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Capítulo 6

Author: Bagel
Una enfermera que parecía muy nerviosa me ayudó a regresar a una sala de revisión para limpiar las heridas y vendar de nuevo las que se habían abierto con los golpes.

—Señora Marchetti… —preguntó con cautela mientras mantenía la mano sobre el teléfono—. ¿Quiere que llame al Capo?

Extendí el brazo y presioné el auricular antes de que pudiera levantarlo.

—No hace falta —respondí sin emoción—. Regresaré sola.

Cuando volví a la finca, subí al dormitorio. Abrí el armario, elegí algunas prendas sencillas y las guardé en una maleta pequeña. Después de tantos años viviendo allí, resultaba extraño descubrir que podía marcharme con tan pocas cosas.

La pantalla de mi teléfono se iluminó sobre la cama. Mia acababa de publicar algo.

Abrí la notificación y apareció una fotografía suya envuelta en la chaqueta gris oscuro de Julian, con la cabeza apoyada sobre su pecho. Debajo había escrito: «Él es mi único refugio seguro en este mundo tan peligroso».

Me quedé mirando la publicación unos segundos sin sentir nada. Después deslicé el dedo por la pantalla, entré en su perfil y pulsé «Bloquear». Ya había perdido demasiado tiempo mirando una vida que no me pertenecía.

Tomé la maleta y bajé. Afuera, frente a las enormes rejas de la finca, ya me esperaba el auto que había contratado. Subí al asiento trasero y le di la dirección al conductor.

—Estación Central —le indiqué—. Voy a tomar el tren nocturno a San Celano.

El motor arrancó y el auto comenzó a avanzar hasta dejar atrás las rejas de hierro. Apenas doblamos hacia la avenida principal, una caravana de sedanes negros apareció en sentido contrario y pasó casi rozándonos.

Reconocí el primero enseguida. La ventanilla trasera estaba abierta hasta la mitad y Julian tenía el rostro vuelto hacia Mia, sentada a su lado, mientras le hablaba en voz baja. Ella descansaba contra su hombro con una sonrisa dulce y delicada, como si aquel fuera exactamente el lugar al que pertenecía.

Nuestros autos se cruzaron durante apenas unos segundos y después siguieron en direcciones opuestas. No podía haber una imagen más clara de lo que estaba pasando con nuestras vidas.

Miré por el retrovisor. La enorme finca blanca en la que había vivido durante seis años se hizo cada vez más pequeña hasta desaparecer entre la oscuridad.

A los diecisiete había trepado el alto muro de ladrillos del orfanato para escapar con Julian. A los veinte estuve a su lado con un bate de béisbol, peleando por nuestro primer territorio en las calles. A los veintidós intercambiamos anillos en aquella pequeña capilla del South Side y, a los veintiocho, lo vi regresar una y otra vez impregnado de perfumes que no eran míos.

Todos aquellos recuerdos fueron quedándose atrás, igual que las luces de la calle al otro lado de la ventanilla.

Bajé la mirada hacia mi mano. El rubí rojo sangre de mi anillo todavía brillaba en mi dedo.

Lo había llevado durante años como si quitármelo significara borrar todo lo que Julian y yo habíamos sido. Pero ya no quedaba nada que proteger.

Me quité el anillo, bajé la ventanilla y saqué la mano. El viento frío golpeó mi piel mientras abría los dedos y lo soltaba. La piedra trazó un destello rojo en la oscuridad antes de desaparecer entre el agua sucia de la alcantarilla.

De verdad se había terminado.

Volví a subir la ventanilla y miré Porthaven por última vez. Los neones seguían brillando con fuerza y desde los bares y casinos llegaban risas y música, como si toda la ciudad estuviera celebrando una fiesta enorme de la que yo ya no formaba parte.

Me recosté en el asiento y cerré los ojos. Ahora sí iba a casa. Volvía a San Celano, a la finca que llevaba el nombre de mi padre, para reclamar aquel sillón de caoba de respaldo alto que llevaba veinte años esperándome.

Era hora de volver al principio.

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