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Capítulo 4

Author: Bagel
Cuando volví a abrir los ojos, estaba acostada en una habitación VIP del hospital privado de la Familia. Me dolía todo el cuerpo y respirar seguía siendo incómodo, pero lo primero que vi fue a Julian sentado junto a la cama, hojeando la carpeta por la que casi me había dejado la vida. Al pasar una de las hojas, el certificado de matrimonio cayó sobre sus piernas con los bordes quemados.

—¿Por este pedazo de papel inútil? ¿Casi mueres por esto? —cuestionó, incrédulo, mientras levantaba el documento entre los dedos—. Serafina, tienes una fisura en la pantorrilla izquierda y una infección pulmonar. ¡El médico dijo que, si te hubieran traído diez minutos más tarde, estarías muerta!

Extendí la mano y le arrebaté la carpeta antes de que siguiera revisándola. Para Julian, aquel certificado podía ser un simple papel viejo, pero sin el original el divorcio acelerado que estaba tramitando con mi abogado no podía seguir adelante. Lo sujeté contra mi pecho y él observó el gesto con el ceño cada vez más marcado.

—Lo único que tenías que hacer era apartarte y todos habríamos salido con vida —me reprochó—. Pero no. Tenías que hacer uno de tus juegos retorcidos y obligarme a elegir. ¿Tan desesperada estás por demostrar qué lugar ocupas en mi corazón? —Su expresión se endureció antes de continuar—. Fue un ataque de nuestros rivales. Saqué primero a Mia porque es una civil y no sabe nada de este mundo. Tú llevas años conmigo, Serafina. Sabes mejor que nadie cómo sobrevivir en las calles.

Desvié la mirada hacia la lámpara del techo. Ni siquiera tenía fuerzas para explicarle que jamás le había pedido que eligiera entre nosotras. Esa decisión la había tomado él solo.

—Sí —respondí en voz baja.

Mi indiferencia pareció desconcertarlo. Julian soltó el aire y se inclinó un poco hacia mí, suavizando el tono.

—Cariño, ya te dije que estoy tratando de poner los pies sobre la tierra —insistió—. Pero Mia está pasando por muchas cosas. Su familia está ahogada en deudas de juego y su madre tiene problemas del corazón. Solo intento ayudarlas. Es lo mínimo que puedo hacer.

Lo escuché sin interrumpir. Decía que me valoraba como su esposa, pero sus acciones siempre terminaban contando una historia distinta. Mia necesitaba algo y Julian encontraba una razón para correr a su lado.

Finalmente, sostuve su mirada.

—Lo sé. Lo entiendo perfectamente —contesté con calma.

Julian se quedó observándome, como si esperara que después vinieran los reclamos, las lágrimas o alguna acusación. Cuando entendió que no iba a darle nada de eso, perdió la paciencia y se levantó de golpe. Entonces reparó en las marcas rojas e inflamadas que las quemaduras habían dejado sobre mi hombro.

—¡Serafina! ¿No fue suficiente tortura para mí perder a nuestro hijo? —espetó con rabia—. ¿También tenías que llenarte el cuerpo de cicatrices solo para volverme a herir?

Lo miré durante unos segundos, casi sorprendida por su capacidad para convertir incluso mis heridas en algo que yo le había hecho a él.

—Estás pensando demasiado las cosas —repliqué sin alterarme—. Nunca volveré a hacer algo tan estúpido y menos por ti.

Julian abrió la boca para responder, pero su teléfono comenzó a sonar. Miró la pantalla y caminó hasta los ventanales antes de contestar.

—¿Qué pasó? —preguntó de inmediato.

No pude escuchar bien la conversación, aunque sí distinguí una voz femenina entrecortada y un llanto débil al otro lado de la línea. Mia, otra vez.

—Tranquila —la consoló Julian, bajando enseguida la voz—. Respira. No llores, ¿sí? Voy a solucionarlo.

Siguió hablando con ella durante un rato y, cuando colgó, regresó junto a la cama con la cabeza en otro lugar, muy lejos de mí.

—Hay una rata en una de nuestras operaciones y tengo que ocuparme de ella —me informó con seriedad—. Debo volver a la oficina. Tú quédate aquí y concéntrate en recuperarte.

Asentí sin hacer preguntas. Julian salió de la habitación con pasos largos y no volvió a mirar atrás.

Durante los días siguientes permanecí en el hospital sin preocuparme por dónde estaba ni qué hacía. Julian enviaba a sus hombres con cajas de suplementos costosos y enormes ramos de rosas rojas, como si gastar dinero pudiera reemplazar su presencia. También llamaba todos los días casi a la misma hora, pero yo siempre dejaba que la enfermera de turno contestara por mí.

—La señora Marchetti se encuentra estable —le comunicaba ella siguiendo mis instrucciones—. No está recibiendo visitas.

El día que me dieron de alta todavía me dolía bastante la pierna, pero no quise esperar a que nadie viniera por mí. Fui sola hasta la farmacia del hospital para recoger los analgésicos y acababa de entregar la receta cuando una mujer de mediana edad se metió delante de mí y me empujó hacia un lado. Tuve que apoyarme en el mostrador para no perder el equilibrio.

—¡Mi yerno es el jefe de este distrito! —protestó la mujer con arrogancia—. ¿Por qué carajos tendría que hacer fila?

Fruncí el ceño al verla plantarse frente a la ventanilla como si el resto de nosotros no existiera.

—Por favor, espere su turno —le pedí.

La mujer se giró hacia mí y me recorrió de arriba abajo con desprecio.

—¿Y tú quién te crees que eres? —me soltó—. ¡Mi yerno es el Capo Julian! Si por tu culpa se retrasa mi medicamento, ¿vas a hacerte responsable?

Me quedé mirándola, segura de haber escuchado mal.

¿Su yerno?

Entonces vi a Julian y Mia acercándose a toda prisa desde el otro extremo del pasillo.

Claro.

Julian llegó hasta mí, me sujetó del brazo y me llevó unos pasos hacia la pared antes de hablarme en voz baja.

—La madre de Mia tiene el corazón débil. No puede alterarse —me explicó con seriedad—. Eres la esposa del Capo, Serafina. Lo correcto es que dejes pasar primero a una civil.

Mia corrió hacia su madre y la sostuvo por los hombros mientras la mujer respiraba con dificultad. Después levantó hacia mí sus ojos enrojecidos.

—Señora Marchetti, lo siento mucho… —se disculpó con voz temblorosa—. Cuando mi madre se altera, su condición empeora. Tenía miedo de que no aceptara un medicamento tan caro, así que le dije que Julian era mi prometido.

Bajó la mirada durante un instante y luego añadió con cautela:

—Por favor, tampoco se enoje con el Capo. Él simplemente tiene una particular debilidad por la lealtad y no soporta ver sufrir a las buenas personas.

Observé a los tres en silencio. A la madre de Mia le bastaba sentirse mal para que Julian apareciera corriendo a su lado, mientras yo había pasado varios días sola en una habitación del hospital con una pierna lesionada, quemaduras y los pulmones afectados por el humo. La diferencia era tan evidente que ya ni siquiera tenía sentido seguir comparando.

Nada de aquello importaba ya.

Asentí y me dirigí hacia los ascensores. Apenas había avanzado un par de pasos cuando escuché detrás de mí la voz suave y llorosa de Mia.

—Julian, ¿la señora Serafina está enojada? —preguntó con inseguridad—. ¿Volverá a hacer un escándalo como la última vez? Tengo tanto miedo de terminar perjudicando tu posición…

La respuesta de Julian fue baja, pero el pasillo estaba lo bastante silencioso para que cada palabra llegara hasta mis oídos.

—Ignórala —murmuró con desprecio—. No le des tantas vueltas al asunto. Viene de un orfanato. No sabría lo que es la compasión ni aunque la golpeara en la cara.

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