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Casada y Olvidada por el CEO
Casada y Olvidada por el CEO
Autor: Carol

-Uno

Autor: Carol
last update Data de publicação: 2026-03-13 07:53:08

Tres años de matrimonio.

Tres años de noches vacías, de silencios prolongados, de una cama demasiado grande para una sola persona.

Al principio, para Camille De Los Santos, aquello no había sido normal. La soledad dentro del matrimonio la confundía, la hería, la hacía sentirse invisible. Esperaba. Siempre esperaba. Esperaba una llamada, una caricia tardía, una explicación que nunca llegaba. Pero con el paso de los días, los meses… y finalmente los años, se acostumbró. O al menos eso se repetía para no quebrarse.

Mil noventa y cinco días exactos.

Hoy, el tercer aniversario tocaba a su puerta.

Camille apagó la vela lentamente, como si al hacerlo extinguiera también la última esperanza que aún se negaba a morir. La cera caliente resbaló por el plato, igual que sus pensamientos, derritiéndose sin control. Había puesto esmero en cada detalle: la mesa cuidadosamente arreglada, la comida preparada con dedicación, el vestido sencillo pero elegante que había elegido con la absurda ilusión de que él la mirara… aunque fuera un instante.

Horas antes, había enviado un mensaje de texto a Hunter De Los Santos. No esperaba respuesta. Nunca la esperaba. Pero aun así, lo hizo.

¿Vienes a cenar?

El teléfono vibró minutos después.

Sí, voy.

Camille parpadeó varias veces, incrédula. Releyó el mensaje una y otra vez, como si las palabras pudieran desvanecerse. Cuando finalmente aceptó que era real, se puso de pie de un salto, su corazón latiendo con una fuerza que hacía tiempo no sentía. Se movió por la cocina con una energía renovada, ajustó los cubiertos, calentó la comida, encendió música suave. Por un momento —solo uno— se permitió imaginar que aquella noche sería distinta.

Pero el tiempo pasó.

Y Hunter no llegó.

El reloj marcó la medianoche. Luego las doce y media. La una de la madrugada. La comida se enfrió, las velas se consumieron y la música se detuvo. Camille permaneció sentada, con las manos entrelazadas sobre su regazo, mirando la puerta como si pudiera obligarla a abrirse con la fuerza de su deseo.

No lloró. No esa noche.

La resignación ya había aprendido a ocupar el lugar de las lágrimas.

No supo en qué momento se quedó dormida. Solo recordó el peso del cansancio hundiéndola en la oscuridad. Cuando abrió los ojos, el cielo seguía siendo negro. El silencio era espeso. Entonces lo sintió: una vibración insistente.

Se giró lentamente… y lo vio.

Hunter estaba allí. A su lado.

Su cuerpo se tensó al instante. Aquello no era normal. Nunca compartían la cama. Nunca. La vibración continuaba, cada vez más fuerte, más urgente. Camille se incorporó y tomó el teléfono que reposaba sobre la mesita.

Por un segundo —solo uno— deseó no haberlo hecho.

Era una llamada entrante para Hunter. En la pantalla brillaba el rostro de una mujer hermosa, de sonrisa dulce y mirada luminosa. Camille tragó saliva. Sus manos comenzaron a temblar. El aire le faltó. La llamada se cortó… pero casi de inmediato llegaron tres mensajes seguidos. Luego más. Y más.

El teléfono no tenía contraseña.

Camille deslizó el panel de notificaciones.

Doce mensajes.

Cuatro llamadas perdidas.

Sus ojos verdes se llenaron de lágrimas cuando leyó el primero.

Amor mío: el bebé no deja de moverse. Los otros niños no pueden dormir. ¿Por qué no vienes con nosotros? Te extrañamos.

Su respiración se volvió errática. El estómago se le revolvió cuando aparecieron los videos. Una mujer acariciando un vientre abultado, sonriendo mientras pequeñas pataditas deformaban la piel. Vida. Amor. Familia.

Luego, otro video.

—Papi, ven a dormir con nosotros —dijeron dos niños sonrientes, mirando a la cámara con inocencia absoluta.

Camille dejó caer el teléfono como si quemara.

Sintió náuseas. Mareo. El mundo se inclinó peligrosamente. Todo encajaba. Las ausencias. Las noches interminables. Los viajes repentinos. Las excusas vacías.

Ella no era una esposa distante.

Era una esposa engañada.

—¿Quién te dio derecho a tocar mi celular?

La voz de Hunter la atravesó como una cuchilla. Camille se giró bruscamente. Él estaba de pie, imponente, con el ceño fruncido y los ojos oscuros clavados en ella. En ese instante comprendió por qué tantas mujeres caían rendidas a sus pies… y por qué ella siempre había estado sola.

—¿Por qué me engañaste así, Hunter? —preguntó, con la voz rota.

—No tengo obligación de darte explicaciones —respondió él con frialdad—. Nunca vuelvas a tocar mis cosas.

—Te equivocas —replicó Camille, reuniendo fuerzas—. Espero que en la cama de otra no se te haya olvidado que estamos casados.

—Es suficiente —la interrumpió—. Este matrimonio siempre fue una obligación. Lo sabías desde el principio.

—¿Era necesario humillarme de esta manera? —susurró—. Tienes hijos, Hunter.

El cambio en su rostro fue inmediato. Sus facciones se endurecieron. Camille retrocedió instintivamente.

—No los menciones —dijo él, con voz peligrosa—. Si valoras tu vida.

—¿Planeas seguir con esta farsa? —insistió—. ¿Ocultarlos como si no importaran?

—¿Eres sorda? —rugió—. Te dije que no los nombres.

—No lo soy —respondió, temblando—. Pero dime, ¿cómo se supone que debo reaccionar? Estoy casada con un hombre que es padre… y yo soy solo un adorno en su casa.

—Cállate, Camille.

—¡Quiero el divorcio, Hunter!

El silencio fue absoluto.

Hunter se quedó inmóvil. La palabra flotó entre ellos como una sentencia. Algo en su interior se cerró con un chasquido seco. Alzó la mirada lentamente. Sus ojos oscuros, profundos, afilados como la noche sin luna, se clavaron en ella con una intensidad que la hizo estremecer.

Entonces sonrió.

Una sonrisa lenta. Fría. Peligrosa.

—No —dijo con calma—. No te daré el divorcio.

Camille sintió que el aire se le escapaba.

—¿Entonces para qué seguir? —reclamó—. Vete con ella. Con la mujer que amas.

El golpe contra la mesa fue brutal. Los vasos vibraron. Camille gritó, aterrada. Hunter se levantó despacio, imponiendo su presencia.

—No la menciones —susurró—. La próxima vez, te castigaré.

Se inclinó hacia ella, su voz suave, cruel.

—Eres mi esposa. Y lo seguirás siendo.

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