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Capítulo 3

Penulis: Bagel
Durante siete días seguidos, Julian no regresó a la finca.

Yo tampoco me molesté en averiguar dónde estaba. Seguí con mis asuntos, le entregué los papeles del divorcio a mi abogado y empecé a empacar todo lo que pensaba llevarme.

Creí que el proceso sería sencillo hasta que mi abogado me pidió el certificado de matrimonio original. Si quería acelerar el divorcio, necesitaba presentar el documento que Julian y yo habíamos firmado años atrás en aquella pequeña capilla del South Side.

El problema era que seguía guardado bajo llave en nuestro antiguo apartamento, un lugar que llevaba años vacío y al que ninguno de los dos tenía motivos para regresar.

Decidí ir a buscarlo yo misma y aprovechar para ocuparme de vender el apartamento de una vez.

La administradora del edificio subió conmigo, pero al llegar al piso algo me hizo detenerme.

La puerta estaba entreabierta.

Desde dentro llegaban los gemidos ahogados de una mujer y la respiración agitada de un hombre.

No necesitaba entrar para adivinar qué estaba pasando.

A través de la poca luz del apartamento reconocí un camisón barato de encaje tirado sobre el suelo lleno de polvo.

Era de Mia.

Julian la tenía contra una de las paredes descascaradas, con los pantalones de vestir bajados hasta las rodillas mientras la penetraba como si no hubiera un mañana.

Pero fue otra cosa lo que me dejó allí parada: su anillo de matrimonio seguía en su dedo. La misma mano con la que me había prometido una vida entera sujetaba ahora a Mia por la cintura.

Me cubrí la boca antes de que pudiera escapárseme algún sonido y retrocedí sin hacer ruido.

No quería ver más. Me di la vuelta y me alejé de la puerta.

La administradora había escuchado suficiente para entenderlo todo. Cuando me acerqué, la incomodidad en su rostro se convirtió enseguida en lástima.

—Hoy no es un buen momento —le dije—. Volvamos otro día.

Ella dudó antes de seguirme.

—Señora Marchetti… —murmuró con cautela—. ¿Quiere que deje constancia de esto?

Negué con la cabeza.

—Es un asunto privado. Por favor, no se involucre —le pedí mientras intentaba fingir que no me desmoronaba por dentro.

¿Qué habría conseguido entrando ahí? ¿Montar otro berrinche? ¿Gritarle como una esposa desesperada mientras le recordaba todos los años que habíamos sobrevivido juntos en las calles?

Ya había hecho todo eso. Y no había servido de nada.

Cuando un hombre deja de quererte, pelear por conservarlo no hace que vuelva. Solo consigue que seas tú quien siga en la mierda.

Bajé las escaleras deprisa.

No había llegado al vestíbulo cuando escuché pasos detrás de mí.

—¡Serafina!

Julian me alcanzó y me sujetó de la muñeca. Todavía respiraba agitado y llevaba varios botones de la camisa abiertos. Una marca roja se le veía en la clavícula.

Ni siquiera había tenido tiempo de arreglarse.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó mientras intentaba recuperar el aliento—. Lo de hace un momento… ¿lo viste?

Me solté de su mano sin brusquedad.

—Solo vine a recoger unas cosas viejas —respondí con calma—. Pero olvidé traer la llave, así que ya me iba.

Julian me observó unos segundos y luego soltó el aire, aliviado.

De verdad creyó que yo estaba fingiendo no haber visto nada porque no podía soportarlo.

—Los muelles han estado bajo vigilancia toda la semana y apenas pude escabullirme —empezó a explicar—. Mia me dijo que algunos rivales estaban rondando por su vecindario, así que la traje aquí para que se escondiera unos días. No le des tantas vueltas.

Me dieron ganas de reírme en su cara.

Había elegido el apartamento donde habíamos empezado nuestra vida juntos para acostarse con ella y todavía esperaba que me creyera aquella historia.

Pero ya no tenía energía para discutir. Me limité a darme la vuelta.

Entonces un estruendo sacudió el edificio.

El sonido de los cristales al romperse retumbó desde el apartamento y, un segundo después, unas llamas naranjas salieron por las ventanas.

Julian palideció.

Antes de que pudiera entender qué estaba pasando, se giró hacia mí, me sujetó por la mandíbula y me obligó a mirarlo.

—¡¿Tú provocaste este incendio?! —me gritó con los ojos llenos de furia—. ¡Serafina, pensé que solo estabas haciendo un berrinche! ¡Nunca imaginé que fueras capaz de trabajar con nuestros rivales para hacer algo así!

Sus dedos apretaron mi rostro.

—¡Déjame dejarte algo muy claro, maldita perra! —rugió.

Mi corazón, ya destrozado, no podía más.

—¡Yo permití que Mia se quedara aquí! ¡Si le pasa algo, vas a responder ante mí, desgraciada!

Me empujó con violencia y salió corriendo hacia el apartamento.

Me quedé mirándolo mientras se alejaba. Ni siquiera se había detenido a preguntarse qué había ocurrido ni a considerar que el incendio podía haber sido un accidente.

Había visto el fuego y su primera reacción fue acusarme. Después, correr por Mia.

Quise marcharme. De verdad quise hacerlo. Pero entonces recordé la caja fuerte.

El certificado de matrimonio estaba dentro, junto con algunas de las pocas pertenencias que conservaba de mis padres. Sin ese documento, el divorcio podía retrasarse.

—Mierda —murmuré.

Me di la vuelta y corrí hacia el apartamento.

Una ola de calor me golpeó apenas crucé la puerta. El humo ya se había apoderado del lugar y me hizo arder los ojos.

En ese momento Julian apareció entre las llamas con Mia medio inconsciente entre sus brazos.

Al verme, se quedó paralizado.

—¡¿Qué haces aquí otra vez, zorra?! —me gritó—. ¡Sal de esta mierda!

Lo ignoré y corrí directamente hacia el dormitorio.

Las llamas ya trepaban por las cortinas y el calor era tan intenso que me empezó a doler el pecho cada vez que respiraba. La caja fuerte estaba justo al pie del armario, que ya ardía por uno de los costados.

—¡Serafina! —rugió Julian desde la puerta—. ¡¿Perdiste la puta cabeza?! ¡Sal de ahí, carajo!

Me dejé caer frente a la caja fuerte y marqué la combinación con los dedos temblando por el calor.

Una vez.

Dos.

El mecanismo cedió.

Tiré de la pesada puerta metálica y agarré la carpeta que había dentro.

Entonces escuché un crujido sobre mi cabeza. La vieja lámpara de araña del techo se desprendió.

Todo ocurrió en segundos.

Julian cubrió a Mia con su cuerpo y rodó hacia atrás para apartarla del impacto.

La lámpara cayó. La explosión de madera, metal y vidrio me lanzó contra el suelo.

Sentí varias punzadas atravesarme la espalda y se me escapó el aire de los pulmones. Los fragmentos habían atravesado el abrigo y se me habían clavado en el cuerpo. Mi sangre caliente empezó a extenderse por la tela.

Aun así, no solté la carpeta. La apreté contra mi pecho con los dos brazos.

Ahí estaban el certificado de matrimonio y los pocos recuerdos que me quedaban de mis padres.

Todo lo que necesitaba para cerrar una vida y empezar otra.

Intenté levantarme, pero las piernas no me respondieron.

El humo me llenó los pulmones y empecé a toser hasta sentir que el pecho me ardía. La habitación se volvió borrosa y empecé a oír las voces cada vez más lejos.

Antes de perder el conocimiento, alcancé a distinguir a Julian alejándose con Mia en brazos. Después solo quedaron el sonido de las sirenas acercándose, el estruendo del incendio y la oscuridad.

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