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Capítulo 2

Author: Bagel
Al regresar a la finca, empujé las pesadas puertas de roble y lo primero que vi fue nuestro retrato de bodas sobre la chimenea. Julian aparecía con aquella sonrisa temeraria que tanto me había gustado y rozaba mi sien con la nariz, como si el resto del mundo no existiera. Era de una época en la que todavía creíamos que nuestro amor podía con todo.

Los dos habíamos crecido en el mismo orfanato. Cuando cumplí diecisiete años, el director decidió entregarme en matrimonio a un viejo mafioso para saldar una deuda, y fue Julian quien apareció esa noche, me tomó de la mano y me ayudó a trepar el alto muro de ladrillos para escapar conmigo hasta los muelles.

—¡Julian Marchetti! —nos gritó el director desde atrás—. ¡Si eres tan valiente, veamos si puedes protegerla durante el resto de tu vida!

Julian se detuvo y se giró. Recuerdo la determinación salvaje que tenía en los ojos.

—¡Entonces la protegeré con mi vida! —le respondió.

Y durante mucho tiempo cumplió aquella promesa.

Con lo poco que ganaba en peleas clandestinas alquiló un apartamento en un sótano. Después empezó a cobrar dinero de protección para la Familia y a aceptar trabajos cada vez más peligrosos.

—Cuando me convierta en un miembro de pleno derecho, te sacaré de todo esto —me prometía—. Cuando llegue ese día, nadie volverá a ponerte un dedo encima.

Durante sus primeros tres años en las calles estuvo a punto de morir varias veces peleando por un territorio. Cada vez que salía armado o terminaba metido en un tiroteo, guardaba una fotografía mía en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero. Yo, mientras tanto, llevaba las cuentas de una lavandería de la Familia y ahorraba cada centavo que podía.

En nuestra peor Navidad vaciamos los bolsillos sobre la mesa y apenas teníamos unas monedas. Terminamos compartiendo una rebanada de pizza fría para cenar, sentados en aquel sótano lleno de humedad. No teníamos casi nada, pero entonces todavía nos teníamos el uno al otro.

Con los años, Julian fue subiendo de rango gracias a su inteligencia y a la crueldad que había aprendido a usar en las calles. Yo también empecé a formar parte de su ascenso: diseñaba estrategias, organizaba la logística y resolvía muchas cosas detrás de escena. Así pasamos del sótano lleno de moho a un penthouse de lujo y, después, a la finca en la colina que todos veían como una muestra de nuestro poder.

Pero cuanto más crecía la influencia de Julian, más mujeres aparecían a su alrededor. «Socias», asistentes, bailarinas del casino… todas con alguna excusa para acercarse demasiado.

Hasta que un día encontré una mancha de labial en la parte interior del cuello de su camisa. Era un rojo intenso que yo jamás habría usado.

—¡Una bailarina nueva del casino tropezó conmigo! —se justificó Julian mientras se aflojaba la corbata de moño con fastidio—. La ayudé a levantarse y me manchó la camisa. Serafina, conoces este mundo tan bien como yo. ¿No puedes dejar de ser tan paranoica y de comportarte como una esposa amargada?

Apreté la camisa entre los dedos.

—¿Y mi confianza garantiza tu lealtad? —le reclamé—. Julian, dijimos que sería para siempre. ¡Ni un solo día menos!

Desde entonces quedamos atrapados en un ciclo de discusiones y silencios que podía durar días. Yo revisaba su historial de llamadas, memorizaba sus itinerarios y, cuando decía que iba a inspeccionar los muelles, conducía hasta allí a escondidas para esperar frente a los almacenes y comprobar que decía la verdad.

Sabía que me estaba volviendo obsesiva, pero no podía parar.

Julian llegó a su límite y dejó de fingir. Empezó a pasar de una mujer a otra y algunas noches hasta volvía con la camisa abierta para que yo viera las marcas de uñas sobre su espalda.

—¿Ya terminaste de investigarme, ridícula? —se burlaba al notar mi mirada—. Querías pruebas. Ahí las tienes.

Yo me sentía como una lunática. Mi parte racional me gritaba que lo dejara, pero llevábamos más de diez años juntos y separarme de él se sentía casi como arrancarme una parte del cuerpo. Nos habíamos aferrado tanto el uno al otro que ya no sabía dónde terminaba Julian y dónde empezaba yo.

Irme iba a doler, pero quedarme terminaría destruyéndonos.

Un año atrás, Julian pareció «sentar cabeza». Dejó a las demás y se quedó con una sola mujer: Mia, una bailarina del casino.

Por supuesto, mandé investigar sus antecedentes. Cuando vi su fotografía, casi me reí porque se parecía demasiado a mí a los diecisiete años: la misma mirada llena de esperanza, la misma ingenuidad de quien todavía cree que un amor puede durar para siempre.

En aquel momento yo estaba embarazada de ocho meses.

La noche en que atacaron la finca descubrí que Julian había enviado a sus mejores hombres a proteger a Mia. Yo sobreviví, pero el miedo y el caos adelantaron el parto. Nuestro bebé nació demasiado débil y pasó tres días luchando por respirar dentro de una incubadora antes de morir.

Fue ahí cuando entendí algo que llevaba demasiado tiempo negándome: Julian prefería amar una copia de la chica que yo había sido antes que mirar a la mujer en la que me había convertido a su lado.

La noche después del funeral regresé a la finca, me encerré en la habitación y me tragué un frasco entero de pastillas para dormir. Ya no quería pensar ni seguir sintiendo aquel dolor.

Julian derribó la puerta y me encontró a tiempo. Cuando me cargó entre sus brazos, todo su cuerpo temblaba. Corrió conmigo al hospital con los ojos enrojecidos y la cara desfigurada por el miedo.

—¡Serafina! ¿¡Quieres morir!? —me gritó desesperado—. ¡Empezaremos de nuevo! Te lo juro. A partir de ahora solo estaremos tú y yo. ¡Nunca volveré a ver a esa mujer!

Lo escuché desde la camilla sin sentir alivio, esperanza ni siquiera rabia. Solo tenía un enorme vacío en el pecho y estaba demasiado cansada para llorar.

Ese mismo día, Vittorio, el viejo Consigliere de San Celano, envió a uno de sus hombres con una carta secreta y un expediente amarillo.

—Señorita Serafina, la Comisión volvió a examinar los registros de la sangrienta guerra entre las Cinco Familias ocurrida hace veinte años —me explicó con seriedad—. Las dos personas que aparecen en este expediente son sus padres biológicos.

Apreté la carpeta entre las manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Durante toda mi vida había creído que mis padres simplemente me habían abandonado, pero aquel expediente contaba otra historia.

Mi padre, Elias Vitale, había sido un Consigliere muy respetado en aquel mundo criminal, el hombre que había negociado por sí solo un alto el fuego que mantuvo la paz durante veinte años.

Leí la carta más de una vez. Después la quemé y fui hasta la ventana, todavía intentando entender todo lo que acababa de descubrir.

Abajo, en el jardín, Julian tenía a Mia entre los brazos.

—Lo siento, cariño —le dijo mientras la abrazaba—. Acaba de perder a nuestro bebé y está emocionalmente inestable. No puedo dejarla ahora mismo.

Sentí que se me congelaba el cuerpo.

—Solo dame un poco más de tiempo —continuó Julian—. Cuando se estabilice, te prometo que arreglaré las cosas contigo.

Entonces la besó. Mia se aferró a él y los dos quedaron abrazados bajo mi ventana como una pareja de amantes trágicos a quienes el destino mantenía separados.

Solo que, al parecer, ese obstáculo era yo.

Algo dentro de mi pecho se rompió, pero esta vez no grité, no lloré ni tuve fuerzas para apartarme de la ventana. El dolor fue tan fuerte que me dejó vacía.

Durante los siguientes siete días pensé en todo lo que habíamos vivido: el orfanato, nuestra huida, el sótano, aquella pizza fría de Navidad, las promesas, las mentiras y el pequeño ataúd que acabábamos de enterrar. Por primera vez entendí que nuestros recuerdos ya no tenían nada que ver con lo que éramos ahora.

Al séptimo día tomé una decisión.

Iba a dejar a Julian. Esa vez sería yo quien cortara aquel vínculo con mis manos.

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