción. En los días siguientes, de vez en cuando inventaba un pretexto para verme con Arian.A veces en su casa; otras, en un hotel.—¿Y tu esposa?Después de acostarnos otra vez, por fin le hice la pregunta que llevaba tiempo dándome vueltas.—¿No sientes que la estás traicionando con esto?Arian se rio.—¿Y tú? ¿No sientes que estás traicionando a tu esposo con esto?Mientras hablaba, me levantó

  • Caminito de mi Escuela   Capítulo 10

    En la foto me veía más provocativa que nunca. Era la primera vez que me veía así, desde ese ángulo. Y más en ese momento, con mi esposo frente a mí. ¡Me moría de vergüenza!No sabía qué pretendía Arian con esa imagen, pero, después de darle muchas vueltas, aproveché que Ramsés estaba distraído; agarré el celular, me tomé a escondidas una foto bajo la falda y se la mandé a Arian.“Qué rico”.En cuanto vi la nueva respuesta de Arian, me apresuré a borrar todos nuestros mensajes. Para entonces, Ramsés ya había levantado la copa de vino tinto.—Por nuestro aniversario.—Por nuestro… aniversario.Tomé la copa con la culpa encima y la cabeza en otra parte.Por fin terminamos de cenar y llegó la hora de bañarnos. Apenas me había desvestido cuando Ramsés también entró, sin que lo viera venir.—Hace mucho que no nos bañamos juntos, ¿no?Al ver mi cara de sorpresa, ni se inmutó. Pero en cuanto se metió conmigo en la ducha, empezó a recorrerme el cuerpo con las manos, sin vergüenza.—¿Qué haces…?

  • Caminito de mi Escuela   Capítulo 9

    Arian ya debía de conocerme demasiado bien y sabía que yo era muy buena persona. Le bastaron dos o tres caricias para hacerme caer en otra ronda que me dejó sin aliento. Cuando quise irme, se empeñó en que no me pusiera la ropa interior; dijo que se la quedaría como recuerdo.No quería, pero no había forma de hacerlo cambiar de opinión, así que cedí.Las medias estaban rotas y ya no servían, así que también me las quité y volví a casa sin nada debajo de la falda.Pensaba llegar y cambiarme de ropa en cuanto Ramsés se distrajera, pero apenas crucé la puerta me levantó en vilo por la cintura.—¿Qué haces?Aquel arrebato me asustó. Me aterraba que descubriera que lo estaba engañando, pero él no hacía más que sonreír mientras me llevaba en brazos a la mesa.—Mi amor, ¿ya se te olvidó? Hoy es nuestro aniversario.Entre la ternura de sus palabras y la cena íntima a la luz de las velas frente a mí, caí en la cuenta de qué día era.Con razón me había llamado varias veces esa tarde… Pero al pen

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